Luego de la fascinante locura de Hanoi, cambiamos las hordas de motocicletas de sus calles por recios búfalos en las montañas al noroeste de Vietnam. Esta zona del país es llamada los Alpes de Tonkin y para llegar desde Hanoi hay que tomar lo que las agencias de viaje vietnamitas llaman el Orient Express de Indochina: el Fan Si Pan Express. Nueve horas de viaje nocturno desde la capital a Lao Cai, más tarde queda claro que la metáfora es solo eso. Viajamos en un compartimento privado con dos camas que, aunque lejos del esplendor del famoso tren de la novela de Agatha Christie, era cómodo, limpio y con fruta fresca. El leve vaivén ayudaba a conciliar el sueño y yo hubiera caído como un tronco, si no hubiera sido por un camarero cuyo escaso inglés hacia imposible convencerlo, cada vez que tocaba a nuestra puerta durante la noche, de que no queríamos comprar algo para comer y solo queríamos dormir. A las cinco y media de la mañana llegamos al pueblo de Lao Cai. Una multitud de choferes, guías y agentes de viaje gritaban ofreciendo alojamiento, transporte y tours. Carteles con nombres diversos se atropellaban entre sí. Uno de ellos llevaba nuestro nombre. Habíamos hecho lo más sensato: reservar con anticipación un vehículo privado para llevarnos hasta el hotel en Sapa. Aun en mi estado de zombie, tras la interrumpida noche, la imponente belleza de arrozales en más tonos de verde de los que uno puede imaginar, con las montañas de la cordillera Hoang Lien Son de fondo, me impedían pestañear siquiera. Cubrimos los serpenteantes 38 kilómetros en el doble del tiempo necesario, era imposible no detenerse a tomar fotos cada cinco minutos mientras ascendíamos los 1.500 metros sobre el nivel del mar donde se ubica el pueblo de Sapa.

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Un lago preside la ciudad. Lo rodeamos para subir el cerro en cuya cúspide está el Victoria Sapa Resort & Spa. Aquí la herencia francesa se conserva, los garzones, aunque vietnamitas, hablan francés y los croissants son dignos de la mejor boulangerie parisina y es que la gerencia del hotel pertenece a una cadena gala y el staff ha seguido un estricto entrenamiento. Lo que no parece fuera de lugar, pues esta pequeña localidad montañosa fue fundada por franceses a principios del siglo XX como un resort. Su clima, más temperado que el húmedo y caluroso Hanoi, atraía a colonialistas acomodados que vivían en la capital.
En 1954 cuando Ho Chi Minh llegó al poder en el norte del país, los franceses abandonaron el lugar y en 1979, tras la llamada tercera guerra de Indochina, cuando los vecinos chinos invadieron, la mayoría de los edificios coloniales franceses fueron destruidos. Vestigios quedan y se mezclan con pagodas transformadas en cientos de casas de masajes y tiendas de ropa. Pero si de comprar se trata es el mercado el que atrae a los turistas venidos en su mayoría de Europa. Su oferta es variada y no apta para estómagos delicados. A pesar de que en Vietnam es casi imposible comer mal, en nuestra visita al mercado de Sapa el hambre se me quita por el resto del día. Lagartijas deshidratadas, carne de perro, hurones colgando como delicatessen y serpientes conservadas en frascos con vino de arroz. Estas últimas, nos cuentan, con serias propiedades afrodisíacas de las que preferimos no enterarnos. Cada sábado se suman desde el valle mujeres de las tribus Hmong y Dao a vender su artesanía consistente en ropa tradicional teñida con índigo y bordada en vivos colores, joyas de cobre o plata y muñecas vestidas con traje típico. Allí en el valle de Muong Ho, coexisten al menos ocho etnias y más de 20 subetnias, que superan con creces a la población vietnamita y han resistido tenazmente la integración a la sociedad moderna.

