El vuelo desde Chile llega a Papeete cuando ya es medianoche. Automáticamente todos los que vamos en el avión de Lan parecemos rejuvenecer. Y es que es un juego pensar que llegamos desde el futuro a estas islas donde el huso horario va siete horas atrás del chileno. Un mundo muy diferente donde mandan la familia, los clanes, las tradiciones. Y donde un collar simboliza el cariño con los viajeros. Las flores dan la bienvenida, los caracoles marinos desean buen viaje.

Son 118 islas esparcidas en cinco archipiélagos, cada cual utiliza su propio estilo para adaptar tradiciones ancestrales al siglo XXI. El archipiélago más conocido es el de la Sociedad. Un grupo de islas montañosas rodeadas por lagunas marinas. Entre ellas están Moorea, Huahine, Raiatea, Tahaa, Bora Bora, Maupiti y Tahiti, la isla más grande e importante de la Polinesia Francesa. Su capital Papeete tiene el único aeropuerto internacional. Es una ciudad con un fuerte contraste: por un lado vibra una urbe cosmopolita con mezcla de razas de todo el mundo y por el otro se alza un imponente paisaje volcánico con montes, cascadas y selvas.

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Son 1.048 kilómetros cuadrados y unos 180 mil habitantes. La mejor forma de recorrerla es en auto, ya que el transporte público es limitado y los pocos taxis no circulan buscando pasajeros; para tomar uno hay que ir a determinados puntos donde se estacionan (aeropuerto, centros comerciales, supermercados) o llamarlos por teléfono.

El centro es pequeño y con construcciones de baja altura. Entre ellas se destacan edificios de arquitectura colonial como la catedral de Notre Dame (1875) y el templo Pao Fai, inaugurado en 1873. También está el recinto de la municipalidad inspirado en el palacio de la reina Pomaré IV.

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Imperdible, el mercado municipal; un gran espacio techado donde se venden frutas, hortalizas, pescados de todos los colores, artesanías y por supuesto collares y coronas de flores. Allí una decena de tahitianas trenzan gardenias y jazmines que adornan las cabezas de hombres y mujeres en ocasiones especiales y celebraciones.

Cerca está el centro comercial Vaima, lo más parecido a un mall (todo el comercio cierra a las 17:00 horas) y al frente se encuentra el boulevard Pomaré donde se ubican cafeterías, restoranes, terrazas y tiendas. Es el centro de la vida nocturna. En el otro extremo de la isla, el museo de Paul Gauguin, retrata la vida y obra del artista.

Lo mejor es recorrer la isla por la costa. El paisaje es agreste, con rocas y arena negra. Hacia los valles del interior hay cascadas y el monte Marau, desde donde se divisa la vecina Moorea. Se puede seguir por el valle de Papenoo y visitar los restos arqueológicos.

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Por supuesto hay muchos panoramas que incluyen sobrevuelo en helicóptero, trekking por las cavernas de Hitiaa, navegación en catamaranes y buceo, sólo hay que entregarse a la amabilidad de los anfitriones.

Al frente de Tahiti, separada por 18 kilómetros, está Moorea. Es el lugar preferido de los locales para vacacionar y también es la escala favorita de los viajeros que van a Japón, Australia y Nueva Zelanda. Sus cumbres ultraverdes y escarpadas recuerdan a ratos a nuestras Torres del Paine. Hasta este territorio se puede llegar por avión en 10 minutos y por ferry (media hora).

Hay un solo camino pavimentado que da la vuelta a la costa (60 km), donde están los caseríos porque el resto es montaña. El mirador más famoso es Le Belvedere, desde él se pueden ver las dos bahías: Cook y Opunohu, rodeadas de tupidos bosques. En la primera está la aldea de Pao Pao, donde se concentra la vida con el mercado, la iglesia Saint Joseph —con un antiguo altar de madreperla—, tiendas y restoranes.

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Pero lo que concentra la mayor cantidad de actividades son los deportes y paseos marinos. La isla destaca por sus rayas leopardo, tiburones grises y limón, morenas, peces de arrecife, barracudas, esponjas y rosas de coral. Hay 17 puntos de inmersión, aptos para aprendices y experimentados. Además, es un lugar ideal para el surf de arrecife, la playa más famosa es la Haapiti, con olas poderosas aptas para experimentados. Es necesario arrendar un bote para llegar hasta allí.

