Recién llega el verano y las temperaturas ya alcanzan los 46 grados en Doha. Con ello, la capital de Qatar, en el oeste de Asia, de a poco comienza a funcionar más lentamente. Los exhaustos turistas se encierran en sus hoteles, refugiados en el aire acondicionado y escondidos del sol que observa desde las modernas torres de cristal. Las playas se vacian y el trabajo comercial disminuye. Es que el pequeño estado árabe se prepara para el éxodo masivo, cuando los qataríes y extranjeros se marchan en busca de climas más fríos. Durante esta fecha, el tema de conversación debería centrarse en sus fabulosos planes para pasar las vacaciones. Pero este año, las charlas tienen una nota distinta. El mundial de fútbol en Brasil ya comenzó y puso a Qatar en el centro de la polémica al ser acusado de cohecho para quedarse con la sede del Mundial 2022.

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Cuando a finales de 2010 el país fue elegido, la noticia no fue recibida con los mejores ojos por los aficionados del balompié. Durante junio y julio, fecha tradicional del torneo, las temperaturas aquí pueden llegar a los 50 grados, ambiente que haría imposible el desempeño de los jugadores. Por ello, se barajó realizar el mundial en los primeros meses del año, cuando las máximas rondan los 25 grados. Pero la polémica no acabó allí, luego que la FIFA comenzara a investigar acusaciones de corrupción y compra de votos al momento de ser escogido como anfitrión. La controversia trajo un manto de dudas en este lugar, cuya economía crece un 20 por ciento al año, transformándolo en la capital del lujo. El ya bautizado ‘qatargate’ podría provocar un cambio de sede si se demuestra que existió compra de votos. Pero más allá de estos titulares y las dudas de los auspiciadores y de la FIFA, Qatar es un destino que tiene mucho que mostrar.

Su ascenso para convertirse en el país con mayor ingreso per cápita del mundo (sus ciudadanos no pagan impuestos de ningún tipo), ha sido tan rápido que muchos locales están luchando para mantenerse al día. Las brillantes torres que rodean la bahía enmascaran una ciudad que todavía está en busca de una identidad. En los hoteles de cinco estrellas, los jóvenes qataríes que siguen el Islam se mezclan en el bar con los desinhibidos extranjeros. Mientras en las calles, las mujeres se pasean con largas túnicas ocultando sus cuerpos, a pocos kilómetros de distancia, algunos hombres cazan con halcones en el desierto. Es sólo un fantasma que deja entrever cómo funcionaba la vida antes del descubrimiento de enormes reservas de gas natural y petróleo, cuando el país aún vivía de la pesca y de la industria de perlas.

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Hoy, los efectos del dinero se observan en cada rincón de Qatar. Lo que hace 15 años era un desierto repleto de tradiciones islámicas, se ha transformado en un país en el cual los rascacielos diseñados por prestigiosos arquitectos son la postal más distintiva de progreso. Dar un paseo por la bahía de Doha es un placer visual. Allí se levanta el Museo de Arte Islámico, compuesto por cinco plantas que albergan una colección de arte que va desde el siglo VII hasta principios del XX. La enorme construcción fue diseñada por el arquitecto chino Ieo Ming Pie, el mismo que ideó la pirámide de cristal del Museo de Louvre en París. En el otro extremo de la capital, se impone la Doha Office Tower, con un enorme parecido a la Torre Agbar de Barcelona. Lo mismo ocurre con la Aspire Tower que, con forma de antorcha y con un sistema de LED, alegra con colores las calurosas noches en el desierto.

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Aunque no todo es color de rosa. Hay muchos que piensan que el país se ha transformado demasiado rápido y que el alma del lugar se está perdiendo. “El ritmo del cambio ha oscurecido el patrimonio de la nación. Nos estamos transformando en un nuevo Dubai, pero no estamos seguros de querer seguir el mismo camino”, dice un habitante. “Hay una sensación de que Doha, y el país en general, no está seguro de lo que quiere ser. Se está expandiendo y se realizan cambios que pueden ser irreversibles”, concuerda Michael Stephens del Royal United Services Institute, quien recién volvió a Londres luego de tres años en Qatar. El esfuerzo por mantener las raíces islámicas ha provocado sacudidas inesperadas en la política. En 2011, el distrito The Pearl, con sus hoteles de lujo, restoranes y villas con playas privadas fue abruptamente despojado de su licencia de alcohol. Lo mismo ocurrió el año pasado en los bares con piscina. Los gerentes de hoteles, frustrados, tuvieron que cancelar sus populares y lucrativas pool-partys. Perdiendo, nuevamente, incontables números de visitantes. 

El rápido crecimiento de Doha también ofrece entretenidos panoramas para los lugareños y visitantes. Por la noche, cuando las calles se han despejado y las inmensas congestiones vehiculares quedan atrás, los conductores de Qatar desafían las leyes de la física. Los límites de velocidad, semáforos en rojo o incluso letreros advirtiendo un solo sentido de dirección, se han transformado en meras sugerencias. Todos corren como locos.  

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Pero en Qatar también existe un creciente programa cultural, que le está dando una nueva vida a la diversidad. Junto con otras ciudades del Golfo, en particular Abu Dabi donde los nuevos museos de Louvre y Guggenheim están en desarrollo, Doha compite para establecerse como la nueva capital cultural del mundo árabe. Compraron una gran cantidad de obras maestras europeas y estadounidenses, gastando millones en iniciativas culturales. El gobierno, además, ha impulsado varios proyectos de arte. Iniciativas que muchas veces no han tenido el éxito esperado. Como una serie de esculturas en bronce de Damien Hirst, trazando el desarrollo de un feto desde la gestación hasta el nacimiento, se expuso en octubre de 2013, pero rápidamente tuvo que desaparecer  luego que los lugareños, furiosos, exigieran que fuesen derribadas por su carácter antiislámico. Otra escultura, que representa el famoso cabezazo de Zinedine Zidane al italiano Marco Materazzi durante la final de la Copa del Mundo de 2006, se ha eliminado del centro de Doha después de otra tormenta de críticas. 

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Los clubes deportivos son otro gran atractivo. La Ciudad de los Deportes en Doha se levanta imponente con sus más de 250 hectáreas. Este complejo deportivo fue construido para los Juegos Asiáticos del 2006 y cuenta con una piscina olímpica, más de 13 canchas de juego y el emblemático estadio multipropósito Sheikh Khalifa. 

En los últimos años, una afluencia masiva de trabajadores afuerinos ha llevado a que sólo 300 mil qataríes vivan en Doha, rodeados de cerca de 1.7 millones de extranjeros. 

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Las noches de música beduina y la poesía están siendo desplazadas por los rascacielos y el deporte. Los viejos dialectos y la cultura nómade están desapareciendo y el desarrollo avanza con descontrol. Mientras las nuevas generaciones y turistas lo agradecen y celebran, los mayores observan resignados cómo, en cosa de años, las tradiciones de un país entero mueren bajo el yugo de la occidentalización y el lujo. El orgullo de los logros se mezcla con la preocupación por lo que quedará de este pequeño estado islámico en los años venideros.