A cambio hay que estar bien dispuesto, con excelente humor, para dirigir un equipo bien formado de servidores que mime las necesidades de algún magnate. Se trata, simplemente, de ejercer bien una de las profesiones más cotizadas por los jóvenes de todo el mundo en estos días de crisis: mayordomo principal de algún emergente millonario ruso, chino o árabe.

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Sin embargo, la letra chica dice que no puede ser uno cualquiera. Tiene que ser uno con tradición británica. Y si tiene acento inglés, miel sobre hojuelas, el sueldo hasta puede ser mayor. Debe parecer un Butler auténtico.

A la luz de estos antecedentes no es difícil comprender que sean cada vez menos los jóvenes que sueñan con ir a hacer posgrados a Oxford, Cambridge, La Sapienza o La Sorbonne y, más bien, buena parte quiera ir a las prestigiosas escuelas de mayordomos del Reino Unido, que dan clases para todo tipo de servidumbres.

El único problema puede ser que un curso de ocho semanas cuesta unos 12 millones de pesos y no hay becas que los cubran. Eso sí, incluye todo: uniforme, alojamiento, comidas y los traslados locales, ya que casi siempre estos cursos se dan en lugares aislados. Los castillos o mansiones de la campiña inglesa o escocesa son la residencia ideal para que los estudiantes no sólo aprendan teoría de modales, protocolo y etiqueta sino que también hagan prácticas intensivas.

La tendencia ya se instaló en Londres, donde aplicados ingenieros de sistemas, contadores, enfermeras, profesores, periodistas —entre cientos de jóvenes profesionales desempleados de los países europeos mediterráneos, América Latina, Europa del Este, Filipinas, y otros pueblos asiáticos— están encontrando la salvación a la cesantía aprendiendo con frenesí esta casi extinguida profesión británica que hoy renace desde las opulentas billeteras de los nuevos patrones de Occidente.

Según el International Guild of Professional Butlers, la agrupación más importante del gremio, entre las dos guerras mundiales del siglo pasado había alrededor de treinta mil profesionales en Inglaterra. A fines de los años ochenta sólo quedaban cien. En estos días, sin embargo, en el Reino Unido hay unos diez mil: la mayoría en casas de extranjeros que tienen su segunda gran residencia en la isla. Y algo novedoso, un 25 por ciento son mujeres, lo que es algo inédito en la profesión porque antes sólo podían ser amas de llaves sujetas a la autoridad del mayordomo principal. Esto se debe a que muchos de los nuevos clientes son de países musulmanes donde las señoras y las señoritas sólo pueden ser atendidas por mujeres.

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Es el caso de la estonia Diana Liverman, estudiante de la Academia Británica de Mayordomos Bespoke de Londres. Su carrera de enfermería apenas le ha servido para sobrevivir. Ha trabajado cuidando niños y ancianos ganando apenas para llegar a fin de mes. Por lo que decidió probar suerte como Butler. Su atributo profesional como enfermera es un buen minor para su título más distinguido: mayordoma con conocimientos médicos. Está lista para irse a vivir con una familia rusa.

Mientras un médico, un ingeniero, un arquitecto con algo de experiencia, si con suerte tiene trabajo, gana unos 30.000 dólares al año en un país europeo de ingresos medianos, un mayordomo gana alrededor de 70.000 o 90.000 si está recién recibido. Y si es despierto, y tiene algo de roce multinacional, podrá ganar hasta 150.000 dólares.

Los nuevos butlers ya no son, eso sí, aquellos canosos ancianos que heredaban la profesión de padres a hijos, casi siempre sospechosos de asesinato en las novelas de Agatha Christie —cuyas intrigas se solucionaban muchas veces con aquello de “el mayordomo fue”— sino que han devenido en fornidos jóvenes multinacionales que imitan sus modos y formas de hablar. Se parecen menos a Alfred Pennyworth, el comedido mayordomo de Batman que a Bernardo, el discreto y ágil ayudante mudo de El Zorro.

En Londres, una de las escuelas más prestigiosas es la Academia Británica de Mayordomos, Bespoke Bureau, situada en el tradicional edificio victoriano Blackwell House, en la plaza de Guildhall Yard, a pasos del Banco de Inglaterra y de la Bolsa de Comercio, en pleno centro de la City.

