Los cascos de los caballos sobre el empedrado. El chinchín de las tazas sobre las cafeteras centenarias. Un violín afinándose desde alguna ventana cercana. Un niño cantor de Viena hojeando una partitura. Un acordeón entonando una Wienerlied desde una taberna. La campana del tranvía que cruza la Ringstrasse.

Hasta los clicks de los celulares fotografiando los cientos de sonidos que despiertan las calles de la llamada ‘capital mundial de la música’ son armoniosas en Viena, la metrópolis de Austria. Los vieneses también se preocupan de mantener la armonía mezclándose bien con los turistas. Por eso la ciudad —la segunda más poblada de Europa central después de Berlín— y visitada por casi seis millones de turistas extranjeros al año, nunca parece atestada de afuerinos.

Sin embargo, por las calles de Viena ha pasado tanta historia como el caudal del Danubio: desde el asedio de los turcos y la dinastía de los Habsburgo hasta dos guerras mundiales. También ha sido diversa en bautizos: Desde los celtas y su Vedunia (del gaélico beann); los romanos vindobona o ciudad blanca, hasta Carlomagno y su Ostmark. Ha sido frontera, límite y resistencia, y quizá por ello se ha mezclado tan ricamente y hoy nos atrae por esa mixtura de Oriente con Occidente; desde el brillo y mosaico otomano hasta la línea pura de una Bauhaus.

No importa cómo, si es por sus colinas circundantes, sus riachuelos, sus bosques o sus viñas, siempre ha destacado su carácter agreste que hoy, a los pies de un enclave lleno de edificios como el Quartier Museum, por ejemplo, cuesta imaginar. De hecho, Viena es un museo viviente, vibrante y fascinante. Desde la estación de trenes Westbahnhof y ya bajando por la Mariahilferstrasse, Mariahilferstrasse.at, esa calle peatonal de variopinto comercio que toda gran ciudad posee, Viena aparece esencialmente moderna, luminosa y jovial.

¿Cuál es el mejor barrio? Después de una semana en la ciudad tengo mi favorito: El 7, Neuhau. El barrio de los estudiantes, de los artistas, el de los hipsters. Si en una vitrina hay carpinteros jóvenes, al frente está Noemí, una japonesa que vende desde papeles hechos a mano, inciensos de té verde hasta joyas. Tampoco es fácil pedir un café porque la variedad puede llegar a ser abrumadora entre aquellos de especialidad con granos seleccionados de la finca que usted quiera, hasta la cantidad de espuma de leche que necesite.

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En breve: El mélange trae menos café y más espuma de leche; el vienés se lo servirán con crema batida y podrá también identificarlo bajo el nombre verkehrt (literalmente: “al revés”). De hecho, hay una Viena para el café y la tertulia, hábitos tan reconocidos que el 2011 las ‘casas de café’ fueron declaradas Patrimonio Cultural Intangible por la Unesco. Así es Viena. Tiene sus ritmos y no es difícil imaginar por qué tanto personaje reconocido por adelantarse a su época o por hacernos avanzar de modos insospechados haya nacido o vivido en esta ciudad.

Están los más famosos como Schubert, Strauss, Mozart, Haydn, Freud, Trotski, Schiele, Klimt; Nikki Lauda, la emperatriz Sisí o María Antonieta (antes de la guillotina). Pero hay otros tan presentes en la vida diaria, que —casi— nadie reconoce. Y hay razones para homenajearlos. Josef Hardtmuth, inventor del lápiz grafito; Michael Thonet, creador de las sillas vienesas, Robert Adler, del control remoto o Josef Madersperger, de la máquina de coser. A este último pueden ir a rendirle tributo en un pequeño busto erigido en la Karlsplatz.

Empezamos hablando de una Viena para melómanos, qué duda cabe. Y si entramos a Viena por la música, tenemos que salir de ella, con música. Entre las opciones más regulares están los conciertos de la Musikverein —donde mismo se realiza el concierto de Año Nuevo— y es todos los domingos a las 11 de la mañana. Una va como turista pero es un lujo ver a las parejas de abonados de toda una vida. Por sus trajes, se nota que los vieneses se toman la música muy en serio.

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El panorama es música y almuerzo. Para oídos menos exigentes, también existe la llamada Schrammelmusik, música folclórica típicamente vienesa que se toca con acordeón, violín y/o guitarra. Y que puede encontrarse en las tabernas más turísticas en Grinzing, en el distrito 19; y si tiene suerte, también de forma casual en las calles. La escena no le quedaría completa sin escuchar las Wienerlied, canciones que hablan exclusivamente de la ciudad y están cantadas en dialecto vienés.

Son un fenómeno sociocultural único, como fotografías de un estilo de vida tan idealista como trágico. Por momentos suenan a vals, otras a boleros, el dialecto vienés parece francés y los vieneses se ríen de buena gana, mientras el resto no entiende nada. Como toda traducción se queda corta, es mejor librarse a los efectos de la música y agregarle vino. Para ello, buscarse una buena taberna, pedir un heurigen o vino joven, o si ya hace frío, un vaso de vino caliente o glühwein.

Al final del día una no sabe si la música hizo a Viena, o si Viena creó a sus grandes compositores, orquestas, festivales… Y es esa incógnita la que, quizá, nos hace regresar a poner nuevas notas musicales.