Como París o Venecia, Praga es una ciudad museo. No por nada es el sitio arquitectónico, declarado por la Unesco, más grande del mundo. La urbe puede dividirse por temáticas para disfrutar cada rincón dejando de lado lo que propone el turismo masivo. Por ello, lo mejor es evitar ir en pleno verano europeo, época en que verdaderas hordas de turistas se toman sus calles.


La llamada perla de las cien torres fue la capital del imperio de Bohemia. Durante sus siglos de historia ha conocido momentos buenos y difíciles, pero cada etapa dejó una interesante herencia cultural. La época imperialista, comunista o sus célebres escritores entregan toques únicos que se descubren poco a poco.


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Lo clásico es empezar por sus monumentos más populares. Estos son parte de los recorridos del turismo de masas. Una de las primeras construcciones que se ven al llegar es el Castillo de Praga, situado en una de las colinas. La historia de la ciudad habría comenzado con la construcción de éste, su situación estratégica pronto lo convirtió en el centro del territorio y constituyó la residencia de los reyes de Bohemia, desde su fundación por el príncipe Borivoj en el siglo IX.


Hoy, luego de varias reorganizaciones, es un inmenso conjunto de hermosos palacios y edificios conectados por pequeñas y pintorescas callejuelas. Puede pasarse horas y horas visitando cada uno de sus monumentos. Entre los imperdibles está la catedral de San Vito, que guarda la tumba de Wenceslao IV (el rey bueno), las Joyas de la Corona, éste era además el lugar de coronación de los reyes de Bohemia. Luego de tanta historia, es bueno caminar por el callejón de oro, entre sus casas de colores que alguna vez fueron las de los artesanos de la corona y que hoy ocupan innumerables tiendas. Cerca está la Basílica de San Jorge, que acoge una colección de arte bohemio del siglo XIX.


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El barrio del castillo se llama Hradcany y al recorrerlo es imposible no sentir un aire de lo que leímos en algún cuento sobre reyes de la Edad Media. Esta sensación aumenta gracias a sus famosas torres, que le dan el sobrenombre a Praga, por eso es interesante conocer algunas como la Daliborka que fue una cárcel; la Negra, llamada así debido a un incendio que la dejó ennegrecida y que funcionaba como prisión para los deudores; la Blanca o prisión para los nobles.


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Desde allí puede irse a pie hasta la colina de Petrin. Este parque arbolado y ondulado posee varios sitios edificados a fines del siglo XIX y principios del XX llenos de un encanto ingenuo y alegre que quizá reconocemos si hemos leído las novelas de Milan Kundera. A los pies de la colina entramos al barrio de Mala Strana, que encanta con sus calles adoquinadas que suben y bajan entre fachadas apretujadas. La infaltable Nerudova, es la arteria principal del barrio, que parte desde el castillo y baja la vertiente del Petrin hasta Malostranské námestí. Sus elegantes fachadas barrocas decoradas de letreros pintorescos que hoy son ocupadas por restoranes o tiendas antes fueron los hogares de grandes artistas. En 1791, Casanova y Mozart compartieron el palacio Bretfeldsky en el número 33 y el escritor checo Jan Neruda, que dio su nombre a la calle, vivió en la casa llamada ‘En los dos soles’ en el Nº47.


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Esta es otra Praga, la de los escritores. Al recorrerla, podemos encontrar vestigios de algunos de ellos. Mala Strana inspiró a Kundera; nuestro poeta Neftalí Reyes tenía tal admiración por Jan Neruda que no dudó en convertir su apellido en su celebre seudónimo. Pero con quien más nos topamos en la ciudad es con Franz Kafka, ya sea por las diferentes casas en las que vivió, su sepultura o la escultura dedicada a él. Pero el mejor lugar, en especial para sus lectores, es su museo. Este nos recibe con una exposición que gracias a una interesante escenografía, a los filmes surrealistas sobre Praga, una iluminación estroboscópica y la oprimente oficina sin final llena de clasificadores nos hacen comprender su vida y obra.


