Mientras más diverso, más entretenido es el mundo, eso es lo que siempre he pensado y para comprobarlo nada mejor que Ciudad del Cabo. Durante 40 años el Apartheid y sus políticas de segregación social llegaron demasiado lejos. El caos se apoderó de todo y la rankearon como una de las ciudades más peligrosas del mundo. Hoy quieren contarnos una historia nueva. Blancos, mulatos, europeos y negros se enorgullecen de ser hijos de la misma tierra. Es un pacto de perdón sagrado. Ellos entregan talento y sus ganas, a cambio la madre protege y recuerda que bendijo a este lugar con un derroche de belleza.

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Hay que llegar en diciembre. Los capetonians, después de una larga privación solar, brotan por las calles y se empecinan en una misión; cazar las tendencias de moda y el diseño. Todo para prepararse para lo que viene: Ser la capital mundial del diseño 2014. Un título que le disputaron a Bilbao y Dublín y que cayó en el Cabo como la promesa de que el próximo será su año.

El recorrido comienza por Bantry Bay. La oferta: exclusividad y la garantía de encontrarse paseando por ahí a Leonardo DiCaprio o Robbie Williams, que instalaron sus casas de veraneo acá. Para quedarse nada mejor que la Ellerman House, una antigua casona sobre el océano Atlántico. Sus dueños la convirtieron en un hotel de 13 habitaciones. Son dos villas privadas: una moderna con nuevas propuestas de diseño y la otra que recuerda los antiguos colonos, y ni siquiera tiene televisión.

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Una visita al Mount Nelson, un hotel del Orient Express, cumple el sueño de cualquiera. Sentados en el patio, y recibiendo la dosis exacta de sol, el plan es el siguiente: jugar a tomar tecito en bandejas de plata. Se parte con un té negro, de la colección exclusiva del Mount Nelson, que se obtiene de la combinación de seis variedades, incluyendo pétalos de rosa del mismo jardín.

La Ciudad del Cabo se disfruta a cada hora, y una escapada al Table Mountain es un imperdible. Una montaña con cima plana, instalada en la mitad de la ciudad, el orgullo natural de Sudáfrica, que incluso aparece en la bandera. Hay varias maneras de subirla. La más famosa es el cable car o teleférico que toma cinco minutos y que entrega una vista panorámica. La otra, es ir perdiéndose en la selva y hacer las rutas de trekking, que pueden durar de 4 a 5 horas. Independiente de la manera que escoja, la recompensa es la misma: el mejor atardecer de la ciudad. Cielos morados y montañas teñidas por el sol del Atlántico ofrecen un imperdible y la garantía de estar en una de las siete maravillas del mundo.

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Si al bajarlo ataca el hambre, las mesas más codiciadas de la ciudad están en el Old Biscuit Mill, una pequeña villa cerrada, ultrataquillera con mercados que funcionan de día y de noche, talleres de diseños, y comida fresca del campo y otras regiones de Africa. Acá encontrará de todo. No se vaya sin su Ostrich Jerkey Bar, una barra de charqui de avestruz, el snack favorito de los capetonians, que además es muy bajo en grasa e ideal para recargar energías.

Para el almuerzo está el Pot Luck Club, uno de los 50 mejores restoranes del mundo. Su nombre es la versión inglesa y más producida de lo que llamamos ‘a la suerte de la olla’. Los must incluyen preparaciones de chutney y foi de gras. La cocina está a cargo del suizo Luke Dale Roberts. Desde The New York Times dicen que Roberts es el “único capaz de mezclar ingredientes incongruentes que se combinan de manera perfecta”.

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Se necesitan al menos tres días para acostumbrarse a manejar por la izquierda aseguran los especialistas y Ciudad del Cabo merece el esfuerzo. No se preocupe si no domina la técnica. Lo más seguro es partir el recorrido por las playas; Camps Bay, Clifton, y Lladnuno Beach, que son algunas de las opciones que quedan muy cerca del centro. A unos 15 minutos, se encontrará con espectaculares playas, ideales para el scuba diving y la natación.

Si lo que anda buscando es el surf hay que salir a ver qué hay en Muizenberg, la playa más famosa para este deporte en Sudáfrica. Sobre las montañas, verá puntos negros asomados. Son los shark spotters. Un genial sistema ecofriendly antitiburones. Vigías especializados, que están todo el día con binoculares viendo si se acercan a los surfistas. Cuando los ven, tocan una alarma que suena en todo el lugar. Eso sí no se asuste, porque Muizenberg es la única playa que no cuenta con malla antitiburones, en las otras se puede disfrutar tranquilamente del nado gracias a esta protección.

Sudáfrica es el noveno productor mundial de vino, y Ciudad del Cabo, el lugar de las viñas por excelencia. Chile está en el 11, así que si cree que lo sabe todo, acá hay mucho con lo que sorprenderse.

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A 45 minutos del centro están las Stellenbosch y Franschhoek, dos pueblos con espectaculares restoranes, donde se puede pasar la tarde en catas, paseando y probando quesos. La apuesta, para salir de la locura de la ciudad es quedarse una o dos noches en el Babylonstoren, un resort ultra chic. Inspiración del campo, combinado con propuestas de diseño. Para los que se quedan, la recompensa es el desayuno, y el home made musli, mezclado con yogur casero. Si cree que lo ha probado todo, vaya a darse una vuelta al spa. Ojo, que a los de Babel, como lo llaman los locales, no les gusta el apuro, así que se tomarán el tiempo necesario para hacer las cosas. La espera vale la pena.

El recorrido del final y cuando ya se puedan hacer piruetas, manejando por el lado izquierdo, es hacia el Cabo de Buena Esperanza. Una carretera que bordea las rocosas montañas y los milkwood. Bosques casi blancos, que en el pasado fueron devastados por los pastores, por ser considerados inútiles, pero hoy se encuentran en recuperación. Todo este paisaje en combinación de un mar calmo y de profundo azul, nos pueden ayudar a entender por qué Francis Drake la bautizó como el “Cabo más apacible del mundo”, cuando llegó, después de pasearse por los mares chilenos.

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Sectores donde hacer paradas, abundan, pero vale la pena acelerar hasta Scarbough. Si lo suyo es despedirse del viaje, lejos del ajetreo de la ciudad, éste es el lugar. La casa del chef Bruce Robertson, la Boat House. A diario arma dos mesas y lo entretiene por horas contándole historias de fantasmas. Si lo pilla la noche, puede quedarse a dormir sintiendo la fuerza del Cabo de la Buena Esperanza, que inspira y recuerda que quizás, el mejor regalo que recibió este lugar, es que la madre naturaleza nunca lo dejó de querer.