Aterrizar en Nueva Orleans sorprende desde la ventanilla del avión. Una imponente cuenca hidrográfica dorada se funde entre medianas y pequeñas construcciones que dan pista de que no se trata de una ciudad común de Estados Unidos. Ese afluente es el río Mississippi, que el famoso escritor Mark Twain inmortalizó en sus libros y que recorre casi 4.000 kilómetros desde Minnesota hasta el Golfo de México. Nos bajamos en el aeropuerto Louis Armstrong (en honor al legendario músico de jazz) que se distingue de muchos otros, no sólo porque está a 1.2 metro sobre el nivel del mar lo que lo hace ser el segundo más bajo del mundo, sino que porque no se ven tiendas de todas las marcas, ni tampoco restoranes con platos gigantescos al estilo ‘gringo’. Todo lo contrario. Después de recoger el equipaje, una pancarta de plástico cuelga de dos pilares: “We are ‘jazzed’ that you are here” (Estamos emocionados por tu llegada), una expresión típica de bienvenida de la ciudad que con este juego de palabras nos conecta con el jazz. No siento que esté en el ‘país de las oportunidades’.

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Media hora separa el aeropuerto de la calle principal —Bourbon Street— que es uno de los imperdibles, especialmente en Mardi Gras (martes de grasa), el gran carnaval que se celebra un día antes del miércoles de ceniza en febrero o marzo de cada año. De lo que se trata es de disfrutar al máximo de los placeres de la vida antes de que comience Cuaresma y su tiempo de abstinencia. Lo más esperado por los miles de turistas son las famosas parades o desfiles de carros y cofradías disfrazadas que transforman en un espectáculo las calles de Nueva Orleans. Parte de la diversión, además de la comida y la bebida, es recoger los collares que lanza el público desde los balcones o desde los carros alegóricos a las mujeres que hacen topless. El juego es juntar el máximo posible de ellos. Esta celebración que es una de las mayores atracciones turísticas de la ciudad contribuyó en 2014 con 465 millones de dólares a la economía local, según un estudio de la Universidad de Tulane. Sin embargo, aunque la popularidad de este carnaval sea desbordante después de tres siglos de vida, Nueva Orleans es mucho más que eso.

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El episodio más doloroso que vivió la ciudad se cuela en el paisaje a medida que se avanza en el taxi, cuando se descubren algunos vestigios de la destrucción que dejó el devastador paso del huracán Katrina en agosto de 2005. El sistema de diques del puerto fue arrasado y un 80 por ciento de la ciudad se inundó, dejando más de 1.600 muertos. Recién hace dos años se terminó su reconstrucción. Souvenirs y poleras con el mensaje: “yo sobreviví a Katrina” aún se ven diez años después de la tragedia. Músicos de todo el planeta mandaron sus mensajes de apoyo a la ciudad, en la que el jazz, pese a todo, jamás dejó de sonar.

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Un soplo de brisa fresca proveniente del río se siente cuando nos dirigimos hacia el centro de la ciudad que queda a un par de cuadras del hotel. Sin duda recorrer las calles de Nueva Orleans es todo lo contrario a visitar grandes urbes como Miami o Los Angeles, donde el auto se convierte en el principal aliado del turista. La marcada influencia franco española se hace evidente a medida que se camina por el French Quarter o Vieux Carré, el barrio histórico más antiguo de la ciudad que fundó Jean-Baptiste Le Moyne de Bienville en 1718. A pesar de que fueron los franceses los primeros en llegar a la zona, la mayor parte de las edificaciones fueron levantadas por el gobierno español en el siglo XVIII, cuando los galos les cedieron Luisiana tras recibir su ayuda contra Inglaterra.

Distintos colores y materiales se ven en las casas y tiendas que no superan los dos pisos del barrio francés. En cada cuadra hay un café y las antigüedades y artesanías de algunos pequeños emprendedores captan la mirada de los turistas que caminan tranquilamente por los adoquines de la calle Saint Peter. De repente, todo se pone ‘a tono’ luisiano y el coro de What a wonderful world suena en vivo en una de las esquinas de la avenida. Entonces recuerdo que Nueva Orleans es la cuna del jazz, que nació tras el fin de la guerra de Secesión en 1865 cuando los esclavos se juntaban en pequeños grupos para tocar música en el Congo Square del sector. Después de corear junto a otros turistas la famosa canción, seguimos nuestro camino hacia la catedral de San Luis, la más antigua de la Iglesia Católica de Estados Unidos y una de las pocas que mantiene la tradición de estar frente a una plaza pública.

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A pocos pasos del templo se encuentran las aguas del Mississippi. La foto de rigor y a pesar de lo ancho que es, cuesta que no salga nadie más. Es el final del río que desemboca algunos kilómetros más allá de la ciudad. Se ven embarcaciones, buques de carga y cruceros de todos los tipos a distintas horas del día, después de todo, se trata del sexto puerto más grande de Estados Unidos y una de las bases de la economía de la ciudad que también se sustenta con la refinación de petróleo y la petroquímica. Hay viajes diarios por el río, que incluyen tours históricos y fiestas privadas para cumpleaños y matrimonios. El tipo de embarcación es a la carta: desde algunas inspiradas en el siglo XVII al estilo steamboat (el clásico de Mississippi con ruedas de paletas de madera que lo impulsa) hasta otras modernas, que incluyen promociones para pasar el 4 de julio viendo los fuegos artificiales en el río. Tomamos uno de los tours y la vista desde el Mississippi se contradice con la imagen ‘estilo europeo’ del centro de la ciudad. A lo lejos se ven edificios que recuerdan que esta es la ciudad más grande del estado de Luisiana. Se trata del Central Business District, un sector destinado a las finanzas que no suele ser muy visitado por los turistas y donde sólo hay un edificio que supera los 200 metros.

En Nueva Orleans la modernidad convive perfectamente con la era pasada. Una carroza tirada por dos caballos se detiene a mi lado, mientras un grupo de asiáticos se toma una selfie con una máquina GoPro junto a él. Caminamos hacia una de las máximas atracciones de la ciudad, el mercado francés. Máscaras de todos los diseños, materiales y colores se venden por montones y los frutos secos son una de las sensaciones más demandadas por los turistas de la feria. “¿Ya probaron el gumbo?”, me pregunta uno de los vendedores cuando envuelve cuidadosamente mi máscara y me recuerda que la lleve en el equipaje de mano para que no se quiebre. Niego con la cabeza y me aguanto la risa al ver la impresión en su cara. Me había perdido de “lo mejor de NOLA” (como se le dice comúnmente a la ciudad) por lo que me estaba enterando. El Mr. B’s Bistro o el Gumbo Shop son los restoranes infaltables a la hora de probar este plato ícono del puerto, una combinación de un caldo de mariscos o carnes con un poco de arroz que se sirve justo después de haber hervido en la olla a presión. Era efectivamente, una delicia. 

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Sin embargo, nuestro recorrido por el corazón europeo en Estados Unidos no podía terminar antes de conocer el lado misterioso de Nueva Orleans. Un tour por el cementerio de San Luis, el más importante de la ciudad y donde está enterrada la afroamericana Marie Laveau, apodada ‘Reina del vudú de NOLA’ y una de las practicantes de este culto más famosas del mundo. Curiosa, me acerco a la lápida y una voz me susurra al oído: “Be careful”. Un leve salto y un grito que intenté camuflar hicieron que todo el resto del grupo soltara una carcajada.