Ascanio Cavallo toma el libro Los
 hombres
 de
 la
 transición y repasa el índice con los nombres de quienes hicieron el traspaso del poder militar al civil tras 17 años de dictadura. Y aunque ya pasó un cuarto de siglo desde que el periodista puso punto final a sus páginas, el dato de que casi la mitad de las 16 personalidades seleccionadas están muertas, logra que Cavallo relea su lista con una sorpresa que es a la vez confirmación de lo obvio: el tiempo hizo su trabajo. No están los actores principales —Patricio Aylwin y Augusto Pinochet— ni tampoco ideólogos de esa época como Edgardo Boeninger.

El libro mereció una reedición desde que los historiadores Simon Collier y William F. Sater lo elevaron a la categoría de “clásico”. Y hoy, cuando se cumplen 25 años desde su publicación, Los
hombres
de
la
transición retorna a las librerías con prólogo del historiador Rafael Sagredo.

“La cocina” de los hechos políticos aquí narrados es fina y frágil, como un plato de alta gastronomía francesa, pero donde cualquier descuido podía hacer explotar los ingredientes como si se tratara de la más vulgar fritanga de churros, con consecuencias nefastas para todos.

—En 
el 
prólogo
 Sagredo 
hace
 ver
 que 
en 
los
 años 
de 
la 
transición
 “la
 política
 lo 
era
 todo”.

—Quizás entonces no lo veíamos, pero estábamos saliendo de un largo periodo de confrontación, muy duro. Siempre encontré admirable ese proceso de traspaso de poder. Y no porque todo resultara tan bien —la transición es muy discutible—, sino porque logró lo sustancial: convertir al país en uno más o menos tranquilo.

—¿Hoy 
la 
política
 no 
lo
 es
 todo?

—No lo es porque, precisamente, el poder dejó de ser dramático. Nadie tiene miedo ahora a pasar por La Moneda, pero nosotros sí andábamos con cuidado en los años de Pinochet. ¡Si nos podían disparar! No hay un miedo real ni tampoco una esperanza de ese tipo porque se trataba de la esperanza de vivir en paz. Esa promesa hoy no está en el programa político de ningún candidato. ¡Vivir en paz! Mira qué simple, pero en ese momento no lo era.

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—¿Recomendaría
 a
 los
 dirigentes
 del
 Frente 
Amplio 
(FA)
 leer
 Los 
hombres
 de
 la 
transición?

—No, porque ya le han pegado mucho al FA con el problema histórico, aunque es verdad que en eso meten la pata frecuentemente. No soy tan arrogante tampoco.

—¿Pero igual sería bueno una 
repasadita?

—Creo que es bueno que conozcan la historia reciente. La crítica a la transición no sólo es válida y legítima, sino que necesaria. Pero el problema del FA con el conocimiento histórico es que hicieron una caricatura de un proceso que fue en extremo complejo. Estuve en un programa donde (Giorgio) Jackson dice ‘¡Pero si tuvieron que negociar con los tanques en la calle!’. Mira, nunca hubo tanques en la calle. ¡Nunca! Hubo gestos, símbolos. Pero lo más importante no es eso. Lo más importante es que el presidente no les dio pelota. Aylwin estaba en Noruega para el Boinazo y no interrumpió su programa para volver. No hizo ningún gesto que significara que todo esto le había dado terror. No sé si otro político hubiese tenido la misma serenidad. La transición merece un análisis menos caricaturesco que el que hace Karol Cariola (PC) cuando dice “administraron el modelo de la dictadura”. Eso no sólo es ofensivo para quienes la hicieron. Simplemente, esa no es la verdad.

—¿Ve el mismo problema en la derecha con Jaime Bellolio o Felipe Kast?

—Un poco menos. Ellos tienen otro conflicto que es muy propio de la derecha y que es “las viejas generaciones frente a las nuevas generaciones”. ¿Quién sucede a Piñera?, por ejemplo.

—Con la llegada de Piñera por segunda vez a La Moneda, ¿se acaba la ‘postransición’?

—Se puede hablar eternamente de transición. La vida es un tránsito. Siempre he sostenido que esta terminó el día en que Pinochet entregó el mando del Ejército, en 1998, porque el origen de su poder estaba en el mundo militar. Tanto así que, cuando pierde ese poder, lo toman preso.

PODER ACUÁTICO

Cavallo asistió a la ceremonia en la Escuela Militar donde Pinochet entregó el mando del Ejército al general Ricardo Izurieta. “Cuando se bajó la bandera de la Comandancia en Jefe, muchos sentimos ‘¡vaya!, algo está pasando aquí’. Fue ese tipo de intuición que tenemos los periodistas al margen de que después no la podamos ni siquiera describir”, recuerda el fundador del diario La Epoca.

Los de la transición fueron años donde saber descifrar los gestos, los símbolos no sólo era vital para los políticos, sino que para los reporteros que debían interpretar los a veces operáticos hechos noticiosos, donde la música de Wagner en un acto con Pinochet y Aylwin podía significar que los uniformados se sentían irritados. Fueron años con ejercicios de enlaces, corvos acerados, boinazos y demases que el columnista político y crítico de cine describió con rigurosidad periodística y pluma privilegiada.

—¿Qué siguió para el país después de que Pinochet entrega el poder militar?

—Me hace sentido eso de la postransición que empieza con la salida de Pinochet de la Comandancia en Jefe y termina con esta elección de Piñera, pero habría que definirla mejor. (…) Podríamos decir que se termina una manera de hacer política que se gestó, en parte, en la forma en que se realizó el traspaso del poder del mundo militar al civil.

