La llegada a Malé, capital y aeropuerto de entrada a la República de Maldivas es un blanco en mi memoria, no recuerdo el proceso de inmigración ni haber recogido las maletas. La primera imagen que tengo de este país —en el que solo un uno por ciento es tierra firme repartida en 1.200 islas, 203 de ellas habitadas (poco más de 100 mil personas), en turquesas aguas del oceáno Indico— es una especie de lounge con jugos exóticos, fruta fresca y quesos franceses. Era la sala de espera que el resort que habíamos reservado tiene en este aeropuerto. Luego de un largo periplo por la India llegábamos a Malé desde Dubai, desvío que resultó ser la manera más conveniente. Aunque, a decir verdad, no hay maneras ideales de llegar a Maldivas, a menos que se viva en Sri Lanka. Pero todo esto da lo mismo pues a estas islas se viene a descansar. Los días en las Maldivas transcurren como deben haber transcurrido los días en el paraíso perdido. No hay más que nadar, bucear, pescar, tomar sol, caminar en la arena y ver atardeceres. Y todo de nuevo al día siguiente.

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Luego de un vuelo de 30 minutos en el twin otter, acuatizamos a menos de un kilómetro del embarcadero de la isla Mirihi. Una lancha nos fue a buscar y en menos de cinco minutos estábamos sentados con el jugo de coco de rigor escuchando de boca de Gunther, el anfitrión de origen alemán, las posibilidades y horarios del lugar. Cuatro restoranes, uno con piso de vidrio para observar la vida submarina mientras se disfruta del atardecer, buceo nocturno, encuentros con tiburones ballenas y cenas de mantel blanco para dos en la playa. Porque Maldivas es el destino romántico por excelencia. Aquí todo parece una postal de San Valentín tridimensional y con el mejor de los photoshops.

Lo primero es deshacerse de los zapatos, ya que el hotel entero, a excepción de las habitaciones, tiene suelos de arena y aunque no es una regla, en Mihiri andar descalzos es lo más sensato. Caminando por las arenas más blancas y suaves que he pisado en mi vida, Assan, quien será una especie de mayordomo personal durante la estada, nos lleva a nuestra water villa, una de las 30 de Mirihi, construidas sobre pilotes a no más de 20 metros de distancia del arrecife de coral.

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Precisamente la cercanía del arrecife fue una de las razones para escoger este lugar. Porque más difícil aún que encontrar la ruta adecuada para llegar hasta acá, es saber cuál de todas las islas elegir y por cuál de los cien resorts-islas optar. En esta etapa deben considerarse los intereses personales. Las islas del norte tienden a ser mejor para el snorkelling por ser más pequeñas y tener muchos arrecifes submarinos circulares, mientras las del sur poseen lagunas más profundas y menos canales para salir y entrar a los atolones, lo que favorece el buceo. Lo mejor es preferir una isla pequeña y alejada de Malé, que es la única isla-ciudad del país. Lo primero evitará que muchas personas se hayan internado en el mar matando los corales y lo segundo permitirá más privacidad pues disminuirá el tránsito de barcos que acarrean pasajeros a los resorts más cercanos a la capital.

Llegamos así a este pequeño islote al que se puede dar la vuelta completa en 20 minutos y cuya máxima capacidad es de 70 huéspedes, más 120 personas del staff, lo que hace que la atención sea muy personalizada. Pero lo más importante fue que tuviera un arrecife propio. Cada mañana al despertar salía a la terraza de nuestro palafito y bajaba las escaleras que se hundían en el mar y me zambullía para nadar junto a peces de colores, tortugas y pequeños tiburones visibles sin necesidad de máscara.

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Si la isla elegida no tiene arrecife propio hay que tomar un tour en barco para llegar a los corales que atraen a la inmensa variedad de peces que hacen de las Maldivas uno de los mejores lugares del mundo para el buceo y el snorkelling. Sin embargo hay ciertas especies, como el tiburón ballena o la manta raya que habitan más allá de las lagunas y de los arrecifes domésticos, en profundidades abismales, hogar de una variedad mayor de vida marina. Aunque existen varias especies de tiburones en estas latitudes el encuentro más codiciado es con el escurridizo tiburón ballena. A tempranas horas, zarpan decenas de barcos desde los resorts con pasajeros ansiosos por bucear o nadar con el pez más grande del mundo. La mañana en que fuimos en un cómodo yate con servicio completo a bordo, el pez parecía estar más esquivo que nunca. Los capitanes de cada embarcación saben que se encontrarán en aguas con abundantes nutrientes otorgados por plancton de la zona externa de los atolones. Y de los 26 atolones que conforman las Maldivas el más rico en estos nutrientes es la esquina sur del atolón de Ari que es precisamente en el que Mirihi, nuestra isla, se encuentra. Luego de varias horas de navegación y con poca esperanza, otros barcos comenzaban el regreso comunicando vía radio que el día no había sido de suerte para un encuentro con este impresionante tiburón. Nosotros seguimos tomando sol en cubierta y dándonos chapuzones de vez en cuando, pero en el exacto momento en que el capitán había decidido dar media vuelta para retornar, uno de los marineros gritó algo en dhivehi, el idioma original de los lugareños. Miramos hacia donde él apuntaba y a unos 100 metros se veía su gran aleta dorsal sobresaliendo en el mar. “Al agua,” más que una sugerencia sonaba a una orden del capitán. Sin embargo, me sentía algo mareada y me quedé a bordo mirando al grupo que trataba de alcanzar al pez. De pronto uno de ellos me dijo en inglés: “Ahí está”. Me puse la máscara de snorkel y salté. Su cercanía fue una de las experiencias más místicas que he vivido.

