En personaje. Lee Strasberg habría estado orgulloso de mí. Partía la segunda parte de mis vacaciones. La mitad aventurera. Y allí figuraba comprando mochila porque para la ruta asiática, según todos los amigos viajeros que habían visitado la zona, era lo más práctico. Dejaba el Primer Mundo y partía con ánimo DiCaprio en La Playa.

Así también repliqué su decepción inicial al llegar a destino. En mi caso, porque me encontré —como dice la canción de Pulp— en la fiesta que te hace sentir de tu edad.
Sin especificar el lugar de aterrizaje (para no perjudicar a la cámara de turismo local), me vi rodeada de chicos en ánimo Wild On!, vestidos para una convención de yoga (aunque era obvio que no elongaban nada). Y, para mi pesar, la mayoría de ellos llevando sus pertenencias en maletas/bolsos con ruedas, mientras yo cargaba con el peso en la espalda.

Era el otro lado del planeta y todo estaba bajo control. Cero conexión con el lugar en que los turistas deambulaban, y total conexión wifi, satelital y monetaria (con cajeros automáticos hasta en los quioscos). Me reía con sólo acordarme de los días en que antes de partir la gente iba por sus cheques viajeros. Yo estaba en ese mismo ánimo vintage: acarreando mochila, añorando para callada mi maleta con ruedas.

Una de las ventajas de las vacaciones en solitario es la existencia de libertad. Y decidí cambiar de película: dejé el mundo cool de Danny Boyle para tomar un ticket urgente hacia la mamona Comer, rezar, amar. Y me encantó. El destino —esta vez lo digo con todas sus letras— fue Bali.

El paraíso a la medida de cualquier tipo de equipaje. Con gente buena cuyo lema nacional apunta a un solo verbo: sonreír. Donde una se siente mal por hablar golpeado y se traslada al paraíso gracias a masajes eternos que no superan los dos mil pesos.

Una isla sin culpa por no tener la edad, la ropa o el bolso correcto. Un sitio con posibilidades de sentirse exploradora entre monos, tortugas marinas y elefantes. Y a un taxi de cambiar el panorama a vitrinas coloridas, fiesta surfer o a templos escondidos. Destino donde la gente ¡sí va a hacer yoga!

Si hay lecciones que entregan los viajes, una recurrente es que muestra lo que una realmente quiere. Yo volví feliz a buscar a Londres mi maleta con ruedas

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