Después de más de una semana en Srinagar, el caos esquizofrénico de Nueva Delhi había quedado en el olvido… Hasta que pisamos las calles cercanas al Templo Dorado en Amritsar.

El Templo Dorado era uno de los lugares que no quería perderme en nuestro primer viaje a India. Y allí estábamos, frente a esa construcción que parecía flotar al centro del enorme lago artificial AmritSarovar (estanque del néctar de la inmortalidad). Indudablemente nos deslumbró este templo recubierto con 750 kilos de oro, y al que se llega por una pasarela de mármol que luce, impoluto, como todo el lugar.

Para llegar hasta allí el laberinto de calles cercanas nos pareció un caos. Casi sin veredas, cruzar una calle es una aventura -para uno, simple turista- de vida o muerte. A mí el solo pensar en manejar en India me hace temblar y reconozco que quienes maniobran allí con sus autos, motos, rickshaws, bicicletas y demases son verdaderos malabaristas del tráfico.

A ese frenesí callejero le agregamos las consecuencias de las obras de reparación y mejoramiento en los alrededores del templo, es decir, maquinaria pesada, polvo a rabiar, más bocinas histéricas y barreras de “no pasar” que todos traspasan. ¿Qué hacer? Mirarnos, sonreír y hacer como las vikingas chicas que decían “¡corre por tu vida!” cada vez que debíamos cruzar de un lugar a otro. Peritos y experimentados al volante, tienen más facilidad para esquivarte que tú a ellos, y así sobrevivimos para enmudecer maravillados.

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El contraste es enorme. La locura queda afuera, cuando te has lavado pies y manos y has cubierto tu cabeza para entrar al templo más importante del sijismo -comparable con el Vaticano, para los católicos, o la Meca para los musulmanes-. Aunque los inconfundibles guardias -fuertes, altos, de barba larga y poblada y turbantes coloridos y enormes- parecen severos, su gentileza y hospitalidad impresiona.

Mientras muchos de los fieles que cumplían con su deber de visitar el templo al menos una vez en la vida, dormían en los grandes y muy limpios patios abiertos, nosotros nos sentamos a mirar y disfrutar de esa paz increíble que allí se respira. Nos deslumbró no solo el brillo dorado de la construcción sino el de esas almas sencillas y generosas que se acercaban para preguntarnos si estábamos bien o necesitábamos algo, en un idioma que no conocíamos pero comprendíamos con las señas y el corazón cuando se quedaban largo rato sentados a nuestro lado hablándonos.

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Tomamos muchas fotos, salvo -porque está prohibido- en el lugar donde está el libro sagrado, el GurúGranth Sahib, que más que un texto es su gurú (maestro) perpetuo, su guía a través de la vida. Allí miramos con atención y recogimiento cada detalle del lugar y de los gurúes que incesantemente repiten las centenarias escrituras.

Nos sentimos serenos. Ni siquiera las muchas selfies que algunos locales curiosos pidieron hacer con nosotros —y que quizá estén deambulando por las redes sociales indias—, perturbaron esa sensación de estar en un lugar que impresiona y conmueve.

Cuando ya en la ciudad de Rishikesh nos enteramos horrorizados de lo que sucedió en Niza y seguíamos viendo noticias sobre la violencia en Cachemira, nos preguntábamos cómo llegamos a tanta maldad habiendo tanto bien y generosidad en el corazón de la gente que hemos ido conociendo en el camino. Una vez más nos sentimos profundamente agradecidas.

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