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Una leyenda concebida por el escritor Thor Heyerdhal dice que los primeros habitantes de las Maldivas fueron tribus adoradoras del sol y muchos de los visitantes vienen con la idea de seguir este rito contemplando el mar desde una hamaca, no se conoce realmente este paraíso de las mil islas (traducción textual de Maldivas en idioma sánscrito) sin una máscara de snorkel, porque la magnitud de su belleza se constata sólo en el océano.

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Malé es otra historia. Convertida al islamismo en el siglo XII, luego de siglos de budismo, las reglas en la capital son muy diferentes. A pesar del calor las mujeres deambulan en sus jihab negros. Regida desde 1978 hasta 2008 por el dictador Maumoon Abdul Gaymon, la política de Maldivas ha sido convulsionada incluyendo un atentado de golpe de Estado en 1988. El primer presidente electo de la nación fue Mohamed Nasheed, quien dejó su cargo el 2013 y hoy cumple una condena de 13 años de cárcel. Defendido por Amal Clooney, quien afirmó: “Nasheed es un líder justo y carismático que desafió el régimen represivo de Gaymoon” y calificó el envío de su cliente a prisión como “un juicio de espectáculo por motivos políticos” en declaraciones al diario británico The Guardian. Hoy que el gobierno del actual presidente Yameen ha pedido un rehén a cambio de Nasheed, quien por razones de salud debe viajar a Reino Unido, este paraíso terrenal ocupa las páginas políticas de los diarios y no sólo los folletos de turismo. Sin embargo, nada de esto afecta a las 100 islas hoteles. Son un planeta aparte. Un planeta para ser feliz sin zapatos.

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CÓMO LLEGAR

A través de la combinacion de vuelos vía Lan y Emirates. Desde Santiago a Madrid, Dubai y Malé.

DORMIR

Mirihi island resort : Una de las islas más pequeñas de Maldivas, pero con uno de los más extensos arrecifes propios, el cual es accesible a pocos metros de la orilla de sus playas. Cada water villa tiene acceso directo y privado al mar. La gastronomía del hotel es sobresaliente. www.mirihi.com

COMER

Dhonvel: Con un suntuoso buffet y comidas temáticas de diferentes partes del mundo cada noche. El lunes ofrece comida asiática, los jueves es típica de Maldivas, el sábado es la noche oriental y así. Aquí se toma el desayuno y almuerzo. www.mirihi.com

Muraka: Bar y restorán. El aperitivo aquí es de rigor pues ofrece una puesta de sol que es como sacada de la mejor de las postales de las islas. Luego se puede comer a la carta en la que las estrellas son la langosta local, pescado fresco del día en combinaciones con mango y coco. www.mirihi.com

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Anba bar: Ideal para un almuerzo liviano, su carta de snacks es amplia y sus ensaladas magníficas. Después de comida tiene música en vivo y se puede terminar la noche escuchando jazz mientras se toma una de sus especialidades con ron. www.mirihi.com

ACTIVIDADES

Surf: Uno de los mejores destinos para este deporte si se elige el atolón correcto, que serían los del sur según los expertos. En estos, la temporada de surf va de febrero a noviembre. Muchos de los resorts organizan excursiones de surf o windsurf pero si el interés es solo capear olas hay programas de varios días dedicados especialmente a estas disciplinas en diversos puntos del archipiélago. www.clearwatersurftravel.com

Fluo-dive: Buceo nocturno con luces diseñadas específicamente para crear fluorescencia y los sorprendentes colores de los peces sean revelados con más fuerza. Parecen efectos de magia pero son reales. Es necesario tener certificado de buzo, pero se puede sacar ahí mismo luego de unas lecciones. www.euro-divers.com

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Cruceros: Si prefiere recorrer varios atolones y probar diferentes lugares para bucear, es una buena idea. Los mejores son los que utilizan el barco tradicional de las Maldivas: el Dhoni. Se detienen en islas desiertas y van escogiendo día a día un enclave diferente para nadar, hacer snorkelling o bucear. www.explore.co.uk

Pesca: Pueblo de tradición pesquera por la lógica de su geografía, ya en años antes de Cristo cruzaban océanos, cuenta la historia, para comerciar su mercancía extraída del mar. Hoy muchos de los nativos de Maldivas siguen esta tradición y la pesca es otro deporte atrayente en el archipiélago. www.kuredu.com/recreation/excursions/fishing-ventures.