En un momento del viaje, el cronista sentirá indignación. No hablo de Cieza de León ni de José de Acosta ni de Sánchez de la Hoz ni de ninguno de los cronistas españoles que llegaron al Cusco a mediados del 1500 para contar la vida en el Nuevo Mundo. No. Hablo del cronista que recorre arriba de un bus las calles de Cusco, un miércoles de julio de este año, camino a Sacsayhuamán, la Casa Real del Sol, y que se entera por boca del guía de los horrores perpetrados por los conquistadores, de cómo humillaron a los incas ocupando las piedras de sus altares como peldaños de las iglesias —había que pisotear sus credos—, de las matanzas que llevaron a cabo en pueblos desarmados, de cómo alimentaban a sus perros con niños incas para que se acostumbraran a la carne de los indios. 

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Son los primeros días de julio en Perú. Atrás queda la nebulosa Lima —entre marzo y diciembre, los limeños viven bajo un cielo gris— para subir a la cuna del Imperio del Sol. En el aeropuerto Teniente Alejandro Velasco Astete (del Cusco), un letrero anuncia un medicamento contra el mal de altura, padecimiento no menor. La falta de oxígeno parece estrujarte el cerebro, el corazón se acelera —¡ni se te ocurra correr!—, por momentos cada paso es una tortura. Por suerte, en el hotel está la solución —natural por lo demás—: agua de coca o té de muña, una hierba pariente de la menta, que crece en la zona (santo remedio, diría mi abuela).

Con todo, Cusco, declarada en 1983 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, bien vale una cefalea. Aquí el tiempo se ha detenido o, cuando menos, ha dejado una huella muy sutil. Sí, porque esta ciudad de 420 mil habitantes, corazón del Imperio Inca, parece no olvidar esos días. 

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—Los incas fueron grandes arquitectos. Ese es el secreto de que muchas de sus construcciones permanezcan en pie hasta hoy. Varias de sus técnicas han sido aplicadas por la arquitectura moderna —cuenta Jimmy Vásquez, guía cusqueño. Un morocho que lleva años contando la historia de los incas y que por momentos habla de ellos usando la primera persona plural. 

No necesitaremos ir al Templo de Coricancha —sobre el que se levantó más tarde el Convento de Santo Domingo— para ver la perfección de sus construcciones. A pocas cuadras de la Plaza de Armas, en la calle Hatun Rumiyoc, sobrevive uno de los muros del Palacio Inca Roca, construido a mediados del siglo XV. Su perfección contrasta con el muro vecino levantado por los españoles. El chiste popular dice que el primero fue construido por los incas, y el segundo por los inca… paces. 

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En el Templo de Coricancha el ensamblaje de las piedras es perfecto: los incas las cortaban, trazaban surcos y salientes en ellas para calzarlas. Cuando se dice que entre una piedra y otra no entraba ni una hoja de gillette, en Coricancha es real. Y lo mismo se puede advertir en Sacsayhuamán, donde la arquitectura inca ofrece una perfección monumental. Ubicado en una colina del Cusco y con la forma de la cabeza de un puma, era el lugar en donde se adoraba al sol. El cómo los incas movieron esas rocas gigantes para levantar Sacsayhuamán aún no está dilucidado, aunque las huellas en algunas piedras permite suponer que usaban un sistema de poleas y palancas.

¿Cómo una cultura tan avanzada, cuyo imperio llegó a tener 11 millones de habitantes, sucumbió a un puñado de españoles? La pólvora y la guerra civil que dividía a los incas y sus pueblos sometidos les habría jugado en contra. “Además, los españoles llegaron como amigos. Por lo mismo, en ese primer encuentro entre Francisco Pizarro y Atahualpa, en Cajamarca, los miles de incas presentes estaban desarmados. Los españoles parlamentaron hasta que Atahualpa lanzó al suelo la Biblia sobre la que querían hacerlo jurar obediencia al rey de España. Ahí los españoles abrieron fuego: dispararon sus cuatro cañones, hicieron relinchar sus caballos y cabalgaron sobre los incas cortando manos y cabezas. Aquel día ejecutaron a cerca de 6 mil”, cuenta Jimmy. 

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La religión agregaría a esta historia un detalle no menor para explicar cómo 200 españoles vencieron a miles de indios: mientras la Virgen protegía con su manto a los españoles, el arcángel San Miguel salía a campo traviesa a atravesar indios con su lanza.

Oro. En la catedral del Cusco todavía hay oro. No en las cantidades que deslumbraron a Francisco Pizarro, sino como una delgada capa, conocida como “pan de oro”, que recubre marcos y figuras de santos. Con todo, impresiona. Tanto como las pinturas de la Escuela Cusqueña, patrimonio artístico del Perú. 

