Perú es, para Chile y el mundo, Machu Picchu, los incas y una gastronomía de primer nivel. También se le puede agregar su cultura milenaria. Investigaciones descubrieron que allí vivió una sociedad contemporánea a la de Egipto, Mesopotamia y China, ahí por el 3000 a.C, las que se consideran las primeras civilizaciones del planeta. Y Perú ha teñido toda su historia y sus rincones con ese misterio y sorpresa de los primeros pasos de la humanidad. Por eso, al recorrer el país más allá de los tradicionales enclaves turísticos y arqueológicos, uno se encuentra con que hay mucho más de lo que se conoce fuera de sus fronteras. Paracas, una bahía a cuatro horas al sur de Lima, es uno de esos lugares, un destino que tiene enorme atractivo. Ubicado dentro del departamento de Ica y la provincia de Pisco, Paracas —que en quechua significa lluvia de arena— es un balneario que combina desierto y mar. De ahí su nombre.

Con poco más de siete mil habitantes, es un pueblo típico de balneario: hostales, hoteles y bares a la orilla del mar, buggys por las calles y una agradable temperatura que en invierno no baja de los 17 grados. El lugar, además, tiene algo en común con Chile. En agosto de 2007, un terremoto con epicentro en Pisco sacudió la región. La escala Richter marcó 7.9 y vino acompañado de un tsunami que dejó a casi toda la provincia en el suelo. Hoy se está levantando a punta de turismo y los hoteles, dicen, se han multiplicado en la zona desde ese episodio.

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Los turistas también quieren actividades, y Paracas las ofrece para todos los gustos. A seis kilómetros de la costa, saliendo desde el embarcadero de El chaco, se encuentran las islas Ballestas, una reserva natural que debe su nombre a los enormes arcos que se forman en su base, en forma del arma milenaria. Allí vive cerca de un millón de aves, entre gaviotines, pingüinos, cormoranes y varios grupos de lobos marinos. El recorrido en lancha dura cerca de dos horas y se pasa por entremedio de las formaciones rocosas. Una de las particularidades de esta actividad es que las islas son uno de los mayores depósitos de guano del país. Un negocio sumamente lucrativo, donde incluso el gobierno es el que se encarga de su extracción. Cada siete años, cerca de 20 hombres se van a vivir durante tres meses a la isla para extraerlo, sacan casi diez toneladas de guano y lo venden por entre 6 y 7 millones de dólares.

A mitad de camino entre las islas y la costa está El Candelabro, un geolifo de 182 metros de largo, que sólo puede verse desde el mar. Como casi todos, no se sabe quién, ni cómo, ni cuándo fue hecho, pero estaría relacionado con las líneas de Nazca en las Pampas de Jumana. Hay teorías que dicen que se trata desde un cactus hasta de un símbolo relacionado con la masonería. 

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Ya de vuelta en tierra, hay otras actividades para aprovechar los kilómetros de dunas que tiene el lugar. A 40 minutos al oeste está Huacachina, un oasis de aguas verdes rodeado de kilómetros y kilómetros de desierto. Huacachina, que significa mujer que hace llorar o mujer de lágrimas saladas, tiene ese nombre por una popular leyenda que habla de la enamorada de un joven guerrero que murió en una batalla. Al enterarse la amada, fue a ese lugar y lloró por dos días hasta formar la laguna. Hoy se usa para hacer kayaks  y otros deportes náuticos. Para aprovechar las dunas y el desierto, el  pueblo tiene en los buggys un importante motor económico. Los hay para  dos pasajeros y también están los refaccionados que permiten llevar a diez ocupantes. Por 20 dólares se puede recorrer el enorme desierto arriba de estos autos. La velocidad y adrenalina la decide el conductor dependiendo de la cara de los turistas. Si ve a algunos asustados, baja la velocidad, de lo contrario maneja como si fuera una montaña rusa. Se llega a la cima y, a falta de nieve, el auto trae consigo tablas de sandboard para quienes se quieran deslizar hasta abajo. Ya cerca de las seis de la tarde, a la hora en que se pone el sol, la cita es en la cumbre de las dunas, donde los turistas se instalan a mirar el atardecer. El crepúsculo da a la arena colores y texturas espectaculares.

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Para el que quiera dejar de lado la adrenalina también hay visitas guiadas a viñas —Viña Queirolo, por ejemplo— para probar la producción y, cómo no, su especialidad: el pisco. Chilcanos, pisco sours o Perú libre, nuestra piscola. Una degustación al margen de la polémica de su origen.

La visita termina en un mirador con vista al valle y con degustación del espumante de la casa, acompañado del típico cebiche, lomo saltado, causa a la huancaína o cualquiera de los inmejorables platos que tiene el país.

Perú es Machu Picchu, los incas, su comida, su historia y su cultura. Pero también es Paracas, Ica y todos esos pequeños rincones que no tienen nada que envidiarles a los principales destinos turísticos.