—¿Qué
 viene
 ahora 
con
 la 
desintegración 
de
 uno 
de 
los 
bloques 
clave
 en 
ese 
proceso:
 la
 Concertación?

—Es muy difícil saberlo. Lo que sí quedó en pie —y más que antes— fue el otro bloque, el de derecha. Es la primera vez donde no hubo una guerra interna entre la UDI y RN. Si no lo arruinan ellos mismos, podrían estar un largo periodo en el poder.

—Lo curioso es que ese bloque lo lidera un político que no viene de la derecha tradicional.

—Piñera es lo más de centro que tiene la derecha. Eso fue lo extraño de esta elección: tanta tensión con los dos candidatos más moderados posibles. ¡Porque (Alejandro) Guillier tampoco era un revolucionario!

—¿Existió 
miedo 
en 
la 
derecha?

—Más bien fue un llamado entre ellos a ‘no seamos flojos’. Todo muy posverdadero, de redes sociales; con esa historia fantástica de los votos marcados. Ahora, tampoco fue una campaña del terror a los extremos en que llegó el 70 o el 74.

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—¿Qué le espera a la centroizquierda en este escenario?

—Ese es el misterio. La derecha tiene todas las posibilidades porque cuenta con el capital humano disponible. Tiene gente pensando por primera vez en ámbitos mucho más allá del económico, como fue su tradición.

—¿Qué pasó con los intelectuales de izquierda?

—Existió un proceso en el que los gobiernos se tragan a los intelectuales. Hicieron su pega, pero se agotaron. Por otro, no se crearon centros (de estudio) porque, como estaban en el poder, no los necesitaban. La renovación que viene lo hace desde el movimiento universitario, pero éste tiene sus propios temas que no son necesariamente los del país.

—Se dice que Carlos Ruiz es el ideólogo del FA.

—Después de que Carlos Ruiz preguntó dónde estaba Guillier en los 80, dejé de creer que tuviera algún peso real. Si hay algo que era público, notorio y conocido era dónde estábamos los periodistas. ¡Si los periodistas no somos clandestinos! No quiero individualizar, pero en algunos de esos dirigentes jóvenes que llegaron al Parlamento veo peso intelectual, interés, curiosidad. Hambre de conocimiento junto al hambre de poder.

—Pero arriesgue un nombre.

—Bueno, Boric, Gabriel Boric, pero lo digo porque me obligas. Hay otros, claro.

—¿Qué destino puede tener el FA con 14 facciones, entre movimientos 
y partidos?

—Empezarán a decantar, tal como ocurrió con la Concertación que cuando asumió tenía ¡17 partidos! y terminaron en unos cuatro. Los socialistas eran como cinco, hasta que se reunificaron, y también estaban los humanistas que son expertos en salir y en entrar a coaliciones. El FA va a empezar a decantar (Enfatiza). Ya se han manifestado conflictos evidentes, como el que tuvo Boric con la Pamela Jiles (PH) a propósito de aliarse o no con la Nueva Mayoría. Eso fue muy leninista y ahí la Pamela respondió a un modelo que ella conoce bien: el del PC, que tiene interés en el poder real, no en el poder líquido ni acuático.

—¿Hay huérfanos del ‘centro’ con el declive de la DC?

—Hay una necesidad de que exista un centro, pero este puede estar dentro de otro conglomerado como lo estuvo todos estos años en la Concertación o en la Nueva Mayoría. Este era un centro girado hacia la izquierda y que ahora siento se desplazó hacia la derecha. La pregunta es si se necesita un partido que no esté dentro de ningún bloque sino que al medio. Y eso es, al menos, dudoso. Si tenías líderes con capacidades intelectuales como las de Frei Montalva o Radomiro Tomic, claro, puedes tener un partido poderoso. Pero si no tienes dirigentes de esa magnitud, ¿por qué vas a tener un partido? No quiero ser ofensivo, pero ¿hay hoy algún Gabriel Valdés? ¿Un Aylwin? Un partido como la DC se puede sostener siempre que tenga tres o cuatro de esos nombres enormes, superiores a la media del país; y de ahí para adelante formas el paraguas que permite sostener parlamentarios, militantes, en fin.

—¿Es el mismo caso del PPD sin Ricardo Lagos?

—El mismo caso. Y sin (Guido) Girardi. Se habla negativamente de que es el accionista del PPD, pero eso tiene un lado que no es negativo porque él es un paraguas para mucha gente. Bueno, si al PPD le sacas a Lagos, a Girardi, a Lagos Weber y a dos más, ¡se acabó el PPD!

—¿Es hoy la gran oportunidad de
 la derecha?

—Partamos por decir que, en estos tiempos, no hay gobierno fácil. Pero creo que sí, Piñera tiene la mejor oportunidad que ha tenido un político de derecha en un siglo. Alessandri, que fue el anterior, recibió a un país mediocre y lo entregó igual.

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—¿Cuál es esa gran oportunidad que tiene Piñera?

—Primero, entregar el poder a otro de su signo que debería ser la meta número uno. Pero eso supone una generosidad que vamos a ver si la tiene. Segundo, dispone de una estructura de poder como nunca antes la había tenido un político de derecha: un grupo de parlamentarios muy grande; la mayoría de los alcaldes y una muy sólida presencia de Cores.

—Al revés, ¿tiene el país una oportunidad con Piñera?

—Creo que sí. Hay temas que quedaron pendientes, rebotando del gobierno de Bachelet. Pero además hay una cosa que ha sido poco subrayada y que es lo mucho que Piñera cambió entre la primera y la segunda vuelta. ¡Si cambió mucho! Su programa, todo, lo flexibilizó.