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Los españoles, en su afán de borrar toda huella de la cultura incaica, enseñaron a los artistas quechuas e incas la técnica y el estilo de sus maestros de la pintura. Obligados a pintar las imágenes que la evangelización católica imponía —muchos copiaron cuadros clásicos—, sólo algunos se atrevieron a subvertir disimuladamente esas escenas para colar elementos de su popia cultura. Uno de los ejemplos más claros es La última cena, de Marcos Zapata, en el que aparece Jesús y los apóstoles alrededor de una mesa sobre la que reposa una bandeja con el banquete: un cuyi, plato típico del Perú. 

La mayor colección de la Escuela Cusqueña está a la vista en el Palacio de Las Nazarenas, una antigua construcción inca, sobre la que fue construido un convento en el siglo XVII, ahora reconvertido en uno de los hoteles más lujosos de Perú: el Belmond Palacio Nazarenas. Más de un centenar de cuadros cuelgan de las paredes de la capilla del antiguo convento, muestra que junto a las pinturas exhibidas en el Belmond Hotel Monasterio —contiguo al Palacio de Las Nazarenas, y en donde los hijos de los españoles iban a instruirse en la fe católica para hacerse monjes allá por el 1600— constituyen la mejor selección del más significativo arte colonial peruano. 

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No son las nueve cuando abordamos el Hiram Bingham, un tren de lujo —dos coches comedor con manteles de lino blanco y copas de cristal, además de un menú de alta gastronomía— que en un par de horas nos dejará a las puertas de Machu Picchu. No cualquiera sube al Hiram Bingham. Elegido en 2011 como el mejor tren del mundo por los lectores de Condé Nast Traveller UK, ha transportado a celebridades tan disímiles como los integrantes de la banda Metallica o Richard Gere. Ahora, en el vagón contiguo al que viajo, por lo menos reconozco a una celebridad: el ex Presidente de México, Vicente Fox, junto a su mujer, sus hijas, y hasta uno de sus nietos. 

El nombre de Hiram Bingham ha sido puesto en homenaje al descubridor de Machu Picchu: el profesor de historia y geografía de la Universidad de Yale, Hiram Bingham. Su intención inicial fue encontrar Vilcambamba, la última reducción inca. Entró por el valle del Urubamba hasta llegar al pueblito de Mandor donde un campesino lo llevaría hasta “esos lugares antiguos, que estaban en las montañas, donde el ganado solía perderse”. Bingham debió convencer a Melchor con un sol de plata para que lo guiara hasta allá. La leyenda dice que una vez ahí, un muchacho de no más de quince años lo llevó a recorrer la ciudad que estaba enterrada bajo la vegetación: Machu Picchu. Eso ocurrió en 1909; tres años más tarde volvió con una expedicion respaldada por la Universidad de Yale y la National Geographic Society Expedition. Las últimas excavaciones las hizo en 1916. Más allá de las críticas a su trabajo —cuestionado por haber “desvalijado” Machu Picchu—, Bingham fue el responsable de mostrar al mundo uno de los mayores tesoros de los incas.  

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Luego de bajar del tren y subir en bus por un camino serpenteante, llegamos al Sanctuary Lodge —un hotel a las puertas de Machu Picchu. La postal clásica, con el Huayna Picchu de fondo y la ciudadela abajo es solo la punta del iceberg. Por esas escaleras, cuando el Imperio Inca reinaba, deambulaban cotidianamente entre 600 y mil personas. Los españoles nunca llegaron hasta acá. Pasaron por las zonas bajas, ignorantes de lo que se escondía cerca del cielo. 

Es imposible no lamentar que una civilización como la inca haya desaparecido y no emocionarse. Lo raro es que a Jimmy —que ya ha perdido la cuenta de cuántas veces ha estado acá— también le ocurra lo mismo: “Esta es mi historia, mi pasado, mi vida. Cada vez que vuelvo me sigue cautivando el saber que mis ancestros estuvieron aquí, construyendo, levantando cada muralla, muriendo”, dice. 

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Y aunque haya pasado tanto tiempo, luego de recorrer cada uno de los rincones de Machu Picchu te quedas con una sensación extraña, como si hubieras visto pasar por el rabillo del ojo un grupo de incas camino al Templo del Sol o rumbo a las terrazas de cultivo. Como si esa civilización continuara latiendo dentro de cada piedra, dentro de cada templo, dentro de cada descendiente que sigue contando su historia.