Mi suegra celebraba sus 60 años en Omaha, una playa al norte del país. Excusa más que necesaria para armar maletas e ir de visita al hogar de los All Blacks. La familia de mi novio es neozelandesa de origen británico, que como la mayoría de los kiwis, tiene conocimiento de algunas palabras y tradiciones maoríes, pero que no usa en su diario vivir. Ante mi inquietud de saber un poco más sobre los autores del popular haka (baile con que el equipo de Rugby nacional recibe a su contrincante previo a un encuentro), uno de los familiares me comentó que Rotorua es el lugar al que debía ir. “En Auckland sólo tenemos el nombre de las calles en maorí, pero las tradiciones y espíritu se preservan allá”.

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Hace más de mil años, la población de Nueva Zelanda era sólo de descendencia Maorí proveniente de las islas polinésicas del Pacífico Sur. Tras la llegada y posterior colonización de los ingleses al mando del Capitán Cook, la demografía del país se modificó. Actualmente, los indígenas comprenden casi 15% de los cinco millones de habitantes, siendo Rotorua la capital Maorí, donde el 40% de la población pertenece a esta etnia. 

Descarto la opción de arrendar un auto por el dolor de cabeza que me produce manejar por la derecha y escojo la alternativa más simple: bus con partida desde el centro de Auckland hacia Rotorua. “Kia ora”, saluda cálidamente un hombre alto, con rasgos polinésicos, es el chofer del  autobús de la compañía estatal InterCity. Sin pudor, Keiran, se presenta por el altoparlante en Te Reo Māori (idioma indígena) ante nosotros, un grupo de pasajeros desconocidos.

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A medida que nos adentramos en la carretera, el intenso verde de las montañas y bosques se convierte en una postal inolvidable. A diferencia de los Alpes Australes de la Isla Sur, las montañas del norte del país son de formación volcánica y se encuentran en constante actividad. Hecho que no es coincidencia, ya que este trozo de Nueva Zelanda se sitúa en medio del  llamado Cinturón de Fuego del Pacífico.

Tras cuatro horas de viaje llegamos. Desde las ventanas del autobús se ven fumarolas que emanan desde el pavimento hacia lo alto de los árboles y casas. Al abrir las puertas, un aroma particular y desagradable se siente con fuerza. Me lo advirtieron;  Rotorua cae sobre la meseta volcánica y es uno de los puntos con mayor actividad geotérmica del mundo. Es decir, aquel perfume natural y el humo atmosférico provienen del azufre que emiten los miles de géiseres en constante erupción y que se encuentran no sólo en las afueras, sino también en distintos puntos de la propia ciudad.

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Recorro las no más de cinco calles principales para acostumbrarme al olor y buscar un lugar para cenar, pero no tengo suerte;  la rutina local comienza temprano y termina apenas el sol se esconde. Como Rotorua cuenta con propiedades geotermales, hago uso de estos recursos naturales y voy al único sitio que abre sus puertas hasta las 23:00 de la noche, el Polynesian Spa.

Con vistas el lago Rotorua, las 26 piscinas de aguas minerales se dividen en diferentes categorías. Para entender de dónde provienen las propiedades del agua de las piscinas del Spa, hay dos opciones; una es ir por una caminata al Kuirau Park que se sitúa sólo a minutos a pie del centro de la ciudad y la segunda, alejarse 27 kilómetros al sur de la urbe e ir de paseo al campo geotermal Wai-O-Tapu, que significa aguas sagradas en castellano.

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Los senderos del Wai-O-Tapu atraviesan lagunas de colores surrealistasasí también como piscinas de lodo, fumarolas, entre las que destaca la piscina del Champán a 70°C que entremezcla tonos verde, amarillo, rojo y naranjo.

Sigo el consejo de Keiran (el chofer del bus) y a la mañana siguiente me traslado a las cuevas de Waitomo a 140 kilómetros al este de Rotorua. En completa oscuridad navegamos en un bote por el río que se encuentra al interior de la cueva de Glowworms (luciérnagas). La imagen es impresionante; miles de luciérnagas se acoplan a las rocas y así recrean algo similar a una galaxia, mientras que de fondo, un suave sonido de las gotas de agua que caen lentamente relaja a cualquiera.

Creada por un movimiento de tierra en que sus rocas se expusieron al aire y permitieron el flujo de agua a través de ellas, esta cueva ubicada en la localidad de Waitomo fue un secreto que los maoríes mantuvieron por años. Sin embargo, ante la presión de los ingleses en 1887, el jefe Tane Tinorau se vio en la obligación de explorarlas y así, dos años más tarde, fueron abiertas al público como atracción turística.

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A la salida conozco a Sam, guía turística del complejo, descendiente del jefe Tane Tinorau y quien me lleva en su camioneta a Aranui, otra de las cuevas de Waitomo. En el recorrido de no más de cinco kilómetros, le cuento sobre Chile, el por qué este viaje a Nueva Zelanda y Rotorua. Ella me habla de sus dos hijos, las historias y anécdotas de las cuevas y sobre sus raíces maoríes. “Nosotros vivimos de la naturaleza y tradiciones. A mis hijos, por ejemplo, no los dejo ver televisión ni menos navegar por internet. No es que estemos desconectados del mundo o no nos consideremos kiwis, pero queremos preservar lo nuestro y traspasarlo de generación en generación”.

Si bien el porcentaje de maoríes en Rotorua y la región es alto en comparación al resto del país, actualmente muy pocos —o casi ninguno— vive en las viejas aldeas o hablan sólo Te Reo Maori. Sin embargo, algunas familias de la tribu local Te Arawa recrearon villas en las que se exhiben bailes, música, tradiciones y gastronomía aborigen.

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Dejo Waitomo para volver a Rotorua y visitar Mitai, una de las tantas aldeas recreativas ubicadas a no más de diez kilómetros de la urbe. Al llegar, nos dan la bienvenida y caminamos guiados por un hombre a través de un sendero en el bosque que se ilumina con antorchas. Desde lejos, se oyen frases recitadas en Te Reo Maorí: “Kia ora, haere mai”. Ante la llegada de desconocidos es un rito que el jefe de la tribu se aproxime a dar la bienvenida desde las aguas sagradas en su canoa.

Seguimos por el camino hasta llegar a la tradicional ceremonia de manaakitanga (honrar al visitante). Ya ‘admitidos’, los hombres hacen la danza de guerra maorí —el haka— y las mujeres son invitadas al escenario a bailar el tradicional poi. Letras de canciones que se atribuyen a leyendas y mitos de amor, traición y guerra, dan paso a lo que muchos esperaban con ansias y que mi novio mencionó una y otra vez: el hangi. Similar a nuestro curanto: el plato típico de los aborígenes. Papas, cordero y diferentes tipos de verduras, se cocinan por más de cinco horas bajo tierra. Cerramos la velada con palabras de agradecimiento en maorí y aprendemos lo esencial de este pueblo: el respeto.