Daniela Vega se hace esperar como una diva. Como la diva que es. ¿Qué otra actriz chilena puede contar en un par de meses con apariciones en The New York Times y W Magazine donde el actor Robert Pattinson —el vampiro de Crepúsculo— cae rendido ante su encanto? La entrevista es días antes de su primera gira a Estados Unidos. Partió en la alfombra roja de los Globos de Oro por la nominación de Una mujer fantástica a mejor película de habla no inglesa y donde a última hora debió cambiar su vestido por uno negro de la diseñadora chilena Loraine Holmes. Son los tiempos de #MeToo y ella es rebelde, pero darwiniana.

Una sobreviviente. Pasan los minutos y Daniela no aparece en el restorán de comida peruana que ella misma eligió para conversar de la “fantástica vida de la mujer fantástica”, como dice riendo por el teléfono. Todavía no se confirmaba su nominación a los Oscar como mejor película extranjera —la segunda vez de una chilena—, ahora con altas posibilidades de sostener la estatuilla. Lo que sí es un hecho es que el cuatro de marzo pisará la alfombra más célebre del planeta enfundada en un vestido con guiños a la época dorada de Hollywood. Esos tiempos que ella adora y que de niña recreaba mientras se perdía en el ropero de su abuela entre pieles y perlas; bien lejos de los autitos y pistolas que le regalaban papás y tíos.

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La espera desespera, hasta que por fin se divisa una figura que parece caminar contra la corriente. Esta vez no es la escena de la película de Sebastián Lelio donde su personaje Marina se dobla contra el viento como un coligüe cuando enfrenta a la familia de su pareja 20 años mayor, Orlando, quien muere junto a ella. Ahora Daniela parece quebrada por el sol que golpea sobre Ñuñoa. Aunque es una persona de contextura mediana y personalidad avasalladora, hay algo vulnerable en su estampa pálida que se bambolea al ritmo de las ondas de luz reflejadas en el asfalto.

Maneja su cuerpo como una gimnasta y su voz, como la mezzosoprano que es. Simplemente, hace lo que quiere con su humanidad. Pide un pisco sour catedral y un plato liviano. Coqueta, le pide al mozo que por favor retoque las salsitas para el pan y comenta muerta de la risa: “Lo que más me carga (de ser mujer) es tener que estar flaca todo el rato, porque no todas somos delgadas-delgadas. Soy normal, como muchas”. Luego hace un recuento de algunas de las actrices que ha conocido gracias a su celebrada Marina del filme que ya ganó un Oso de Plata al mejor guión en la Berlinale 2017. Helen Mirren, “La mejor: elegante, distinguida”. Angelina Jolie, “Flaca, muy flaca”. Natalie Portman, “Hermosa, chiquita”.

—¿Qué es lo que más le llama la atención de ese mundo?

—Que es gente común y corriente que no te pregunta de dónde saliste. Es muy diferente al establishment del show business chileno donde si llega alguien nuevo es: “A ver si sabes dónde está la puerta”. Allá no, te dicen: “Por acá está la puerta”. Entienden que el talento y el trabajo no te lo quita nadie si tienes potencial, porque pareciera que en Chile tienen miedo a que les quiten el lugar.

—¿Se ha sentido ninguneada?

—No. No tengo resentimiento con nadie. No tengo cuentas pendientes con ninguna persona. Tampoco con un banco.

—Tanto viaje y fotos glamorosas, ¿cambió su vida?

—Siento que soy la misma persona que se toma una chela esperando el taxi, salvo que hay interés por lo que digo o hago.

—¿Qué ha sido lo más glamoroso?

—Una producción de fotos en la que me pusieron un collar Chopard de tres y medio millones de dólares para una revista internacional. Pero todo esto de las limusinas a la puerta me lo tomo con humor. Imagina que esa vez llegó un guardaespaldas de 400 kilos y pensé: “bueno, es parte de la seguridad de la revista”. Después caché que no era un guardia para mí sino que para el collar.

—La comparan con Greta Garbo. ¿Algún ícono?

—Bette Davis, Marlene Dietrich, Audrey Hepburn, de las más antiguas. Pero cuando se trata de mirar un gesto para trabajar, prefiero las hispanas: Marisa Paredes, Carmen Maura, Lola Dueñas. Me gusta lo orgánica que son para actuar. (Cierra los ojos y suelta otro nombre)… Penélope Cruz, por ejemplo.

