Partió la temporada de centolla. Con eso basta. ¿Hay discusión posterior? ¿Podría existir una causa superior para aterrizar por estos días en Punta Arenas? En sólo tres horas se llega al paraíso patagónico, menos de lo que toma ir de Santiago a Talca por la clásica 5 Sur. Y, además, se regresa a casa sin culpa luego de festines entre las amplias cartas que incluyen al crustáceo. La ciencia lo dice: un cuarto de este último manjar austral tiene menos calorías que un yogur.  

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La tentación para ‘bajar’ en avión crece cuando en las vitrinas —y termómetros— se ha perdido ese romántico concepto de ‘media temporada’ con el que muchos crecimos. La capital de Magallanes, antes que llegue el verano, recibe con temperaturas bajas (y mucha más luz) a quienes buscan extender la magia del invierno y hacer escapadas entre pingüinos, frente a ballenas, mirando a los ovejeros en plena labor y esos viejos barcos varados por tormentas frente a la costanera. 

La centolla es el anzuelo, pero no la única excusa para llegar. En todas las coordenadas, la ciudad conserva un manto de magia de los pueblos originarios con su estética de estrellas y seres marinos. Además, está preparada con estupendos hoteles, mientras sus alrededores tientan al resto de los sentidos. Para pasar por todos los ánimos: desde la contemplación a la adrenalina están disponibles a cortas distancias.

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La acción puede partir en plena bahía de Punta Arenas, a minutos del centro en dirección sur y frente a barrios residenciales. Allí agencias especializadas ofrecen paseos en kayak por las aguas del Estrecho de Magallanes. Una aventura que pocos pueden contar entre amigos. Luego de ponerse un traje que parece diseñado para astronautas, sigue una rutina de ejercicios de calentamiento en plena playa, lecciones básicas para moverse con remo en el gélido mar patagónico y ¡a lanzarse! Apto desde novatos (en embarcaciones para dos pasajeros) hasta expertos (siempre monitoreados).   

A 15 minutos de allí, en las colinas que dan a la ciudad, está el cerro Mirador con el Club Andino y sus canchas de esquí abiertas hasta fin de mes. Si hay suerte y siguen posándose los copos blancos en esas laderas en las semanas de octubre, vale la pena explorar sus bosques en caminatas con raquetas o tirarse en trineo mirando Tierra del Fuego. O correr a un nivel distinto de dificultad como lo hicieron algunos deportistas citadinos; hace un par de semanas; en la edición 2015 del Snow Running Patagonia con rutas de 5, 10 y 21 K.

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Pero también hay un espacio grande para un espíritu ‘menos atlético’, ya que las distancias, entre puntos clásicos de atracción, son cortas en Punta Arenas. El monumento con la encandilante ‘Pata del Indio’ y el palacio Sara Braun se miran desde la Plaza de Armas.

El cementerio Municipal, que también lleva el nombre de esta mítica y filántropa mujer que llegó desde Rusia a fines del siglo XIX, es un imperdible. El camposanto de cuidado paisajismo (y coloridas flores artificiales en una ciudad donde el viento hace un desafío a los jardines) muestra en las leyendas de sus tumbas la historia de este punto austral. Se detiene el tiempo con el testimonio de familias de todas partes del mundo que se bajaron de los barcos con sueños y empresas que dieron fuerza e importancia a este puerto de conexión transatlántica. Desde ese punto de memoria en avenida Bulnes, hay pocos pasos para la foto en El ovejero.

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Lo entretenido de una escapada de ‘media temporada’ con más días disponibles es que permite conocer el ADN de la región, que viene de esa naturaleza abrumadora y el ritmo de su gente. Por algo sus habitantes se presentan como personas “de Magallanes”, con bandera y todo. La geografía y el lazo entre ellos los marca como un pueblo orgullosamente distinto.

Esas jornadas extras son ideales para conocer pingüineras, a no más de una hora y media de viaje. A partir de octubre, estas aves se encuentran en masa en lugares como el Seno Otway donde se instalan para nidificar. Otra opción, si el mareo no es tema, es embarcarse desde el terminal de ferry Tres Puentes con alguna de las compañías navieras para ir a ver los pingüinos que habitan en Isla Magdalena en medio del estrecho. Travesía de dos horas, pero que impacta por los miles de estas aves acuáticas que se mueven en este santuario natural.

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Todo momento puede hacerse propio. Como las historias de encuentros con ovejeros que guían piños de cientos de animales mientras se recorre en auto los caminos australes. Un azar que también se puede planear, porque la vida de estancia se abre al visitante. Campos a menos de 100 kilómetros de Punta Arenas sacan los seguros a sus trancas para que ingrese “la gente del norte”. En esos terrenos se es testigo de arreos y esquilas, así como otros tipos de trabajos de la pampa. Los caballos están al servicio de paseos y cierran esas memorias australes con asado, guitarras y boinas.

Menos activo, pero cargado de mitos está el Fuerte Bulnes a 60 kilómetros al sur de la ciudad, siguiendo la línea de la costa. Con sus construcciones de maderas y miradores, donde es fácil que aparezcan ballenas y delfines a presentar sus saludos, este estratégico y visionario punto de la geografía es parte del parque del Estrecho de Magallanes. Un emprendimiento familiar que quiere elevar el enclave. A la cafetería, tienda de souvenirs y librería en octubre le suman formalmente un moderno Centro de Visitantes orientado hacia Puerto del Hambre. Sí, la misma bahía cuya dramática historia fue revivida este año en una miniserie que protagonizó el patagónico Julio Milostich.

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Porque leyendas, tesoros escondidos, seres marinos, aires cosmopolitas, cantos de pampa son el ‘acompañamiento’ premium para cualquier centolla.