Resulta difícil pensar que todavía existan lugares como Maragogi, casi vírgenes, con infinitos kilómetros de playas blancas, mar turquesa y palmeras que se inclinan sobre la arena. Un lugar injustamente desconocido pero que eso mismo le agrega ese toque místico. Es, para los locales, el Caribe brasileño.

Maragogi está en el estado de Alagoas, en el nordeste del país, a 125 kilómetros de las ciudades de Maceió y la mundialista Recife. Con actualmente 25 mil habitantes, en sus inicios era una aldea llamada Gamela, pero en 1887 fue elevada a la categoría de pueblo, y lo nombraron Isabel, en homenaje a la princesa que abolió la esclavitud en Brasil. Años después sería rebautizada como Maragogi, por el río que atraviesa el lugar, una especie de hermano chico del Amazonas. La ciudad se mantuvo casi secreta hasta hace 40 años, cuando comenzaron a llegar los visitantes desde el interior del país. De chilenos, ni hablar. “Son los primeros que vemos en esta zona”, nos decían en cada parada.

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Sus playas son su principal atracción. Eso sí, para disfrutarlas hay que madrugar. En Maragogi amanece cerca de las 5:30 —con unos 25 grados— y el sol se pone bordeando las 18:00, por lo que hay que adelantar todo el día un par de horas más temprano de lo habitual. Son 22 kilómetros de arenas blancas y palmeras coqueras, y la mejor manera de recorrerlas es arriba del transporte oficial de la zona: los tradicionales buggies. El paseo, por unos 50 dólares, puede durar todo el día. Las playas están prácticamente vacías, como si nadie quisiera perturbar la postal con su presencia. Pero en la tarde, cuando el calor baja, se convierten en una gran cancha de fútbol, con arcos hechos donde sea y como sea. Niños, jóvenes y adultos se mueven como si estuvieran jugando en una baldosa.

Luego el buggy cruza la arena y el recorrido sigue por las calles del pueblo. Caminos empedrados, angostos, antiguos, autos que tocan la bocina sólo para saludar, gente sentada en las veredas mirando cómo pasa el día. Una imagen muy caribeña. La ciudad tiene dos motores financieros, aparte del turismo. Su artesanía y la peculiar gastronomía. Los artesanos locales crean piezas usando materia prima encontrada en los bosques y en el mar, como cáscaras de coco o escamas de pescado, y sus tiendas se multiplican en cada cuadra.

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David tiene 14 años y se pasea por las calles buscando clientes. Dice: “algunos me llaman Picasso”. Su trabajo es digno de sentarse a mirarlo. En apenas dos minutos, dibuja, sólo con sus dedos, una postal de Maragogi, con una certeza que asombra. Sus pinturas valen 20 reales (unos 5 mil pesos chilenos). “Cuando sea famoso van a valer millones”, agrega. La cocina del lugar es otro imán para visitar estas latitudes, con la langosta como plato estrella. Pero imposible irse sin antes haber probado los ‘bolillos de goma’, dulces caseros típicos y exclusivos de Maragogi. Leche de coco, huevos, mantequilla y maicena para formar un merengue mantecoso. Es un ícono y se vende como pan caliente.

El recorrido también incluye haciendas que hablan de los inicios de Brasil y donde se fabrica la cachaza, el destilado más popular del país, una especie de pisco para los chilenos.

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De vuelta en la playa, el tour termina mirando el atardecer. Resulta extraño ver que el sol no se esconda por el mar y lo haga tras un bosque de miles de palmeras, en el ‘paraíso de los coqueiros’. Por la noche, el cielo parece empapelarse de estrellas. Si a eso se le suma un cálido viento y la temperatura perfecta, no hay cómo no enamorarse. Maragogi es uno de los destinos favoritos de los recién casados. De hecho, según proyecciones de los hoteleros, el 90 por ciento de las visitas que recibe esta ciudad son parejas en su luna de miel. El desfile de estrellas fugaces a la orilla del mar es una escena que no se repite en muchos lugares. Pero también hay panoramas más movidos. Cada hotel prepara su propio show de música en vivo. Allí se reúnen todos a bailar, con pasos que fluyen, perfectamente sincronizados con el ritmo de la música. Bailan porque les gusta, no tienen vergüenza. Sólo bailan.

Una vez recorrida la zona por tierra, toca hacerlo por mar. Se sale desde la costa en un catamarán en un trayecto que bordea todos los kilómetros de playa. Luego, anclar en mitad del agua y saltar. Maragogi tiene la segunda mayor barrera de corales del mundo, después de Australia, que sirve de rompeolas, por lo que cuando hay marea baja, se forman piscinas naturales a casi seis kilómetros mar adentro, ideales para nadar y escaparse un poco del sol. Se puede pescar o bucear en medio de la flora y fauna marina. La embarcación va parando en todas las playas para que los visitantes tengan una visión acabada del lugar.

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Quizás uno de los puntos bajos de Maragogi sea su incómoda ubicación. Para un chileno, hay que volar hasta San Pablo, hacer conexión hacia Recife y luego recorrer dos horas por tierra hasta el lugar. Pero vale la pena. El nordeste de Brasil es más pobre que el resto del país, pero sus playas son únicas. El acento caribeño le imprime una energía romántica y distinta. Son esas ciudades que por su belleza no merecen vivir ocultas, pero que eso mismo las hace atractivas y atrapantes. Maragogi era un secreto que merecía ser sacado a la luz.