Comencé mi visita en algo menos exótico y expedicionario que esta región milenaria: un mall. Recién aterrizados en Ulan Bator, la capital de Mongolia, me di cuenta de que olvidé mis cosméticos en el avión. No necesitaría gran cantidad de maquillaje en el desierto de Gobi o la tundra siberiana, pero en la agenda tenía un evento en el Teatro de la Opera y debía disimular 15 horas de vuelo. Después de visitar tres tiendas por departamentos, abundantes en los típicos abrigos de piel de camello y mantas de cachemira, me proveí de lo necesario incluido un labial Chanel de dudosa autenticidad.

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Mongolia ha crecido rápido en los últimos cinco años, propulsada por una significativa inversión extranjera en sus aún poco explotados recursos mineros como el cobre y el oro. Allí el libre mercado es relativamente nuevo, implementado a principios de los ’90, luego de 70 años como Estado satélite de la Unión Soviética. Es una ciudad en transición, con un pie en su herencia de pueblo pastoril y el otro en la vorágine del crecimiento occidental: tiendas como Louis Vuitton y Burberry han elegido estar aquí y se codean con las ubicuas Zara, H&M y Mango. El horizonte se perfila con altos edificios y grúas que construyen aún más. Sin embargo, este creciente desarrollo comparte espacio con barrios enteros donde sus habitantes viven en tradicionales gers (viviendas desmontables usadas por los nómades) y templos budistas que sobrevivieron la destrucción durante la época soviética.   

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Esa noche en la Opera tuvimos una sesión privada de canto de garganta, música tradicional que reproduce sonidos de la naturaleza con dos o más notas usando únicamente, como su nombre lo dice, la garganta. Escuchamos extasiados el gutural canto de un robusto mongol y su enorme violín de cuerdas de cola de caballo. Antes de ir a dormir vamos al último piso de nuestro hotel, el Blue Sky, una moderna mole azul en forma de daga que está en plena Peace Avenue. El bar domina una gran vista de la ciudad, donde destaca la plaza de Sukhbataar con el monumento al héroe de la revolución de 1921, Damdin Sukhbataar, quien apoyado por la armada roja de la vecina Rusia, liberó a su país de la opresión china. Así Mongolia se unió a la incipiente Unión Soviética. Fue en 1924, que la ciudad, hasta entonces llamada Urga, adquirió el nombre de Ulan Bator, que significa héroe rojo, en homenaje a este fundador del comunismo mongol. 

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Al día siguiente, visitamos el templo budista Gadan, uno de los pocos que se salvó de ser derribado durante los años comunistas. Antes de ser Estado satélite de la URSS, Mongolia era la segunda nación budista del mundo después del Tíbet. Un resurgimiento significativo de esta creencia comenzó en 1990, luego de la caída de los soviéticos y cuando la nación tuvo sus primeras elecciones democráticas de la historia. Sin embargo, esta rica cultura budista se entreteje con antiguas prácticas chamánicas, la religión original del pueblo mongol. Por eso nuestro próximo destino es Tsagaan Nuur, la tierra de los chamanes. Queremos vivir en carne propia los rituales ancestrales de esta nación que tiene 4 veces el tamaño del Reino Unido pero donde solo viven 3 millones de habitantes.

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Nos dirigimos al aeropuerto llamado como cientos de cosas en Mongolia: Genghis Khan, el implacable guerrero, venerado como el padre de la nación y considerado el líder más sanguinario de la historia. Al mando de su ejercito, conquistó en un lapso de 25 años, un área más grande y una mayor población que la que los romanos lograron en cuatro siglos. Su dominio llegó hasta el Mar Caspio y luego a través de sus descendientes alcanzó China y cruzó hasta la actual Hungría. El pueblo no oculta su orgullo y erigen estatuas y bautizan sitios con el nombre de su héroe que significa gobernante universal. Volamos en un pequeño avión a la localidad nortina de Murun, donde nos esperan nuestro chofer y otro auto con cocinero y equipo de camping. Aquí no existen buses interurbanos, ya que la población local, siendo nómades, se moviliza por sus propios medios y la única forma de arrendar auto es teniendo licencia mongoliana. 

Ahora nos dirigimos a la Siberia mongoliana adonde no hay hoteles por lo que deberemos acampar durante tres noches. 