A 270 kilómetros de la exuberante Moorea está Bora Bora. La favorita de los viajeros y por supuesto de los novios. Sus infinitos tonos de verde, turquesa y azul dan a su mar una imagen única. De hecho, al aterrizar en el islote (motu) que alberga al aeropuerto, la luminosidad del cielo y los matices del mar dejan con la boca abierta, por algo es la más famosa isla tahitiana. Con 38 kilómetros cuadrados, está formada por una isla central, un arrecife con varios islotes y en medio una laguna interior. Una vez en tierra hay que tomar una lancha para llegar hasta el lugar de alojamiento. Todos los hoteles tienen su transporte, pero hay taxis de agua para los que viajan sin convenio.

El buceo y el snorkeling en sus aguas limpias y cálidas es una experiencia sublime. En el lagoonarium, el mayor acuario al aire libre de Tahiti, hay miles de peces multicolores que se acercan curiosos. Se puede nadar con tortugas, mantas gigantes y tiburones. Como otras islas, Bora Bora tampoco tiene transporte público colectivo. Hay que arrendar auto, motos o conseguir un taxi (sólo aparecen llamándolos y previo acuerdo).

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Vaitape es la aldea principal. En su única calle hay almacenes, tiendas, bancos, un centro artesanal y el muelle de las naves que van al aeropuerto. Eso es todo. Casi nula vida nocturna, las actividades se centran en excursiones y deportes marinos. La mejor playa es Matira, en sus arenas se realiza el Liquid festival (diciembre), que incluye carreras de piraguas y espectáculos de tamuré (baile típico). Allí termina también la Hawaiki Nui Va’a, la competencia de piraguas más importante del Pacífico sur que se celebra en noviembre y que es organizada por el Ministerio de Deportes de la Polinesia Francesa. Se puede conocer el Musee de la Marine, donde se exponen unas 40 maquetas de embarcaciones: piraguas, atuneros, naves legendarias como la Kon-Tiki, Bounty y Calypso. También hay un centro de protección de tortugas marinas, Le Meridien, donde conservan a más de cien especímenes. Se puede nadar con ellas.

Tikehau (aterrizaje para la paz) es cuento aparte. No sólo no pertenece a las islas de la Sociedad —es de las Tuamotu—, sino que es un atolón: la parte superior de un cráter sumergido en el mar, un anillo de tierra de unos 26 kilómetros de diámetro y un ancho de entre 300 y mil metros, que flota sobre el agua con una laguna inmensa en el medio. Como él hay unos 400 atolones coralinos formando grupos de islotes y playas de ensueño. Está a tres horas en avión desde Bora Bora. Es totalmente rústico. Desde el aterrizaje invade la sensación de estar en el fin del mundo. Bosques de palmeras recortados sobre un cielo cambiante, pero siempre luminoso. Arenas blancas y un mar repleto de especies marinas. La laguna interior es una especie de acuario privado. Con 20 kilómetros cuadrados es el lugar con mayor concentración de peces de todo el archipiélago.

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Tuherahera es la única aldea. Aunque la población es muy poca se divide en cuatro religiones: los sanito, rama disidente de los mormones, protestantes, católicos y adventistas. Sus 400 habitantes se dedican a la pesca y algunos al turismo. En realidad la oferta es pequeña y hay un solo hotel; el Tikehau Pearl Beach Resort: lo máximo.  En un motu privado tienen todo para ser náufrago de lujo. Lo mejor es hacer un paseo en lancha para bañarse en medio de la laguna. No hay nadie a varios kilómetros a la redonda. Sólo la tripulación que pesca mahi mahi para ponerlos sobre una improvisada parrilla o preparar un poisson cru para luego tomar sol al ritmo de los tambores.

Por supuesto se puede seguir navegando en la Polinesia y buscar una isla para creerse perdido en el paraíso. Y aunque suene repetido, da lo mismo porque aquí están permitidos los lugares comunes.