No es el destino más conocido de Portugal, ni el más moderno. Tampoco el más grande. Es que a Oporto lo invade un aire de nostalgia que muchos podrían pensar que aleja a sus visitantes. Nada más distante de la realidad. Considerada uno de los secretos mejor guardados de Europa, y la segunda ciudad más importante de su país, su encanto recae precisamente en su poca afluencia turística y en cómo sus nuevos pobladores conviven con la historia y el recuerdo de sus antepasados.

Junto a la desembocadura del río Duero, sus elegantes barrios y villas señoriales se complementan con las estrechas calles y antiguos callejones que la Unesco ha declarado Patrimonio de la Humanidad. Edificar acá es prácticamente imposible. La legislación impide cualquier construcción que afecte la armonía de sus antiguas fachadas. Por lo mismo, entre puentes y cerámicas cargadas de historia, Oporto es el destino ideal para los que buscan empaparse de recuerdos junto a una copa de buen vino. Desde este puerto, sale un producto nacional que ha conquistado el paladar de expertos y comensales a nivel mundial. Aromático, diferente y reconociblemente dulce, el vino fortificado de Oporto es famoso por su sello único. Si bien en el siglo XVII esta región ya era famosa por sus tintos y blancos, el consumo se limitaba sólo al área local.

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Fueron los conflictos entre Inglaterra y Francia en 1678 los que trajeron la bonanza de un nuevo mercado. La guerra de estas dos grandes naciones provocó escasez de vino en el reino británico, por lo que para abastecerse el país echó mano a su aliado luso. Desde allí, una crónica de experimentos durante el encubado culminó con un producto más fuerte y resistente. Al interrumpir la fermentación y agregar aguardiente ayudó a mantener la dulzura original de las uvas y a conservar un alto nivel de alcohol, ayudando a la vez a resistir las cambiantes temperaturas y humedades del largo trayecto marítimo que el comercio de la época hacía necesario.

Fue una receta mágica que causó furor entre los ingleses y que hasta la actualidad es reconocida mundialmente. Hoy, el vino de Oporto es producido en Vila Nova de Gaia. Allí pueden encontrarse algunas de las bodegas más reconocidas del sector, abriendo una ruta que llama a sus visitantes a inmiscuirse entre cepas, vendimias y macerados. Para llegar hasta ese lugar, sólo basta cruzar el puente Luis I e iniciar un camino de placer vitivinícola, no sin antes terminar de recorrer cada rincón de Oporto.

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Es que esta ciudad al norte de Portugal está hecha para conocerla despacio, disfrutando cada detalle. Un paseo en la noche por la ribera del río o una caminata por La Praça da Liberdade son perfectos para despejar la mente del caótico mundo europeo. En su centro, la estatua ecuestre del rey Pedro IV se impone con sus 10 metros de altura y una lustrosa estampa de bronce con más de 150 años de antigüedad. A pocos pasos de allí, el estilo barroco de la iglesia de los Clérigos atrae y amedrenta a sus visitantes con viejos recuerdos. No en vano, aquel sector es conocido como el cerro de los ahorcados, por el incontable número de ejecuciones que se concretaron sobre esos adoquines. A su lado, la torre de los Clérigos es la más alta de Portugal. Con sus 76 metros y más de 200 escalones, da acceso a una privilegiada vista panorámica de Oporto y sus rojizos tejados.

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Para los más curiosos, la apariencia neogótica de la librería Lello e Irmao es el ambiente ideal para perderse entre sus escarpadas escaleras y estanterías repletas de libros. Considerada una de las bibliotecas en funcionamiento más antiguas del mundo, fue aquí en donde la autora de Harry Potter se inspiró para crear algunas de las legendarias escenas de la saga. Lejos de la fantasía y más apegada a la historia, la estación de trenes de San Bento, en tanto, cuenta con un hall decorado con más de 20 mil azulejos en los que se retrata la vida de Portugal, trasladando a épocas pasadas.

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Períodos perdidos en tiempos remotos que también se reflejan en el comercio. En plena parte alta de la ciudad, la calle Santa Catarina se levanta como la zona de ventas más importante. Muy cerca de allí se emplaza el mercado Do Bolhao que, con su aire añejo, invita a zambullirse entre un caos de bacalaos, sardinas, frutas y verduras. Los vendedores vocean entusiasmados sus productos, al tiempo que la gran construcción se tambalea a cada paso que dan sus visitantes. Si bien a primera instancia da la impresión de que en cualquier momento sus paredes se caerán a pedazos, esta construcción de 1914 es un reflejo fiel de la antigua vida portuguesa.

Otra zona que permite conocer el centro histórico de Oporto, es el barrio de Ribeira. Dispuesto justo a un costado del río, este sector se destaca por su inmensa gama de tonalidades. Las coloridas y vivaces fachadas atraen la atención de los turistas y sus terrazas deleitan con una panorámica total del puente Luis I y de la Vila Nova con sus bodegas iluminadas a la distancia. Es que más allá del vino, Oporto es historia. Si bien no tiene el romanticismo de París o la luz de Lisboa, las memorias de esta ciudad se sienten en sus callejones. Una mezcla entre paz y remembranzas. Al caminar por sus calles se retrocede en el tiempo y se encuentra una historia que se palpa en cada recoveco.