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Para Sara Vestin Rahmani, su directora y fundadora, el futuro de los butlers no sólo es promisorio sino también apasionante.

—¿Por qué los nuevos ricos buscan mayordomos con tradición británica?

—Es un símbolo de clase. El mayordomo inglés es deseado porque tiene una historia y una jerarquía como en ningún otro país. Es un servidor, no un sirviente. La gente de los países emergentes siempre se ha fascinado, a través del cine y la televisión, con el mayordomo inglés típico y éste se ha transformado en una marca.

—¿Es muy difícil llegar a ser el mayordomo perfecto?

—Convertirse en mayordomo no es tan fácil como la gente cree. Tiene que estar dispuesto a trabajar duro muchas horas, y… no ofenderse fácilmente. Tendrá que estar disponible día y noche; un butler difícilmente tendrá familia mientras ejerce.

—¿En qué se diferencia un mayordomo actual del tradicional?

—El tradicional sólo se preocupaba de mantener oportunamente un buen servicio. El actual debe ser un verdadero productor ejecutivo de las ocurrencias de sus patrones. Si un jeque dubaití quiere cambiar la vajilla francesa, por una que vio en Venecia, para la cena de pasado mañana, el mayordomo debe ser capaz de montarse en el avión privado de la familia y traerla a tiempo a casa como sea.

Pero no todo es obediencia ciega, también el mayordomo principal deberá tener la presencia de ánimo para no permitir que si el dueño de casa o un invitado ha bebido demasiado alcohol en una comida, maneje su auto. Debe decírselo con firmeza sin perder la amabilidad. Un buen butler debe saber exactamente cuándo entrar y salir de escena.

El peruano Raúl Lavarello decidió cambiar su trabajo de muchos años en nuevas tecnologías por el de mayordomo principal. Podrá ahorrar, viajar y perfeccionar idiomas.

—Después de trabajar como ingeniero, ¿qué te gusta de esta nueva profesión?

—La cercanía con las personas. Detrás de los mayordomos hay un oficio que no sólo requiere habilidades especiales sino que valores importantes, que hoy están menospreciados, como la lealtad, la discreción y la confianza entre los seres humanos.

—¿Y estás dispuesto a obedecer todo lo que te pidan, en cualquier momento?

—En cualquier empresa hoy sucede lo mismo. Ya no tienen horarios, cuando quieren te bajan el sueldo. Como hay tantos profesionales que están cesantes, saben que no querrás irte. El caso del mayordomo de alto nivel es distinto porque trabajas con la parte más humana de las personas y las familias.

Raúl tendrá que llevar todo con la gracia y estilo que ha aprendido en la escuela de Sara. Ojalá lograr y mantener el acento británico que, si bien no es imprescindible, es un plus si logra dominarlo. Vestir el chaqué de reglamento, pantalón marengo rayado, camisa blanca cuello wing y puño doble, corbata negra con nudo windsor, chaleco plata, levita negra, zapatos negros con cordones y guantes blancos de algodón.

El profesor de Bespoke, Robert Webb, que pasó de guardaespaldas de altos oficiales del ejército sudafricano a mayordomo principal, cuenta que no tardó nada en aprender y muy pronto pudo trabajar con la familia real y el príncipe William. Webb, con paciencia, enseña a sus alumnos filipinos, húngaros, singapurenses y latinoamericanos lustrar con eficacia un zapato, planchar con seguridad una camisa, hacer bien una maleta, o servir la mesa adecuadamente.

—¿Cómo debe ser un butler moderno?

—Discreto y poco llamativo. Debe mostrar que disfruta con su trabajo y dominar los protocolos, los tratamientos, los horarios más usuales y correctos para los diferentes tipos de reuniones y eventos.

—¿Algo en particular que sea bien valorado?

—Bueno, debe tener los conocimientos para mantener la bodega de vinos al día y en buen estado. También debe saber de puros, cigarros y cigarrillos, y, cómo no, la técnica para encenderlos rápida y perfectamente.

—Y, como pregonaba Agatha Christie en alguna novela, ¿es el mayordomo el culpable…?

—El mayordomo nunca es el asesino. Lo que pasa es que, si es un buen profesional, tiene que echarse la culpa para proteger a su empleador y a sus invitados, cumpliendo con uno de sus roles principales: la lealtad y la discreción a muerte.