Pareciera que por años Valdivia se olvidó que el río Calle Calle la recorría completa, que su naturaleza fluvial —bañada por más de 20 ríos— era su huella digital. Hoy, todo indica que sus más de 150 mil habitantes se acordaron de que su mayor belleza radica allí, en esos cursos de agua que hicieron pensar a la colonia alemana, que se instaló a partir de 1850, que esa ciudad era un ‘pequeño Hamburgo’.
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Considerada una de las seis mejores capitales de Chile para visitar, vivir, estudiar y trabajar, según el estudio Imagen Ciudad realizado por la consultora Visión Humana, los valdivianos saben que su territorio es una perla con historia, que cada día atrae a más turistas, empresarios, innovadores, científicos y gozadores.

Las iniciativas no paran, y al salir a recorrer sus calles, con lluvia y viento incluidos, se entiende por qué el Banco Interamericano de Desarrollo quiere que Valdivia sea la primera ciudad sustentable del país, además de ‘capital náutica del Pacífico sur’, uniéndose así a un proyecto que evalúa 24 indicadores, entre ellos turismo, vivienda, urbanismo, energía, uso del agua, transporte, cambio climático y transparencia pública y en el que ya fueron incluidas ciudades como Trujillo (Perú), Puerto España (Trinidad y Tobago), Santa Ana (El Salvador), Montevideo (Uruguay) y Goiania (Brasil).

Una de las claves del renacimiento valdiviano es volver a mirar sus ríos, algo que hace 100 años era de lo más normal y que tras el terrible terremoto de 1960 quedó olvidado por un buen tiempo. Sin más y desde el espectacular Sky bar del Hotel Dreams (el bar más alto del sur de Chile) se puede ver el ahora famoso barrio flotante, un módulo anclado al Calle Calle junto a la costanera senador Gabriel Valdés Subercaseaux, que además de contar con una notable cafetería, funciona también como estación principal de abastecimiento y de llegada de lanchas solares que navegan de manera sustentable. La iniciativa fue del empresario alemán Alex Wopper, quien tiene un astillero en la ciudad, y que luego de un viaje a Berlín vio un quiosco flotante con botes solares para arrendar y de inmediato quiso replicar la idea.

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A ellos se suma la Asociación de turismo fluvial de Valdivia, que cuenta con 15 embarcaciones para hasta 200 pasajeros, que recorren los más de 250 kilómetros de ríos navegables de la región, siendo siete los que se visitan en temporada de verano: el Valdivia, Calle Calle, Cau Cau, Cruces, Guacamayo, Cantera, Naguilán, muchos de los cuales, a parte de ser un vistoso paseo, sirven como pista para los cientos de valdivianos que a diario practican canotaje o remo, deportes insignia en la zona.

En tierra, la influencia germana se huele en todas partes. “A partir de 1850 los alemanes, con formación profesional, se entregaron a la industria en cuatro ámbitos: fabricación de cerveza, industria del cuero, destilerías de alcohol y astilleros”, indica el historiador Patricio Bernedo. Según él, entre 1850 y 1875 llegaron seis mil alemanes al sur del país, de los cuales 2.800 lo hicieron a Valdivia, la mayoría de ellos provenientes de la región de Hesse, en el centro de Alemania.
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El farmacéutico Carlos Anwandter prestó plata a sus compatriotas para partir actividades y levantar casonas que se conservan hasta hoy. Los ejemplos están regados por toda esta ciudad, tal como el Centro de Estudios Científicos (CEC), ícono de la apertura al campo científico y cuya sede se ubica en las restauradas casas Shüller y el ex hotel Shuster.

Demás está decir, que si quiere tomar cervezas, crudos y kúchenes como si estuviera en Alemania, Valdivia es el lugar. Pero no se olvide que en la mezcla está la clave: vaya al mercado, coma mariscos, explore la selva valdiviana, cruce el puente y recorra isla Teja, Niebla, Corral, Mancera y regrese a las callecitas del centro, sintiendo que esta ciudad es vanguardia.