—¿Está construyendo un estilo? —Mira, soy clásica. En la moda me ubicaría entre los años ’20 y los ’60 porque considero que ahí está el peak de la feminidad. Fíjate que lo femenino no pasa necesariamente por Fragonard, el pintor rococó que retrató mujeres exuberantes. También lo es Chanel con sus pelos cortos y líneas rectas. (…) En todo caso, hay un binario que va de lo masculino a lo femenino y yo tomé la decisión de ir al extremo del binario femenino.

—A lo ultrafemenino.

—Obvio.

—Se nota que la apasiona arreglarse, el coqueteo.

—Me hacen ser quien soy.

—¿Qué es lo mejor de ser mujer?

—La libertad que da el hecho de ser una mujer. No me interesa que me digan que tengo rasgos masculinos o parezco hombre; que no seré mamá porque no tengo útero. Soy mujer igual, aunque me vista de terno.

—¿Qué tipo de libertad encuentra en ser mujer?

—No se trata de una guerra de los sexos, pero siento que somos más solidarias. Si vemos a otra mujer en problemas vamos a ayudarla; si la vemos triste, a consolarla. Los hombres siempre se están preguntando si es correcto o no, porque no les permitieron llorar. Hay muchas cosas de las que se privan.

—Y en el día a día, ¿qué es lo que más disfruta? ¿El vestido, el maquillaje?

—Te voy a ser súper honesta. Puedo estar en la cama con mi pareja, sin ropa, maquillaje ni joyas y sentirme igual de hembra que en una alfombra roja bañada en brillantes y con un vestido de miles de dólares. No va por lo icónicamente femenino, sino por cómo me siento en ese momento. Despojada de todo adorno puedo ser la mujer más hembra de la tierra.

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—¿Está en pareja?

—No.

—¿Pero se ha enamorado?

—Dos veces.
—¿Y ha sufrido mucho?

—Ambas veces.

—¿Sigue amiga de sus ex?

—No.

—¿Cómo es usted como pareja?

—Soy una persona muuuy apasionada. No puedo concebir la vida sin amor. El amor de mi familia, de mi gente. A mis amigos los abrazo todo el tiempo.

—¿Cómo tienen que ser sus parejas?

—Chicos divertidos, que me hagan reír, pero que me den la oportunidad de hacerlos reír; que no les importe pasarlo bien.

—¿Qué es lo más fantástico que le ha pasado a la mujer fantástica?

—Seguir mi intuición femenina y decir soy una mujer y luchar por eso. El resto es trabajo.

—¿Le han llegado nuevas ofertas, guiones? ¿Firmó alguno?

—Conversado sí, pero todavía no firmo nada. Hay una película que voy a filmar el 2018 donde soy una abogada activista LGTB, pero no soy trans.
—¿Siente el riesgo de encasillarse en un tipo de papel?
—No. Actuar es un riesgo. El personaje no.

—¿Y qué es lo más gratificante?

—Conectar con la gente. He tenido muchas experiencias lindas. En Toronto una chica trans de Montreal cambió su vuelo para ir a verme. La invité a almorzar y conversamos mucho.

—Camino a los Oscar, ¿qué más espera de la vida? ¿O ya se da por pagada?

-¡Nooo! (Ríe). Me voy a dar por pagada el día que muera. Mensaje a Piñera Llega el momento de los postres y Daniela pide una torta tres leches que apenas prueba. De fondo suena un vals peruano, muy triste. Uno que habla de maltratos y desamor. Por unos minutos las risas se apagan; esa chispa que mantuvo los ojos de los otros comensales puestos sobre la actriz y que inspiraron al NYT a escribir “Tiene un carisma que desafía la compasión y un aplomo tan intimidante como desgarrador’”.

—¿Cómo siente que la ve el mundo?

—Como algo diferente y moderno. Para muchos somos ‘la modernidad’, el siguiente paso.

—¿Lo sintió siempre así?

—No. Las personas que dedicamos nuestra vida al arte y somos públicamente trans, compartimos cierta intimidad con la prensa para poder generar una conexión con la gente. Eso fue lo que le mandé a decir a (Sebastián) Piñera.

—¿Cómo fue eso?

—El otro día animé un acto para el Instituto de Derechos Humanos y le mandé a decir que protegiera la riqueza de nuestro pueblo que está en su diversidad.

—Es bien política usted.

