En Marrakech, en particular en La Medina, el sector amurallado de la ciudad, todo ocurre por multitudes. El centro social y turístico de esta ciudad marroquí es la Plaza Djemaa el-Fna, que combina bares circundantes con bellas terrazas al sol y diversos espectáculos de feria de otros tiempos: adivinos, encantadores de serpientes, equilibristas, contadores de cuentos, adiestradores de monos, tatuadoras de manos.

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Todas estas atracciones comienzan a congregarse a partir de la puesta del sol. Es en ese momento que, de la nada, grupos de hombres trabajan a gran velocidad para montar estructuras metálicas que serán, minutos después, restoranes al aire libre: carritos con mesas comunales sobre caballetes y banquetas de madera a los costados para comer, por dos o tres euros, algunas delicias locales, como kebab de pollo, de cordero o berenjenas asadas. En los alrededores hay muchísimos cafés con terracitas (equivalentes al malogrado Argana), desde las cuales se puede ver la ebullición de la plaza con la misma perspectiva con que se observa un hormiguero.

La confusión alcanza su cenit justo detrás de la plaza, en el punto impreciso en el que comienzan a aparecer los miles de locales que conforman el zoco, el shuk, el mercado. Independientemente de que cuentan con nombre (mercado de las especias, de los zapateros, de las lanas), el visitante no tendrá una manera efectiva de encontrar un producto en particular sólo buscándolo. No hay mayor secreto que caminar, sin estrategia ni sentido, y dejarse sorprender. Porque en esta sucesión de calles, callejuelas, pasajes y galerías que no conforma ningún dibujo lógico, se puede ver de todo. Literalmente. 

Los locales de vestimenta típicos, esos que venden kaftanes y babuchas, son vecinos pared a pared con los que ofrecen camisetas del Barcelona y del Inter que, casi con seguridad, no figuran en el conteo de stock de marcas deportivas de primera línea. Y un sitio de artesanías lugareñas, como las tajines (platos de barro con una campana conoidal que se utiliza para cocinar), bien puede ubicarse justo al lado de otro que tiene microondas apilados, algunos de los cuales parecen remitirse a la etapa previa en que este electrodoméstico fue inventado. Los colores y los aromas corren por cuenta de los puestos de especias y los canasteros rebosantes de frutos secos.

Recorrer los zocos no es tarea sencilla. A cada paso, un lugareño saldrá al cruce al grito de: “¡¿Español? ¿Italiano? ¿English?!” y, una vez que identifique el lenguaje del potencial comprador, arremeterá con todo, incluyendo contacto físico, para arrastrarlo hacia su tienda. El regateo está a la orden del día y no contraofertar una cifra más pequeña a la que el vendedor arriesga por primera vez puede considerarse una afrenta. 

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Para relajarse después de una agitada caminata por el mercado, nada mejor que un hammam: baños turcos públicos, en general bastante limpios (lo mejor es averiguar previamente en el hotel por uno recomendado) que han tenido la gracia en los últimos tiempos de reemplazar sus viejos carteles por otros que dicen ‘spa’.

Entre tanto caos, la cercana torre de Koutoubia, una de las mezquitas más importantes de la ciudad, aporta un poco de orden. Es una de las pocas construcciones de la época almohade (siglo XII) que quedan en pie. Pero, además, cumple un rol clave: el viajero puede mirar al cielo cuando esté perdido en alguno de los miles de laberintos, verla —porque se ve prácticamente desde cualquier sitio— y volver a ubicarse.

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Como todas las ciudades marroquíes, Marrakech tiene una medina, es decir, una parte antigua amurallada y, dentro de ésta, una mellah, el antiguo barrio judío, y una casbah, el emplazamiento original. En esta última se ubica uno de los pocos palacios que quedaron en pie en la ciudad: El-Badi, construido en el siglo XVI para hacer recepciones. La otra visita arquitectónica imperdible, más al norte, es la combinación del viejo centro de estudios coránicos Madraza Ben Youssef, de marcado estilo andaluz, con el Museo de Marrakech, un palacio bereber del siglo XIX, y la Kubba almorávide, tal vez un estanque para las abluciones de alguna mezquita vecina y ya inexistente que data del siglo XII.

Sobre el alojamiento, la ciudad dio origen a un modelo que luego se extendió a otras ciudades de Marruecos: el riad. Se trata de casas antiguas, restauradas, con una decoración muy cuidada, un patio andaluz en el centro y habitaciones asfixiantes (sin ventanas, muy húmedas). Es una alternativa a los hoteles más que interesante. En el mundo del alojamiento tradicional, La Mamounia se lleva todos los aplausos. Si bien estéticamente coincide con la Marrakech que se ubica puertas afuera (el hotel está en La Medina), sensorialmente es todo lo contrario a la ciudad. Sus pasillos tienen siempre la iluminación, la musicalización y el aroma que producen una armonía perfecta. 

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La gastronomía es otra de las caras sorprendentes de Marrakech. Independientemente de que se coma en un puesto callejero o en restoranes de lujo (Del Yacout, detrás de todos los zocos y en un lugar muy poco accesible, es el mejor de toda la ciudad), los sabores serán siempre deliciosos. Las porciones son excesivas y el mozo se sorprende, y hace comentarios, si el comensal no pide entrada o no deglute de manera suculenta. No se debe dejar de pedir la degustación de ensaladas marroquíes: mermelada de zapallos, pepinos con aguas de azahar, aceitunas verdes, negras y rosadas, dulce de tomates, berenjenas secadas al sol y un etcétera larguísimo de miniplatos. Como principal, es norma una tajine de cordero (con vegetales, ideal) o cous-cous en cualquiera de sus variedades. 

La ciudad fue fundada en 1062 por los almorávides, una tribu bereber, para aprovechar su ubicación estratégica de paso para las caravanas que iban y volvían del Sahara. Desde entonces, creció laberíntica, exótica, multitudinaria, confusa. Llega hasta nuestros días con una combinación mágica: en medio del caos, es capaz de mostrar su perfección.