Bill Murray, de polera blanca, pantalones caqui y copa de vino blanco en su mano derecha, me saluda dándome la izquierda. Estamos en uno de los salones del Jnane Tamsna, una finca con 24 suites ubicada en la exclusiva zona de La Palmeraie, en las afueras de Marrakech. Su dueña, Meryann Loum-Martin, ha ofrecido una comida en honor a un grupo del equipo de filmación de Rock the Kashba, película del director Barry Levinson que se rueda en la ciudad. Meryann, destacada socialité de origen franco-senegalés, fue la encargada de decorar la casa que Murray arrendó durante los meses de rodaje.

Aquella tarde, ella y su marido John, arquitecto estadounidense, me invitan a compartir un brindis con los comensales y es así como soy presentada —“una amiga chilena”— al actor de Perdidos en Tokio. “Soy el masajista del equipo”, bromea mientras dos jóvenes asistentes corroboran que suele dar maravillosos masajes de cuello apenas ve a alguien agobiado.

Los dueños de casa, los Martin, están acostumbrados a las visitas célebres y son el prototipo de los expats, esos adinerados extranjeros asentados en Marrakech. Es el cosmopolita círculo que ha elegido esta ex colonia francesa como su refugio. Se juntan entre ellos, van a los mismos bares, a los mismos restoranes, compran en las mismas tiendas y cuando alguna celebridad visita la ciudad, se encargan de acogerlos, pues su red de contactos se extiende a sus lugares de origen, generalmente las principales capitales europeas.

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Por casualidad he llegado hasta aquí para asistir a clases de meditación y yoga ofrecidas por Sandra Zwollo, holandesa de nacimiento y asentada hace dos décadas en Marrakech. Ella es fiel representante del grupo de expats y organiza los retreats que en este verano marroquí han usado como base el hotel Jnane Tamsna, donde una semana antes alojó Hugh Jackman y su familia. Mientras tanto, en esos días, Bill Murray y el resto del elenco de la película de Levinson pasean libremente por la llamada Ciudad Roja. Kate Hudson, Zooey Deschanel y Bruce Willis toman un café en el barrio de Gueliz, cuando no una sopa de Harissa en el clásico Café de les Epices, en la Medina. Y es que la principal ciudad de Marruecos se codea hace años con la fama… Mucho antes de ser llamada “La nueva Ibiza”; mucho antes de que la modelo británica Poppy Delevingne celebrara el año pasado aquí su matrimonio; y mucho antes que Victoria Beckham decidiera, en mayo último, festejar el cumpleaños número 40 de su marido David en el lujoso hotel Amanjena, celebridades y adinerados europeos habían ya caído rendidos ante el hechizo indescifrable de la Ciudad Roja.

Si Tánger fue “el cielo protector” de los escritores beatnik durante los años 50, Marrakech lo ha sido —desde muy temprano del siglo pasado, cuando aún era colonia francesa— para personajes del cine, la moda, el rock, la política y el denominado jet set.

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El escritor George Orwell fue uno de los primeros en ser seducido por los contrastes de esta ciudad en donde los gritos de los vendedores de los socos, el sonido de las flautas de los encantadores de serpientes y el olor a aceite de Argán se entremezclan con la sofisticación y el lujo —a veces excesivo— de una manera que aquí pareciera natural. El autor de Rebelión en la Granja viajó hasta acá por motivos de salud en 1938 y se quedó seis meses. Arrendó una villa en la ya mencionada zona de La Palmeraie y espantado por la desigualdad social y el abuso de personas y animales existentes en Marruecos en aquel entonces, escribió su polémico ensayo ‘Marrakech’.

En la misma época, Sir Winston Churchill, amante incondicional de la ciudad, decía que “era el lugar más hermoso del mundo para ver un atardecer”. De eso dan testimonio las acuarelas que pintó durante sus visitas —que hoy valen millones de dólares— y una anécdota con el presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt. Tras una cumbre de líderes en Casablanca, lo convenció de viajar a Marrakech e ir a ver una puesta de sol desde la torre de la Villa Taylor, la mansión que el británico arrendaba durante sus estadas en la ciudad que él llamaba el “París del Sahara”.

