Otro país. Otra energía. Pablo Escobar es por estos días sólo pasado, marketing, TV y leyenda. Colombia renueva su ritmo y dicta cátedra de estilo y tendencias, además de reinventar sus raíces para exportarlas al mundo en moda, diseño y gastronomía.

El miedo no es tema a la hora de moverse por Bogotá. Menos para descubrir la noche de Cartagena de Indias y embarcarse a sus islas cercanas, conexión playera lógica desde la capital que seduce con sus lujos e islas de ensueño. Escapar al país de Botero y García Márquez significa dejar un pasaje abierto para un próximo retorno. No es frase de postal sino una sensación básica: se abre el apetito.
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La capital es full sofisticación. Y caminable. El casco histórico con sus iglesias, museos y librerías añade otros aires a la colonial área de La Candelaria. Restoranes, artistas y profesionales se han trasladado a este sector. No sólo para levantar negocios, sino que también para repoblar sus angostas y añosas calles en las faldas de las verdes montañas.

Martha Stewart no se resistió. La estadounidense, icono internacional de las dueñas de casas perfectas y del buen gusto, aterrizó en esa zona antigua. En esa visita sirvió de anfitriona la arquitecta y ex top model Adriana Gallego. Ella y su marido, el fotógrafo Pedro Franco, le abrieron las puertas de su residencia de diseño en La Candelaria para mostrarle su trabajo en el Taller Vivo, dedicado al paisajismo, jardines verticales y objetos escultóricos en plantas.

“Pedro fue colono en este barrio hace una década y cada vez llega más gente entretenida. De hecho, somos vecinos de Simón Vélez, uno de los arquitectos colombianos con más renombre en el mundo. Es un lugar muy especial para inspirarse”, cuenta Gallego con un café en mano, quien se pasea entre los shows de la peluquería Motiladas Asesinas, el restorán La Condesa Irina Lazaar y las propuestas del grupo cultural A Seis Manos.
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Otra figura local que atrae la atención desde el extranjero es la orfebre Mercedes Salazar. “Lo mío es lo etno chic”, explica en su taller, donde trabaja líneas modernas con la imaginería indígena de las comunidades que apoya en una sociedad artística. Sus tiendas están por todo el país y varias colecciones aterrizan en Estados Unidos.

En cuanto a sabores, el chef Harry Sasson es una de las voces fuertes. “No pueden partir de Colombia sin comer ajiaco y empanaditas de pipián”, ordena al lado de la barra de su exclusivo restorán. “Hoy —agrega— existe una revolución culinaria en el país. Se abren más lugares y nos estamos consolidando en Sudamérica”. Tanto, que ya hay una elegante Zona G en Bogotá, en honor a la gastronomía.

Ese mismo espíritu culinario se vive en Cartagena (a una hora en avión desde Bogotá). La ciudad amurallada está soprepoblada de lugares con cartas internacionales y caribeñas. Paradas para el paladar indispensables tras ver el atardecer en el ondero Café del Mar, frente a la Calle de los Estribos.
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Las que antes eran casonas abandonadas de ese romántico destino, ahora están a precios exorbitantes. ¿La razón? Tiendas —desde las Mario Hernández a Ketty Tinoco— le dan una nueva vida. Las preciosas y coloridas residencias con balcones son locales de diseño y hoteles boutique de ensueño (la diseñadora Silvia Tcherassi tiene uno con spa).

Aunque la experiencia máxima es el Hotel Santa Clara, ex convento colonial con habitaciones que tienen vista a la casa de García Márquez (para quienes quieran avistar al escritor), que cada noche pone a salseros en su bar y durante el día entrega servicios de belleza de siete estrellas. Lástima que ya no están las monjitas para aprovecharlos.