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A poco andar nos encontramos con el primer signo de cultura animista, un altar erigido con piedras que van dejando las familias locales y los viajeros. Según la tradición se debe dar tres vueltas a este ovoo en el sentido de las manillas del reloj y amarrar algo azul. El ovoo puede recibir todo tipo de objetos y no es extraño ver en ellos desde neumáticos o cuernos de cabras hasta caramelos. Pronto el camino de ripio se termina y comienza la estepa en la que solo a veces se dibuja una difusa huella. Nuestro anfitrión, traductor y guía, Baagi, nos cuenta que los mongoles tienen un sistema propio de GPS: el Ger Positioning System. Cuando encuentran el primer ger en la ruta preguntan adonde está el próximo y los habitantes les indicarán en el horizonte la dirección que deben seguir. Estas viviendas desmontables —un entramado de madera de forma redonda que sus dueños cubren con un fieltro de lana y luego una lona dejando un agujero en el centro del techo para la ventilación—, se ven por toda Mongolia. Más de un 30 por ciento de la población aún vive en este sistema de pastoreo nómade, trasladándose de acuerdo a las estaciones en búsqueda de los mejores pastos para sus animales. El mismo sistema de vida que sus antepasados llevaban hace mil años con la diferencia que hoy en frente de cada ger hay una camioneta y casi invariablemente también una antena parabólica. El vecino más cercano puede estar a 100 kilómetros por lo que una visita siempre es bienvenida y no se necesita aviso. Nosotros, pudorosos occidentales, nos sentimos intrusos, sin embargo, la hospitalidad de la familia pronto nos hace sentir cómodos. La estufa está al centro del hogar. Allí cocinan y comparten con generosidad una especie de natilla hecha con leche de oveja similar al quesillo y un pan muy parecido a nuestras sopaipillas. Los niños juegan afuera a la lucha libre, el deporte más popular de Mongolia y por el que el país gana medallas en las olimpiadas. Al despedirnos Baagi traduce: “Pasen a visitarnos cuando anden por acá”. Y lo dicen en serio.

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Esa noche acampamos en un lugar de ensueño rodeado de las montañas Yamaat. Dan ganas de olvidarse de la carpa y dormir bajo las estrellas. Viajamos por dos días y el paisaje comienza a cambiar, estamos en los bosques de taiga, aquel paisaje entre la tundra y la estepa característico de Siberia. Llegamos a Tsagaan Nuur, la aldea de Baldandorj, el chaman. La gente de su pueblo viene a visitarlo por diversas causas, desde problemas de salud a decepciones amorosas. Nosotros venimos a participar de estos ritos ancestrales. Pero debemos esperar a que los espíritus decidan si debemos ir a la montaña, al bosque o al río. Pronto Baagi nos informa que será en el bosque al mediodía siguiente.

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Baldandorj y su familia viven en una casa de pino típica de esta aldea, sin embargo adentro, la atmósfera y el ritual es muy parecido al que vivimos en el ger. El chamán se viste con su traje ceremonial y partimos al bosque. Tiene 58 años pero se ve mayor, el sol de Siberia le ha curtido la piel y es muy delgado. No nos ha cobrado un céntimo, sólo debimos traer el vodka y los cigarros que usará para entrar en el trance que lo conecta con los espíritus de la naturaleza y con sus ancestros. Luego de una hora nos sentamos en un círculo, le hacemos preguntas a Baldandorj. Entregamos ofrendas de comida, más vodka y cigarrillos a los espíritus de aves y animales del bosque. No importa la creencia que uno tenga, la paz del momento, la cercanía de la naturaleza hacen que la experiencia tenga alcances místicos. Al despedirnos Baldandorj nos da unos papelillos con hojas de eneldo que deberemos quemar en nuestro jardín al regresar a casa: “Para que la prosperidad, la salud continúe y su luz siga brillando”. Al salir del pueblo nos paran unos soldados, es rutina nos dice Baagi, estamos a pocos kilómetros de la frontera rusa.

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El viaje continúa hacia el este y llegamos al parque Nacional Lago Hovsgol, uno de los lugares más turísticos y el elegido por los mismos mongoles para sus vacaciones. Mañana regresamos a Ulan Bator para emprender rumbo hacia el desierto de Gobi. Hoy el alojamiento será en un ger lodge, nos ducharemos y dormiremos en una cama por primera vez después de varios días. Como cada noche antes de acostarnos jugamos Shagai, juego típico mongol en que se tiran como dados, huesos de cabra u oveja que también son utilizados para ver la fortuna. “Volverás”, me dice Munuu nuestro chofer cuando es mi turno de tirar los huesos. Comienzo a creer en los espíritus.