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Algunos años después, en los ’70, Yves Saint Laurent hizo de Marrakech su segundo hogar cuando, junto a su pareja Pierre Berge, compró una gran casa que hoy cobija una fundación con su nombre. No se puede nombrar Marrakech sin nombrar a Saint Laurent. El hombre que inventó el esmoquin femenino no sólo encontró aquí el paraíso del hachís, también se olvidó del negro y se inspiró en el desierto y en el azul Majorelle, el color de los azulejos que adornan los jardines del mismo nombre, donde sus cenizas fueron esparcidas al morir. Hoy a ese tono de azul penetrante se le llama también “Saint Laurent” y él lo utilizó en vaporosos caftanes y en trajes de influencia bereber.

Sin embargo, en mis mañanas de meditación y yoga, aquel Marrakech glamoroso parece muy remoto. Me despierta de madrugada el canto del Fajr, el primero de los cinco rezos diarios de la comunidad islámica, entonado en la mezquita más cercana.

“Es un mundo dentro de otro, conviven sin problema debido a la inmensa hospitalidad que caracteriza a los marroquíes”, me cuenta mi anfitriona Sandra Zwollo. La amalgama cultural más las reformas sociales de su rey Mohamed VI —que han logrado mantener la paz en el convulsionado ambiente del norte de Africa— convierten a Marruecos en una joya dentro del Maghreb y Marrakech, una de sus principales ciudades, en el anzuelo ideal para aristócratas, millonarios, celebridades y extranjeros de gustos bohemios que cuentan con este exótico refugio a solo tres horas de vuelo de París.

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Otro factor atractivo para esta tribu son los deteriorados riads —casas tradicionales marroquíes con un patio central— que pueden ser transformados en lujosas residencias a un costo considerablemente menor que en Europa.

El pintor y escritor estadounidense Danny Moynihan y su esposa, la actriz británica Katrine Boorman, así lo hicieron. Y ahí, detrás de una puerta de madera sencillamente tallada, está su remozado riad que parece sacado de las páginas de la revista Town&Country: una especie de palacio de Las mil y una noches de paredes albas y toques rústicos. Aquí se alojan Alexa Chung y Cara Delevingne, amigas de Boorman, cuando deciden pasar unos días en Marrakech.

No lejos de allí está el hotel El Fenn, otro renovado riad cuya propietaria es Vanessa Branson, hermana de Sir Richard. Ofrece el mejor rooftop bar de la ciudad y una magnífica colección de arte moderno, pues Vanessa es la fundadora de la Bienal de Marrakech cuya sexta versión se está llevando a cabo entre febrero y mayo de este año con la participación de más de 400 artistas internacionales y artesanos locales.

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En los límites del elegante barrio Hivernage se levanta el legendario hotel La Mamounia. Con 15 hectáreas de exuberantes jardines, reabrió sus puertas el 2010 luego de una remodelación que duró tres años hecha por el aclamado arquitecto George García. Alfred Hitchcock lo utilizó como locación para su película El Hombre que sabía demasiado, y para los Rolling Stones fue un oasis de libertad para su vida de sexo, drogas y rock and roll, una vez que en Inglaterra se les hizo difícil vivir a su manera. Mick Jagger, Keith Richards y Brian Jones se paseaban por los socos encapuchados con tradicionales chelabas y adornados con grandiosas joyas bereberes sin ser reconocidos. Luego regresaban a su guarida en La Mamounia.

El Marrakech de hoy se está poniendo bastante más occidental que el de Saint Laurent o el de Churchill. En el barrio Hivernage se han abierto en los últimos cinco años decenas de clubes, incluidos una versión del Pacha de Ibiza y el Djella Bar de Claude Challe, dueño de los Buddha Bar de Nueva York y París. Las cadenas hoteleras de lujo florecen como mala hierba, contando ya con la inversión de Alberto de Mónaco y su Société de Bains de Mer que en 2010 inauguró el idílico hotel Jawhar o el fastuoso Jnan Rhama de la cadena Mandarin Oriental, inmortalizado en la segunda parte de la película Sex and the City. Sin embargo, como me dice Meryann, “hay una cantidad enorme de escondites en esta ciudad. Es fácil escaparse y viajar en el tiempo, 20 ó 500 años atrás. Tú eliges”. Y me entero por ella qué es lo que más le gusta a Bill Murray de este enclave: sentarse tranquilo en un café cualquiera mientras no están rodando. Aquí eso es posible. Marrakech está habituado a la fama.