Rotterdam es la segunda ciudad en importancia de Holanda y su puerto es el principal de Europa y el número dos a nivel mundial. A sólo 73 kilómetros de Amsterdam, la capital del país, da la sensación de ser un parque temático dedicado a la arquitectura. Prácticamente, por sus calles sólo se ven edificios innovadores, peculiares, audaces. Esto produce un dilema en el visitante: no importa con cuánta atención se caminen sus calles ni cuánto tiempo se aplique en recorrerlas, siempre quedarán infinitos detalles para descubrir en una segunda observación.

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La historia cuenta que fue destruida por completo por los bombardeos del ejército alemán, el 14 de mayo de 1940. Lejos de lamentar su suerte, la ciudad se empeñó en reconstruirse y en convertirse en un ícono mundial del diseño.

La estación de trenes ya presenta un toque híper modernista: una escalera-techo de metal que parecería no llevar a ninguna parte, como si se tratara de uno de los dibujos con ilusión óptica del artista M. C. Escher, precisamente, holandés. Al lado, Groot Handelsgebouw, el edificio de oficinas más grande del país, que esconde un tesoro en lo más alto: el Café Engels, ideal para obtener una panorámica de todo Rotterdam.

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Luego, se puede caminar por Kruisplein hasta Korte Lijnbaan, una peatonal animada con muchos bares. En el medio, se atravesará la Schouwburgplein, una plaza seca hecha de metal ligero, madera, caucho y hormigón, que sirve de antesala para el gigantesco Rotterdamse Schouwburg, un teatro que da la sensación de haber sido armado por un niño con bloques de juguete. A pocos metros, Lijnbaan, la primera calle peatonal que existió en Europa. Su detalle destacado: un techito que permite pasear los días de lluvia. 

La caminata llevará a Coolsingel, con edificios clásicos como el parlamento, la bolsa de comercio o el correo, parte del cual fue acondicionado como shopping. Justo detrás, Stadskantoor, la municipalidad, cuyo proyecto, del estudio OMA, fue premiado por sustentable y por su diseño, que da la sensación de estar flotando como si se tratase de una nube.

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Muy cerca, la casa matriz de De Bijenkorf. Los grandes almacenes están distribuidos a lo largo del país, pero este edificio logra destacarse de sus pares de otras ciudades por su forma de caja, con fachada de paneles hexagonales de travertino, obra del arquitecto húngaro Marcel Brener, que remite al logo de la empresa. Afuera, una magnífica escultura metálica del artista ruso constructivista Naum Gabo.

Las sorpresas no terminan. Girando en la primera calle aparece Beurstraverse, un pasaje comercial subterráneo que une Lijnbaan con Hogstraat, diseñado por el arquitecto norteamericano Jon Jerde. Abundan los locales de objetos raros y originales. Del otro lado, la única estructura gótica de la ciudad, la Laurenskerk, iglesia construida entre 1449 y 1525. Enfrente, el Markthal, un mercado coronado por un arco gigantesco y multicolor que alberga 228 departamentos con vista a los puestos y donde el movimiento de las personas, visto desde algún balcón próximo, semeja al de los hormigueros.

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El visitante desembocará, sin buscarlo, en Blaak, la estación de trenes correspondiente al antiguo puerto. Allí, el arquitecto holandés Piet Blom había recibido a mediados de los 70 un encargo sencillo: construir un puente que uniera la estación con el mencionado puerto. Ante el desafío, Blom decidió montar sobre la estructura casas en forma de cubo inclinado (conocidas como casas cubo o kubuswoningen). Por menos de tres euros, es posible visitar el interior de una de ellas, acondicionada como museo. Sorprende lo espaciosa que es por dentro.

Una vez atravesado el puente está Oude Haven, el puerto viejo, que experimentó una transformación: hoy es, en realidad, una sucesión de restoranes con mesitas al lado del río. ¿Cuál elegir? No es tan importante: lo realmente bello es el paisaje circundante.

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Para llegar del otro lado hay que cruzar por Spaansekade y luego Winhaven. Allí surgen Wittehus, el primer rascacielos de Europa (11 pisos, de 1898), De Brug, la sede de Unilever, un edificio puente que ‘flota’ 45 metros por encima de una antigua fábrica, Red Apple, una construcción completamente roja de 124 metros de alto o H2otel, un edificio cilíndrico, que remite a un toldo, ubicado sobre el agua. El restorán Tinto también está montado sobre un barco rojo, cuya cabina de mando tiene la forma de un faro.

La nostalgia que suele envolver los sitios portuarios se hace presente en cada rincón. El Museo Marítimo dejó anclas, grúas y pequeños faros diseminados por toda la ribera. Se puede seguir por la Schiedamske Dijk hasta el Erasmusbrug, un puente de 808 metros con forma de cisne que da acceso a Kop van Zuid, una zona residencial cool adonde se están trasladando los holandeses que gustan de marcar tendencia.

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Un giro por Willemskade ofrece la vista del Parklaanflat, primer edificio de viviendas alto que existió en la ciudad (1933) y de Euromast, torre de 104 metros, que tiene un mirador en la parte superior accesible al público.

De regreso por Westzeldijk, la zona de los museos. El Kunsthal, para arte moderno, está rodeado de rampas que forman un espiral. El de Historia Natural se ubica la lado de una antigua casa de campo en su estado original, con falsas ovejas pastando por sus alrededores y todo. El Instituto de Arquitectura, vidriado. Y la Huis Sonneveld, exponente claro de arquitectura moderna, de 1933. Todo esto alrededor del bellísimo parque de los museos. Puede volverse a la estación de trenes por Westersingel, un canal construido en 1859 para mejorar el sistema de aguas que hoy es un paseo que ofrece esculturas de Rodin, Carel Visser y Joel Schapiro, entre otros artistas iguales de célebres.

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Aquí, cuando el visitante está a punto de cerrar el círculo que lo devolverá a la estación de trenes, surge la duda de si no habrán quedado muchas cosas pendientes para descubrir. Bastará recorrer un solo metro de los ya andados para obtener la respuesta: sí.