A los isleños les encanta reclamar para sí un territorio que tenemos olvidado: el de entender que no somos dueños de nada. En las Falklands, donde más vale acostumbrarse a convivir con los caprichos de las cuatro estaciones en un mismo día, han aprendido a que si el viento se empodera de su papel hasta los planes más comunes, como pasear por la costanera o cruzar en avioneta hacia alguna punta de las islas, puede quedar en un suspenso sin respuesta. Y aun así, la vida continúa de lo más normal.

No ha sido sólo el rigor de un clima veleidoso el que ha fortalecido los huesos de sus espíritus. Es lo que resulta de esa mezcla entre ser un pueblo patagón multicultural (gracias a las 61 nacionalidades que conviven), las formas de vida pulcra y desarrollada de un territorio británico de ultramar y los vestigios cada vez más extinguidos, pero no olvidados, del conflicto bélico del ’82. Tomando un poco de todo esto, los isleños se han armado de un carácter abierto, pero sobre todo abrumadoramente paciente, respetuoso de los tiempos (con una puntualidad que, de no cumplirse, puede provocar complicaciones), cuidadoso del ambiente, acogedor con el forastero y despreocupado por vivir el presente sin ninguna de las toscas ambiciones a las que se acostumbra uno en la tierra firme de Occidente.

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Quienes han nacido aquí y quienes han venido a quedarse —no más de tres mil personas, casi el diez por ciento chilenos— asumen que el desafío es conservar este patrimonio natural tan agreste como intacto abriéndose a un turismo selectivo, pero cada vez más creciente entre los que disfrutan de los pocos rincones del planeta en que la naturaleza no ha sido vulnerada.
De alguna forma, cualquier actividad en las islas gira en torno a las visitas, principalmente a la época de cruceros que se extiende entre septiembre y marzo y que, aunque sea por unas horas al día, puede duplicar la población que habita en Stanley, la capital que se las arregla muy bien para mostrar sus atributos en apenas unas cuantas manzanas. En esos días, independiente del trabajo que desarrollen, los isleños suelen pedir un día de vacaciones para cubrir las necesidades que tengan los viajeros en esas pocas horas de recorrido.

Es cierto, nada puede conocerse en un día, pero al menos a quienes llegan en los cruceros se les arman distintos paquetes de viajes con los mayores atractivos en versión resumida. Lo que más se propone es alguna ida por tierra a las pocas estancias —como Fitzroy o Long Island— que mantienen la tradición de la esquila de alguna de las 600 mil ovejas que aún pastan por los distintos rincones. Lo que antes fue la principal entrada de divisas para este pueblo autónomo, ahora se ha rendido a la venta de derechos de pesca del calamar, al turismo y a la inversión por parte del gobierno local, que maneja las riendas de estas 778 islas, a excepción de la defensa y las relaciones internacionales, que se siguen viendo desde Londres.

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Cualquier paseo por las afueras de Stanley amerita una parada hacia el norte, en Volunteer Point, una playa en que los pingüinos rey han establecido una colonia innumerable. Los avistamientos de aves, orcas, elefantes y leones marinos, amén de las cinco de las siete especies de pingüinos conocidas hasta ahora, es parte de un circuito para el que se necesitan días, pero al que se accede con facilidad por aire a través de los vuelos de FIGAS, la línea aérea local.

Hay puntos más extremos, como Sea Lion, la isla más austral de todas, donde funciona un lodge frente a las colonias de pingüinos y a playas de arenas blancas donde se puede caminar, con respeto, entre los juegos y peleas torpes de los elefantes marinos. También, si se tiene al menos otro par de días para recorrer, los planes más sugeridos apuntan hacia Carcass, Saunders o Pebble, por el norte, o bien hacia los imponentes acantilados de Port Stephens, en el suroeste, donde un vasto territorio similar a Isla de Pascua está apenas habitado por una antigua familia estanciera de cuatro personas.

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En cualquier lugar, el contacto con los isleños es similar. Desde el primer instante, hay una confianza genuina, pero desusada para quienes vienen de sitios tan lejanos. El isleño no tiene motivos para sospechar: no hay cesantía (es más, hay muchas labores que cuentan con subocupación), el ingreso mínimo permite vivir sin sobresaltos y el probablemente récord mundial de delincuencia cero provoca asombro y envidia por partes iguales.

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Ni siquiera la llegada de inmigrantes de distintas partes ha despertado suspicacias. Acá es normal que en el bar o en el gimnasio comparta un legislador con el maestro que le instala las alfombras en la casa sin ningún problema. Tampoco se vislumbra que la inminente explotación del petróleo en altamar —con el consiguiente arribo de una fuerza laboral inusitada— pueda alterar la calma a lo largo del territorio.

Hasta ahora, Stanley no tiene problemas en mantener las reglas claras. Los pocos bares se repletan desde antes del mediodía y, salvo alguna excepción para conmemorar acontecimientos muy masivos, la hora de cierre no pasa de las 23:30. Como para recordar la ascendencia británica, media hora antes se anuncia el fin de las rondas en las barras con unas campanadas.
Puede que los contrastes sean fuertes. Para quienes están acostumbrados a la intensa vida de una metrópoli, las Falklands suelen parecer un eterno domingo. Para quienes, en cambio, se alimentan de vida natural salvaje, paisajes y la posibilidad de recorrer cientos de kilómetros en absoluta soledad, las islas son lo más cercano a una quieta forma de paraíso.

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Lo asombroso es que para todos hay cabida. Incluso para los que planean trabajar por la temporada de siete meses, ahorrar un poco y luego volver a casa. Acá la regla es respetar. Y el que la cumple —feliz, despreocupado, viviendo el momento como un niño en un parque persiguiendo burbujas—, tiene mucho futuro por delante.