Todo en una licuadora. Arquitectura victoriana que se refleja en los vidrios espejados de los rascacielos que miran el lago Ontario. Idiomas y cocinas de todas partes en esta ciudad con tradición financiera que parece competir con NY por sus aires cosmopolitas. La maraña de Toronto parece un embrujo urbano: La estación de trenes está al frente del victoriano hotel Fairmont, el mismo que fue construido para recibir a la familia real inglesa en los tiempos de la colonia. Las calles adoquinadas del centro, eclipsadas por las altas torres que poco dejan ver el sol, confirman que estamos en un ‘lugar de encuentro’, tal como decía la cultura hurona y que bautizó hace más de cuatro siglos a este enclave lacustre con un musical ‘toran-ten’.

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La señalética urbana es clara. Caminos que conducen a barrios con sellos históricos de inmigración: el Chinatow, la pequeña Italia, Greektown o la little Polonia, permanecen intactos y fieles a sus tradiciones. Almacenes, restoranes y peluquerías, mantienen la fisonomía de una ciudad que no le da la espalda a la multiculturalidad. Fue después de la Segunda Guerra Mundial, cuando llegaron los refugiados de Europa y Oriente en busca de paz y mejor calidad de vida. Había espacio para todos. La población creció en más de un millón de habitantes hacia 1950 y se duplicó a dos millones en 1971. En los ’80, ya había superado a Montreal en población y fuerza económica. Otro factor determinante en su crecimiento fue el resurgimiento de las ideas de soberanía francesa sobre Quebec. Una amenaza para las grandes fortunas que, finalmente, obligó a que muchos capitales cambiaran su domicilio fijo a Toronto como una medida de protección nacionalista. La ciudad se embarcó en un viaje sin retorno con lujo y modernidad.

La futurista Torre CN, una de las siete maravillas modernas con una altura de 553.33 metros, tiene hasta hoy tanta fuerza icónica como la hoja de maple (del árbol arce) y posiblemente más que Yonge Street, que sigue siendo la calle más larga del planeta. Si es verano, nadie podría imaginar que en Toronto confluyen dos ciudades: una en la superficie, con edificios antiguos y modernos; y otra bajo tierra, con extensas galerías que conectan metro, comercio y universidades, donde la vida transcurre mientras la nieve y el viento de invierno hacen imposible soportar los 20 y más grados bajo cero.

Segura y gran anfitriona, debe ser la ciudad del norte que más se jacta de su gente amable. En verano y primavera, las bicicletas estacionadas en las veredas y las ardillas bajando de los árboles que merodean entre las terrazas, convierten a la capital de la región de Ontario en un epicentro de actividad cultural, conciertos y exposiciones internacionales (como la reciente muestra sobre David Bowie que llegó directamente desde Londres a la Art Gallery of Ontario, AGO).

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Dundas Square es el circuito de compras con letreros luminosos, etiquetas fashion y el descomunal Eaton Centre. Más allá, entre las calles Bay y King, enormes oficinas corporativas, bufetes de abogados y corredores de bolsa, que están comandados por el edificio del Royal Bank Plaza con sus vidrios bañados en oro y diseñado por el arquitecto Norman Foster. En el mismo corazón financiero, la escultura de unos elefantes representa la llegada de capitales extranjeros que han transformado la ciudad en una potencia.

Más al norte está Bloor-Yorkville con tiendas como Hermès, Louis Vuitton, Dolce & Gabbana y comparada hasta el cansancio con Manhattan. Un antiguo barrio hippie y ahora favorito de las celebridades como paradero de vacaciones. En septiembre, cuando se inaugura el Festival de Cine, parece imposible encontrar una habitación a la redonda.

A poco más de diez minutos caminando, una postal que parece sacada de la saga cinematográfica de Harry Potter. Los jardines y edificios estilo Tudor de la Universidad de Toronto, son testigos del antiguo poderío británico. De piedra, con balaustradas, arcos y vitrales, cada construcción responde a un credo distinto: aulas de protestantes, internado católico o el centro deportivo de los judíos. En síntesis, religiones juntas, pero no revueltas que conducen a través de callejones al Royal Ontario Museum, un espacio centrado en la historia natural del país. Inaugurado en 1912, ha tenido varias reformas internas, pero conserva su fisonomía ‘georgiana’ exterior.

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Desde el ferry que recorre lentamente el lago Ontario, se puede ver la ciudad desde lejos. Una panorámica que se mantiene viva hasta que se desembarca en Toronto Islands: un archipiélago con senderos, parques y hasta una playa nudista con agua muy fresca en verano. Obligatorio es pasar por St. Lawrence Market, un antiguo edificio que en otros tiempos fue casa de la corte británica en Canadá y también cárcel en los tiempos de la Inquisición. Considerado como el mejor mercado del mundo gracias a sus pescados y verduras frescas, conduce por acto de magia a Carrousel Bakery: una antigua ‘bollería’ famosa por sus ‘peameal bacon’ preparados con harina de trigo y tocino que la gente come mientras el sol se pone detrás de la catedral anglicana de St. James y sus soberbios vitrales.

El barrio Kensington es para fashionistas. Muebles de autor, diseño independiente o la famosa Casa Verde, donde se pueden comprar desde perros salchichas de porcelana perfectamente coronados a modo de sujeta-libros hasta copas de Vera Wang como regalo para recién casados. Todos los espacios de la ciudad tienen una función. Desde los techos, se observan jardines colgantes, e incluso, huertos orgánicos para aprovechar la luz natural. En el hotel Fairmont han ido más allá y han dispuesto de más de doce colmenas en la azotea que producen 400 kilos de miel al año y que se ocupan para gran parte de las recetas de la carta del restorán Epic, famoso por sus pescados, mariscos frescos y postres de factura artesanal.

El recorrido puede continuar en taxi (los más recomendados son de la línea Diamond) y llegar hasta la famosa Destilería Histórica, antiguamente conocida como Gooderham and Worts, con su estilo victoriano y que se ha convertido en sitio de peregrinaje para los fanáticos de Mad Men, porque es en ese lugar donde se grabó gran parte de las escenas exteriores de la serie ambientada en los ’60.

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En una onda más familiar, un paseo al pueblo de Brampton y sus circuitos de canopy y áreas de camping a un costado del lago Ontario que puede terminar con una comida en el restorán Filmi Dhaba: una inolvidable experiencia que combina comida india y afiches con los grandes actores y realizadores de Bollywood. También se recomienda un paseo en bicicleta por la nueva villa Olímpica que se construye en el sector de Easter Ave y donde se desarrollarán los Juegos Panamericanos 2015 bajo el mando de la mascota oficial Pachi, un puercoespín con espinas de colores en el lomo.

Clubes de bolos y también de ping-pong, como el SpinGalactic (una de sus dueñas es la actriz Susan Sarandon), permiten que la noche se alargue entre cervezas y juegos grupales. Los sistemas de transportes funcionan all-nigth y ya es hora de que el neón se encienda, las pistas de bailes se saturen y un diario de panoramas llamado Now! que se puede encontrar gratis en cualquier esquina, sugiera que es hora de escuchar a un grupo de jóvenes canadienses y su banda The Islands. Un pop suave y cosmopolita, igual que Toronto.