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Ya fuera de este baño literario, nos encontramos a las orillas del río Moldava, que divide la ciudad en dos. Hay que cruzarlo por uno de los monumentos más míticos de la capital, el puente Carlos. Construido en piedra en 1357 por Carlos IV, éste tiene alrededor de 520 metros de largo y fue hasta el siglo XIX la única unión entre el Castillo de Praga y la Ciudad Vieja. La vista sobre él es sobrecogedora, toda Praga se refleja en las aguas, mientras las siluetas de las estatuas de santos que lo enmarcan parecen vigilarnos.


Del otro lado nos espera la Ciudad Vieja, que tiene como parte principal una concurrida plaza rodeada con sobrecogedoras iglesias barrocas de largos pináculos, fachadas color pastel y un palacio rococó que hacen chocar los estilos arquitectónicos. El monumento más famoso del lugar es, sin duda, el reloj Astronómico. Esta hazaña técnica de más de 600 años, mezcla de varias esferas, tiene como principal atractivo el desfile de los doce apóstoles cada hora.


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Un poco hacia el norte del casco antiguo, llegamos a Josefov, tranquilo y agradable barrio que fue el gueto donde era relegada por la noche la comunidad judía. Hoy, el museo Judío, uno de los más frecuentados, reagrupa sus sinagogas como Klaus, Maisel o la imperdible Española, la más bella gracias a su interior tapizado de moriscos y el antiguo cementerio judío.


Finalmente y no menos importante, la política también marcó Praga. La mitad de un siglo bajo la ocupación soviética dejó su huella y también lo hizo la Revolución de Terciopelo de 1977.


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En enero, 243 intelectuales y artistas, entre ellos el escritor Václav Havel, firmaron la Carta 77, una petición por el respeto de los derechos humanos. La interrupción violenta de la policía el 17 de noviembre de 1989 contra una manifestación pacífica en Praga acarreó la adhesión popular que faltaba hasta entonces a los disidentes. Las manifestaciones se sucedieron en la plaza Wenceslao. Otra concentración movilizó hasta 750 mil personas sobre la explanada de Letná los días 25 y 26 de noviembre. Un grupo dirigido por Havel obtuvo la dimisión del gobierno en diciembre y 26 días más tarde, el dramaturgo fue elegido presidente de la República de Checoslovaquia. Un par de años más tarde, checos y eslovacos se separarían de manera amigable (1 de enero de 1993) y Praga se convirtió en la capital de República Checa con Havel como presidente.


En la plaza Wenceslao y sus alrededores podemos encontrar vestigios de esos años. Este lugar, desde su creación en 1348 ha sido el teatro de varios eventos mayores de la historia checa. Hoy, invadida de tiendas de souvenir, discotheques, cadenas de café y turistas, podemos de todas formas presentir su antigua grandeza levantando la vista sobre sus fantásticas fachadas de Art nouveau.


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Aquí fue proclamada la república Checoslovaca el 28 de octubre de 1918 y se celebró el fin de la segunda guerra en 1945. Durante la Revolución de Terciopelo fue el hogar de una ola de levantamientos históricos que dejaron rastros.


Saliendo de la Praga mítica y turística, Holešovice es el nuevo barrio cool. Este lado de la ciudad que fuera industrial, está cambiando de manera lenta pero segura, ofreciendo interesantes propuestas a sus habitantes y a quienes quieran conocer un excitante barrio praguense. Los habitantes se juntan en el parque Letná que ofrece una bella vista desde su terraza pavimentada tan característica de la era comunista.


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Esta es la zona cultural emergente, se ubican en sus calles el concurrido palacio Veletrzní que aloja una remarcable colección de arte checo y europeo de los siglos XX y XXI, y el DOX, Centro de arte contemporáneo, un espacio cubierto con coloridos murales de dos de los nombres más conocidos del grafiti checo. Hay exposiciones permanentes en sus tres pisos. Holešovice además nos puede llevar hacia los años ’50, ya sea gracias al café retro que es parte de una sala de cine arte, Bio Oko. En él podemos ver películas de autor y luego tomar un trago entre estudiantes de la cercana Academia de Bellas Artes y vivir la Praga real y actual.