Así, de entrada, uno no la reconoce. Tal vez porque nunca se ha fijado en ese monumento a los héroes que en vez de un huemul tiene un caballo. O porque a nadie se le ocurriría poner en el techo de su casa un mini para contemplar los temporales más fieros. O porque muy pocos conocen al Estrella Roja, el equipo que fue acusado de bolchevique y obligado a cambiar su nombre por el de Libertad, una vez consumado el Golpe de Estado de 1973.

Pero si se afina la vista se advertirá que detrás de cada una de esas historias está Valparaíso; el puerto principal, en palabras de Lucho Barrios; la Joya del Pacífico, como le llamaban los marinos; el mismo que hace casi once años fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

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Esa mirada extraoficial, a medio camino entre el under y lo freak, es la que recoge el libro Valparaíso No Patrimonial —de los autores Christian Morales y Marco Herrera. Un retrato extraoficial que corre por los bordes, lleno de ironía, y cuyo propósito se resume en un párrafo del prólogo: “Todos siguen engrupidos con el patrimonio oficioso y oficial. Por eso este libro. Porque Valparaíso es más que bed and breakfast, chilean cooking o wine tours. Valparaíso es una ciudad inamible (como dijera Baldomero Lillo). Una ciudad que limita con Chile”.

Herrera y Morales no nacieron en el puerto, pero llevan años avecindados en la ciudad. A ambos les tocó vivir el momento en que Valparaíso comenzó a ponerse de moda, aunque Herrera lo vivió más en carne propia. “Fueron los días en que por televisión pasaban la teleserie Cerro Alegre y partían los festivales de arte en las calles. Tuve que cambiarme de domicilio tres veces porque las dueñas decidieron vender o convertir sus casas en hostal. De ahí a la explosión turística hubo un paso.

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Aparecieron los bed & breakfast como callampas. Y los porteños más antiguos comenzaron a abandonar sus barrios. Pero tú recorrías la ciudad y sabías que Valparaíso era más que los cerros Alegre y Concepción; mucho más que aquello que quiere venderse como ciudad patrimonial”, cuenta Herrera.

Entonces, en medio de “conversaciones y rones”, Herrera y Morales comenzaron a hacer un catastro de esos lugares donde la identidad de Valparaíso seguía habitando. “Con los apuntes que hicimos armamos la mitad del libro; la otra la completamos con aportes de amigos y conocidos”, explica Morales.

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Fue ahí cuando alguien les dijo que vieran el auto —un mini de los 70— que estaba en el techo de una casa en la calle General Mackenna. Un abogado lo había subido hasta ahí y lo había ubicado sobre una plataforma que giraba. Así, en los días de temporal, él se sube al auto —equipado con un lector de CD y parlantes— y contempla el Valparaíso invernal en 360 grados, con el sonido de la lluvia y la música clásica como telón de fondo.

También supieron del detalle del escudo del monumento a los héroes de la Plaza Sotomayor, que en vez de un huemul tiene un caballo. “Claro, el monumento se hizo en Francia, en 1880, y los franceses sabían lo que era un cóndor, pero no tenían referencias de lo que podía ser un huemul. Les dijeron que era como un caballo pero más chico. Y así quedó”, cuenta Herrera.

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Otros, los conocían en carne propia: el caso de la línea de buses O —en Valparaíso, durante mucho tiempo, la locomoción colectiva se identificó sólo a partir de letras—, que recorre todos los cerros de la ciudad. “Es un espectáculo. Por 400 pesos tienes un viaje único por la parte alta del puerto. Sus choferes son verdaderos pilotos de rally. Andan a cien kilómetros por hora por unas calles que de un lado tienen cerro y por el otro un barranco. Pero nunca ha habido un accidente. El asunto es que hubo un momento en que las autoridades decidieron ordenar las líneas de buses numerándolas y a la O le cambiaron el nombre por el de 612. Pero hasta el día de hoy ningún porteño habla de la 612, todos siguen hablando de la O”, explica Morales.

Esa persistencia del porteño es una seña de identidad. Y las pruebas están a la vista. A espaldas de donde converso con los autores de este libro —que tiene dos tomos: parte 1 y parte 2— se puede ver el nombre de unas de las más emblemáticas librerías del puerto: Librería Ivens. Hasta hace algunos meses funcionaba ahí, en la Plaza Aníbal Pinto. La compra del edificio por parte de una inmobiliaria obligó a sus dueños a bajar la cortina. A bajarla, pero no a morir. La Ivens sigue viva algunas cuadras cerro arriba.

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La ruta del Valparaíso no patrimonial cuenta con otros íconos como la Ivens. Por ejemplo, la fábrica de cecinas Sethmacher, emplazada en el corazón del antiguo barrio chino (Bustamante #118). Opera desde 1938 produciendo diez mil kilos mensuales de jamón, vienesas, prietas, salames y arrollados, sin preservantes ni aditivos. Jamás sus productos se han comercializado en los supermercados, característica que la hace más porteña todavía.

También está la sombrerería Woronoff, fundada en 1927. Aunque ya pasaron los días de gloria —la moda entre los años cuarenta y sesenta hizo rica a la familia dueña de la sombrerería: los Cademártori—, se mantiene en pie vendiendo sombreros importados. Fue, y en menor medida lo sigue siendo, lugar de peregrinaje obligado de los porteños más elegantes. En sus mejores tiempos, podían hacerse de un Borsalino —el más fino de los sombreros italianos. Su nombre fue tomado de un famoso científico de los años 20, quien a partir de los testículos de diferentes animales —monos, toros y perros— trató de alargar la vida de los seres humanos, lo mismo que su vigor sexual. Apelando a una metáfora indirecta, la tienda (Pedro Montt #2899) se hizo del nombre del científico ruso, en el entendido que prometían una larga vida.

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Otro emblema que se resiste a desaparecer es la tienda de antigüedades El abuelo (Independencia # 2071). Partió en 1960, fundado por Pablo Eltesch. y hoy se mantiene en pie gracias a la persistencia de su hijo homónimo. No sólo es llamativo un perro gigante de cartón piedra que perteneció a la fábrica de victrolas Casa Victor. También sus cajas musicales, los maniquíes, su colección de pluma-fuentes. Y, por supuesto, el hecho de que uno de sus clientes más ilustres fuera el poeta Pablo Neruda. Solía pasar por ahí antes de ir almorzar en el Menzel. “Buena parte de las cosas que tiene en sus casas las compró acá”, asegura Pablo Eltesch hijo.

La lista del Valparaíso no patrimonial es larga. Están el restorán San Carlos, ex Yugoslavo, que ha hecho célebre el causeo de patas y el arrollado de pernil; el club Estrella Roja, que luego de llamarse Libertad, volvió a su nombre original; un zapatero que odia a los chinos; una centenaria liga contra el alcoholismo que sobrevive en medio de un barrio que tiene la mayor concentración de bares por metro cuadrado de Chile; un árbol sagrado de la India que se ocupa como urinario; la Gran Bodega Bacigalupo, un emporio de los años 20 que atiende al público prácticamente igual que antaño; un Sea world muy particular, en donde una inacabada plataforma vial fue tomada por los lobos marinos que brindan un singular espectáculo; y las escaleras interminables, y los trolebuses, y los ascensores, y tantas cosas más.

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Como dicen sus autores: “Valparaíso es una ciudad que sigue creciendo hacia lo alto, que continúa construyéndose y autodestruyéndose. Una ciudad cerro arriba y cerro abajo, a veces con un descanso en alguna quebrada llena de neumáticos, tarros y botellas plásticas”.

Más under que patrimonial.