—Obvio. La política es muy importante. Tenía siete años cuando seguí la detención de Pinochet en Londres. Quería que lo metieran preso, que no volviera. Lo sentía como una persona mala. No me daba miedo, sino rabia. Nunca le creí su enfermedad y cuando regresó y se paró de la silla de ruedas fue como ¿qué onda? Fue, en todo caso, una gran actuación (aplaude).

—¿Tiene cercanía con algún partido?

—Siento mucha cercanía con la izquierda. Admiro profundamente a Michelle Bachelet. La conozco, he podido compartir con ella y me parece que es una mujer poco valorada. De todas formas, el tiempo siempre dice dónde hay que poner el énfasis. La historia se encargará. Me parece curioso, eso sí, que no se entienda el gran avance respecto de lo que era Chile hace 15 años y lo que es ahora. Soy una persona trans con siete portadas en un año; con películas que hablan del tema y he podido compartir mi historia con los chilenos ¡Y no me han matado!

—¿Y antes?

—¡Imposible! Estoy segura de eso porque soy trans desde el día uno de mi vida y de eso hace ya 28 años.

—¿Cómo era entonces su vida?

—Hace diez años sentía que si alguien quería agredirme, le iba a salir gratis. Ahora no.

—¿Ser trans la convierte en más política?

—No. Es una opción. En mi caso sí es importante opinar, poner en valor el cuerpo, su diversidad y tratar de defender derechos que necesitan ser urgentemente atendidos.

—¿Como cuáles?

—La ley de aborto libre es un derecho. ¡Sin causales! ¿Crees que una mujer dice: “me embarazo mañana y aborto el lunes” como si fuera un deporte? Ley de matrimonio igualitario, urgente. Ley de identidad de género, urgente, porque la gente se muere. ¡Se suicida! O sea, un pendejo trans de 14 años no se siente querido por sus padres, amigos ni hermanos.Tampoco se imagina un futuro.

—¿En qué nota la falta de una ley en el día a día?

—En ir al médico. Los médicos no saben cómo tratar a las personas trans. No se han educado en protocolos correctos para atenderlos cuando piden ayuda. Hay torpeza, ignorancia y mucho miedo también. Hay además un porcentaje de moral, de religión e hipocresía. O sea, senadores que en el pasado votaron en contra de la ley de divorcio y que hoy están divorciados y vueltos a casar (golpea la mesa y la grabadora registra un sonido caótico). Se trata de algo muy a la chilena, como la Marcela Cubillos, como varios.

—¿Cómo ve la llegada de un gobierno de derecha?

—El conservadurismo de la derecha chilena es muy peligroso para el desarrollo de nuestros derechos humanos porque el crecimiento económico no es garantía de que el país avance en otros temas. Chile avanza cuando tiene los derechos resguardados de las personas que viven aquí: educación, salud, previsión, situaciones filiales como matrimonio igualitario. ¿Por qué hay personas con formas de vida ilegales en un país como éste? ¡Hasta cuándo!

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—¿No cambió nada de eso para usted tras el éxito de Una mujer fantástica?

—Mira, basta con que me ponga a hacer películas y ser reconocida en el mundo para tener la atención de una nación completa, pero, ¿dónde están mis derechos? Yo salgo de Chile a representar a mi país con un nombre masculino en mi pasaporte y eso me trae problemas todos los días cada vez que viajo. Cuando entro a otro país me preguntan por qué me llamo así.

—Ese es el nombre que se niega a dar a conocer.

—Sí, porque es parte del pasado. Cuando recibí golpes, amenazas, violencia fue con ese nombre.

—¿Nadie la apoyó?

—(Golpea la mesa) ¡Año 2001! ¡Mamo Contreras vivo! ¡Pinochet libre en su casa en Los Boldos! Otro país. No había ni un solo ‘cola’ en la tele.

—¿Qué es lo más duro del tránsito de hombre a mujer?

—Creer por un momento que estás sola en el mundo. Luego, cuando dices: “Sí, soy trans y aquí está mi cuerpo. Haced con él lo que queráis”, entiendes que no eres la única persona a quien le pasa eso y que son los otros quienes tienen el problema. ¿Y quiénes chucha son los otros que no te aceptan trans?

—Es físicamente doloroso además.

—Me importa más el dolor moral porque ese no se elige. Si quieres hacerte una lipo y estar un mes en cama es asunto tuyo. Pero si moralmente te duele ser una persona trans porque el tipo de al lado te dice que no se puede, eso es mucho más doloroso que si te decides a agrandar las tetas. O sea, una cosa no se compara con la otra.