Puede sonar sospechoso, entre tanta propaganda y afiche dando vueltas afirmar que Sint Maarten-Saint Martin es el lugar más amistoso del planeta, pero basta una pequeña revisión a la historia para entender de lo que se habla. Su frontera, una de las más cortas del mundo, se trazó al más puro estilo caribeño: entre vino y brandy. El capitán francés Lonvilliers de Poincy cansado de tanta disputa, le pidió a su par holandés dirimir el asunto con una carrera desde punta Cup Coy hasta el otro extremo de la isla. El primero recibiría 50 kilómetros cuadrados en el norte; el segundo, sólo 30 en el sur. Para prepararse los franceses tomaron vino y los holandeses brandy. Ganó Francia. Luego trasladaron la corrida al papel, y a eso se le llamó el Tratado de Concordia (26 de marzo de 1648) que se respeta hasta hoy.
En esta diminuta isla que flota entre el Atlántico y el Mar Caribe el destino las obligó a compartir para siempre sus fronteras, que hoy pasan inadvertidas para el viajero. Así sin chequeos ni nada se pasa de un lado al otro.

Lo mejor es que esta maravilla está cerca de Chile a través de Copa airlines, que demora tres horas desde Panamá. El aterrizaje en el Princess Juliana Airport es un show en sí mismo. La pista está en medio de la playa y pareciera que el avión va a amarizar sobre los bañistas.

En tierra firme más de 100 nacionalidades conviven en los 80 kilómetros de isla. Maho Beach es la estrella a la hora del sunset. Al lado del aeropuerto, ofrece como un must el famoso aterrizaje. En el bar cercano las cervezas son gratis para las mujeres en topless. Y aunque todos los caminos y las guías turísticas lleven hasta allá, no significa que sea el único panorama. La sugerencia local es Mullet Bay, una bahía abandonada. Desde la Village, el camino no es largo, pero no hay carteles ni señales que hagan fácil llegar. Una vez ahí, el paisaje es el imaginado: playa de arena blanca, mar turquesa y tibio, casi solitario.

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Al día siguiente la parada será en Philipsburg. En el camino —por una carretera de look desértico— sorprenden los carteles publicitarios que invitan a comprar casas. Un mensaje para los estadounidenses que están a cuatro horas desde Miami. Entre cinco a 18 millones de dólares puede costar una vivienda en estos lados.
“Todo lo que no pasa en Front Street, ocurre en el Back Street”, dicen en Sint Maarten sobre las dos calles de la capital. Aunque es un pueblo diminuto, cada esquina de Philipsburg alcanza a ser diferente a la otra. Notable es el Court House, una construcción tradicional con una piña en la punta del techo como símbolo de hospitalidad. En el Front Street se ve de todo: turistas primerizos, algunos blancos como papel y otros que se pasean orgullosamente bronceados y llenos de joyas (bling bling), hasta un grupo de niños vestidos de uniforme escolar naranjo, el color oficial de esta parte de la isla.

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Desde el 2010 Sint Maarten es un país autónomo. El rol de Holanda sólo se limita a la defensa y ciertas relaciones internacionales como La Haya. Al igual que otros países caribeños la isla tiene que lidiar con realidades más duras como la pobreza, el desempleo (22 por ciento de cesantía) y la inmigración de islas cercanas como St Vincent, Guadalope y Haití, ranqueadas como las más pobres y peligrosas del Caribe. Frente de una de las decenas de tiendas de joyas está Orlando Owen, que llegó desde Saint Vincent. “En Sint Maarten nos sentimos seguros y felices”, dice. Está indocumentado, pero al parecer eso al menos para él no es problema.

Al cuarto día, nos vamos al lado francés. La historia es otra. La isla cambia de nombre a Saint Martin y la inmigración es más controlada. Desde un principio todo se ve más refinado que del lado holandés. Las construcciones hoteleras por ley no pueden pasar los tres pisos. En Le West Indies Mall, que es como el Mercado Central, pero con tiendas Tiffany, Bulgary y otras, se encuentra de todo.
Acá el ritmo es más rápido. Y el recorrido por la Fort Louis Marine, una marina llena de restoranes elegantes, podría ser Niza o Cannes con cientos de yates y lanchas esperando a multimillonarios, pero pocos metros más allá, en la Rue Republiqué, una escena caribeña sacada de cualquier libro habla sola: un hombre entrena a un burro al estilo horse whispering en la pérgola de la plaza central. Frente a él una pareja de homeless blancos que viene despertando de una siesta ríe, junto a otros morenos, que acaban de llegar de Trinidad y Tobago. Cobran un euro por sonreír a la cámara.

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Hacia la noche, la recomendación para comer es el paseo en Le Grand Case, una pequeña calle con más de 30 restoranes chic. En la arena también hay reposeras y largas mesas con amigos de todas partes del mundo que pasan tardes y noches completas conversando.

A sólo 25 minutos en lancha desde Sint Maarten está el milagro caribeño por excelencia: Anguila, un territorio británico de ultramar sinónimo de placer.
Es la última, pero la mejor parada. Una isla plana, desértica y rodeada de resorts de siete estrellas. Quizá, por eso es el lugar escogido por Jennifer Anniston, Sharon Stone o Denzel Washington para sus vacaciones o esas fiestas, donde arriendan la isla completa.
Para entrar lo único que se necesita es pasaporte con vigencia mayor a seis meses. El ferry cuesta 20 dólares para los no residentes. El territorio se recorre de manera fácil por el centro, donde las carreteras destartaladas, en las que se maneja por la izquierda, no hacen justicia a lo que se ve en la costa: 33 playas de todas las tonalidades de azul.

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A diferencia de Saint Martin, Anguila entró en el boom turístico recién en los ’90. Antes era una tierra de cantantes de reggae y británicos aventureros. No tenía hospitales y sus habitantes sólo criaban cabras. Hoy en su capital The Valley el ritmo es lento, dan ganas de caminar a pies pelados, conversar y entender cómo en este lugar la gente es tan amable, y los colores parecen explotar por todos lados; azules del cielo, turquesas del mar, rojos y fucsias de las flores y pequeñas casas coloridas con hoteles de construcciones clásicas caribeñas. Hasta el uniforme de los niños en el colegio es rosado.
En esta isla donde las construcciones no pueden superar el alto de las palmeras, el arte se encuentra presente en cada rincón. Caminando hacia el West End está Courtney Devonish, uno de los artesanos locales más famosos. “Los matices del Caribe son una constante inspiración para mí”, comenta el escultor y pintor originario de Barbados que fue el primer profesor negro de arte en Londres.

Aquí dan ganas de levantarse temprano y caminar. Un vagabundeo por el Rendezvouz Bay a las seis de la mañana es una sugerencia imperdible para ver cómo se despierta el Caribe y la naturaleza. En Anguila, el mar es tan perfecto que sirve de gimnasio para un grupo de niños que se preparan para los Juegos de Caricom. Corren y ríen mostrando lo felices que son de haber nacido acá donde los colores tienen su reino.