“Sólo si las condiciones atmosféricas son favorables, se vuela”, nos dicen antes de tomar el avión Aerocardal con rumbo a la isla Robinson Crusoe: son cerca de dos horas sobre el Pacífico que terminan con el imponente aterrizaje en la pista de la Bahía del Padre. Desde ahí, son dos horas más de navegación, siempre y cuando el estado del mar también sea bueno. De lo contrario, el arribo a Bahía Cumberland, el único poblado a la redonda y con un poco más de 600 habitantes, también se suspende. Los horarios de llegada y salida jamás se improvisan. Hay ‘horas cero’ para despegues y aterrizajes, consulta permanente de mareas y vientos, pesaje exacto de cargas y equipajes.

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Después del tsunami de febrero de 2010 que destruyó la parte urbana de la bahía y del accidente aéreo de septiembre de 2011, con 21 víctimas fatales, entre ellos el animador de televisión Felipe Camiroaga, los isleños sintieron que la tragedia los conducía al olvido. No lo permitieron. Si las potencialidades turísticas, deportivas y de aventura, quedaban en segundo plano, había que romper el miedo: convencer a los visitantes que de la adversidad eran capaces de obtener fortalezas. En pocas palabras, ser previsores a ultranza y a funcionar con precisión de reloj.  Lo tienen claro desde los pescadores artesanales hasta las autoridades locales que ven en este difícil emplazamiento geográfico, un murallón volcánico en alta mar a 670 km de San Antonio,  una historia de naufragios y abandonos que quieren dejar atrás, ojalá para siempre. Se unieron a la cruzada: Porque Chile es tuyo. Yo amo viajar por la Isla Robinson Crusoe financiado por el gobierno regional de Valparaíso. Una manera de llegar a la opinión pública como un destino seguro que, a cambio de las variables climáticas, es una permanente aventura que permite deportes acuáticos, excursiones por reservas protegidas, avistamiento de aves y probar una gastronomía marcada por productos endémicos y de lujo, como cangrejo dorado, vidriola o langosta.

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Antiguamente llamada como Más a Tierra, la isla también tiene raigambre literaria. Fue el escritor inglés Daniel Defoe quien a principios del año 1700 bautizó como Robinson Crusoe al protagonista de su novela, una figura valiente que lograba vivir casi en absoluta soledad durante 28 años. Lo cierto es que la inspiración tenía bases fidedignas en la proeza de Alejandro Selkirk, un marinero de origen escocés que, por su rebeldía, fue abandonado en la isla. A la falta de captura de barcos enemigos, su ambición corsaria lo hizo pelearse con los oficiales y terminó sólo con un fusil, una biblia, un hacha, algo de ropa y un poco de pólvora. Fueron cuatro años en los que tuvo que esconderse entre la espesa vegetación cuando veía que desembarcaban los enemigos, sobre todo colonos españoles y misiones jesuitas. Fue hábil y logró ‘domesticar’ un lugar salvaje e inhóspito. Cuando regresó a su tierra natal, luego de ser rescatado como un héroe por sus compatriotas, contó su hazaña mil veces en tabernas de marinos viejos. Fue en una de esas conversaciones acompañadas de vasos de ginebra que Dafoe escuchó el relato, el mismo que después llegó a ser uno de los primeros best sellers de las letras inglesas. La proeza no es un cuento añejo para los habitantes actuales de la isla. Creen que en ella están las bases de su capacidad de resistencia.

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El alcalde Felipe Paredes es firme cuando habla del archipiélago como un ecosistema único en el mundo que no permite una explotación turística masiva. “Tenemos capacidad de 220 camas para pasajeros y podemos recibir hasta cinco cruceros por temporada. No más de 600 personas que pueden permanecer en la isla por siete horas. Es nuestro límite”.

La mejor fecha para los visitantes comienza en octubre y concluye en mayo, época que además coincide con la captura de la langosta. Es un verano con un clima tropical que, al no tener la influencia de la corriente de Humboldt, hace que las aguas siempre tengan cinco grados más que en el resto de las costas chilenas. “Nuestro turismo es de intereses especiales. Tenemos la mayor cantidad de especies endémicas sobre y bajo el mar. Un lugar irrepetible a la hora de bucear, de avistar aves o sencillamente para desconectarse. Para muchos esto es un refugio, donde nadie te puede encontrar. Eso le gusta por ejemplo a gente que está cansada de que la reconozcan en la calle. La isla funciona como un escape”, añade el alcalde.

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Con una población que se dedica en un sesenta por ciento a la recolección de la langosta, un veinte al turismo y otro veinte a los servicios, la meta es que en quince años la mitad de los isleños sean bilingües. Además, quieren consolidarse como una de las comunas más sustentables del país. A la fecha han logrado que un setenta por ciento de los residuos sean clasificados y reutilizados en composteras. Solo un porcentaje muy bajo llega al continente en forma de bloques compactos de basura. “Nuestra idea es que la vida marina siga proliferando”, remata el alcalde. Marcelo Rossi, presidente de los pescadores, instructor de buceo y especialista a cargo de la estación de monitoreo de Naciones Unidas que vela el tratado de prohibición de ensayos nucleares en los fondos marinos, confirma que el destino de Robinson Crusoe está en la ciencia. “La idea es que no haya nuevos casos como el de Mururoa. Se trata de un control en tiempo real que llega a la central en Viena, Austria. Basta con seis estaciones en lugares claves para resguardar todos los mares del mundo. Todo a través de millones de kilómetros de una fibra óptica que en las profundidades oceánicas son capaces de captar diversas señales, como explosiones volcánicas, alertas de tsunamis, o el paso de ballenas y otros mamíferos de gran tamaño. Dicho de otra manera, los mares de Juan Fernández tienen ‘buen silencio’ y quince islas sumergidas”, cuenta. Esas fosas y montañas submarinas son verdaderas incubadoras de vida, un hábitat solo comparable con la biodiversidad de Galápagos, con raros peces aún no estudiados y que pueden sobrepasar los cien años. Convertir el archipiélago en el centro de estudios marinos más grande del país es cuestión de perseverancia, al igual que el famoso tesoro del siglo XVIII que busca el estadounidense Bernard Keiser desde hace quince años. “Estoy seguro de que en septiembre lo encontraremos”, dice en la mitad de sus excavaciones como si a su hipótesis histórica le sobrara fuerza empírica.