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El motivo que nos ha traído hasta Sapa es recorrer la planicie, visitando sus villas, conociendo sus tribus que son una de las mayores atracciones de esta zona de Vietnam. Al pueblo solo se viene de pasada.
Aunque volvemos cada noche al hotel, por el día hacemos distintas travesías en este valle presidido por la montaña más alta de Vietnam: el Fan Si Pan ( 3.143 metros) llamado el techo de Indochina y que forma parte de la cordillera de Hoang Lien Son, la fracción final y más oriental de los Himalayas. Nos ponemos botas de goma pues, aunque no esté lloviendo, es verano, la estación lluviosa. El hotel provee como guía a Tung, un joven encantador oriundo de Lao Cai que estudió turismo en la universidad local y habla perfecto inglés.
El primer día fuimos al valle de Muong Hao con destino a la villa de Tavan, hogar de las tribus Red Dao, Black Hmong y Giay. Antes de descender del vehículo nos vemos rodeados de mujeres con turbantes de distintos colores y materiales, algunas con polainas negras hasta la rodilla, otras con falda hasta el suelo. Son las vestimentas que diferencian a cada etnia más que sus rasgos ya que —siglos antes o siglos más tarde— todos los grupos llegaron, creen los expertos, desde China. Lo que une a las mujeres de todos los pueblos es su tenaz perseverancia en seguir a los turistas. Pueden caminar tras uno por kilómetros como un perro que no suelta el hueso. Tung les explica que no compraremos, pues este es el propósito de la persecución, pero hay un par que insiste, que sabe que es difícil resistirse a esos rostros curtidos con sonrisas dulces y pocos dientes, y viajan con nosotros gran parte del camino. Las vemos también en los arrozales y los campos de trigo, en sus telares y colgando —los tejidos teñidos con índigo— al sol. Mientras, no es raro divisar a los hombres cuidando de los niños en lo que parece ser una sociedad igualitaria. El gobierno ha permitido que muchos de los hogares a lo largo del camino se conviertan en homestay para mochileros o turistas, lo que ha abierto a las tribus del valle la puerta a la industria turística. Almorzamos ese primer día en la casa de una familia de la minoría Giay que destaca por la fabricación de instrumentos musicales. Nos ofrecen varios platos, con muchos vegetales verdes frescos y arroz —que acompaña cada comida— y carne de cerdo. Solo hablan su dialecto y vietnamita, por lo que Tung agradece por nosotros.
Llegamos a Tavan luego de cinco horas de caminata, visitamos la iglesia de madera de religión católica, herencia francesa suponemos, y un bar llamado Bamboo que se transforma por la noche en discotheque. Continuamos viaje, con nuevas mujeres detrás. Pasamos por las villas Black Hmong, la etnia que es mayoría en Sapa, con sus casas hechas de madera de Po Mu, una especie de ciprés que se mimetiza con el paisaje. Hasta que llegamos finalmente a Hau Thao, donde nos espera la van para regresar al hotel.

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El día siguiente es de bicicleta y un imperdible si se viene a Sapa. Vamos con Tung en vehículo hasta el paso Tram Ton (Puerta del cielo), el paso montañoso más alto en Vietnam a 1.900 metros en el lado norte del Fan Si Pan. Sacamos las bicicletas y pedaleamos cuesta abajo con las vistas más impactantes que pueda recordar. En la noche ha llovido y las cimas muestran todo su esplendor al igual que las verdes colinas ondulantes. Dos horas de descenso y llegamos a la villa Hon, hogar de la tribu Lu, minoría que no supera los 5.000 en todo el país. Físicamente lo que más caracteriza a las mujeres Lu son sus dientes oscurecidos hasta llegar a ser completamente negros, ya sea tiñéndolos o mascando una hierba para ser así más atractivas para sus hombres, cuya creencia es que solo animales y demonios tienen dentadura blanca. Una de las cosas que más llama la atención es la poca curiosidad sobre nuestra procedencia y formas de vida. Un hombre Lu nos da algo que parece té en unas tazas que vieron tiempos mejores. Tung hace señas de que me abstenga, es solo agua caliente sin hervir y no potable. Es difícil, no quiero herir sus sentimientos, ya que su hospitalidad, aunque sea a cambio de dinero, es conmovedora. Le digo a Tung que le pregunte si quiere saber algo de nosotros, ya que lo hemos llenado de preguntas. El, solo mira a mi acompañante, un alto y fornido inglés, y dice: “¿Como es posible que suba y baje estas montañas siendo tan grande?”. Es todo lo que necesita saber. Y nosotros atravesamos el mundo para visitarlos.