A fin de cuentas, se trata de ‘Saint Tropez de Africa’, aunque no circulen autos, no existan calles pavimentadas, el agua potable escasee y el transporte se haga sólo en burros. Lamu y Shela, dos nombres que se graban a fuego, llaman a volver, como sirenas.

Caminamos por las polvorientas calles de Lamu Town buscando una farmacia. Nos acompaña Hassan, versión oscura de nuestro Marcelo Ríos. Los mismos ojos achinados, los gruesos labios e, incluso, algo de la actitud “no estoy ni ahí”, que el tenista tenía en los ’90. Después de varios días en el archipiélago de Lamu, esta tarde decidimos conocer la ciudad. Alojamos en Shela, localidad de finas y eternas arenas a orillas de un mar turquesa, que llaman el ‘Saint Tropez de Africa’. Este paraíso es cobijo de celebridades, un secreto bien guardado que se revela rápido…  La modelo británica Lily Cole se sienta unas mesas más allá de  nosotros en el restorán y Alberto de Mónaco llegó esta mañana para, seguramente, quedarse en la casa que su hermana Carolina tiene aquí.

Hay tres formas de recorrer los 4 kilómetros entre Shela y Lamu Town: navegando en un dhow —uno de esos tradicionales veleros árabes que pueblan el Indigo—, montando un burro o a pie. Optamos por lo último. Fue en este trayecto donde topamos con Hassan. Nos ofreció unos viajes en kayak que rehusamos y, entonces, me fijé en su parecido con ‘el Chino’. Le pregunté si podía sacarle una foto. “Hakuna matata” (“No hay problema”) contestó. Luego vino un largo preámbulo para contarnos que necesitaba 2.500 chelines kenianos (25 dólares) pues su hermana menor estaba en el hospital con malaria y debía tomar un remedio. Había cierta probabilidad de que su historia fuera verdad —esa enfermedad es bastante común aquí—, pero, por otro lado, existía la posibilidad de que nos estuviera engañando y la plata fuera para drogas, problema grave entre los jóvenes acá. Por eso, ofrecimos comprar la medicina. “No quiero hacerles perder su tiempo, yo lo puedo hacer después”, contestó y ante nuestra insistencia, terminamos recorriendo estas estrechas calles, con este improvisado guía. Hassan nació en el pueblo, hace 28 años y jamás ha ido a Kenia continental. No terminó el colegio, pero habla inglés fluido.

Caminamos. Nunca había visto calles tan pobladas de niños. “¡Jambo mzungu!,” nos saludan. Las mujeres en su mayoría usan Niqab (que sólo deja al descubierto sus ojos), a pesar de los más de 30 húmedos grados… Los hombres pasan varias horas al día orando en alguna de las 27 mezquitas del lugar. De fuerte influencia árabe, tanto en su arquitectura como en su ambiente, esta isla, la principal del archipiélago, es uno de los últimos bastiones de la civilización Swahili, cultura predominante en Africa del Este. Tan antigua como la llegada de los primeros comerciantes desde Medio Oriente en el siglo XIII, quienes al mezclarse con los pueblos originarios formaron esta civilización cuyo nombre significa “gente de la costa”.

LAMU VIVIÓ UNA SUCESIÓN DE INVASIONES. Primero los árabes seguidos por los portugueses en 1505, algunos infructuosos intentos turcos años más tarde y una época dorada de independencia de casi dos siglos, hasta la llegada de los Omaníes a finales del siglo 19. Fueron ellos quienes le dieron la innegable atmósfera árabe a esta isla donde el tiempo parece haberse detenido. Aquí todo se mueve a ritmo de dhow o burro. No hay autos. La electricidad llegó sólo hace algunas  décadas y el agua potable, aún es escasa. Las mujeres deben recurrir a los pozos. Las casas son de construcción básica, hechas de ladrillos de coral; no obstante, varias ostentan anchas puertas de madera con finos tallados. Estas calles no conocen el asfalto, estamos sobre dunas, arena que lo cubre todo y se pega con el agobiante calor…
Mientras avanzamos en busca de la medicina para la hermana de Hassan, veo un pueblo feliz. Puede ser porque hoy es el último día de la celebración de Eid, especie de Año Nuevo musulmán, pero algo me dice que hay más. La gente saluda alegre y confiadamente y se dejan fotografiar sin pedir dinero por ello, como es costumbre en otros sitios musulmanes de la costa oriental africana. Llegamos a la farmacia. Hassan habla en swahili y lo que debería haber sido una simple pregunta se torna un largo monólogo, mientras el hombre del mostrador lo mira con cara de poco amigo. Nunca sabremos qué hablaron, pero finalmente Hassan dice en inglés: “No tienen la medicina”. Partimos en busca de la única otra farmacia de Lamu. Vendedores callejeros ofrecen samosas (muy parecidas a nuestras empanadas rellenas de carne, pollo o vegetales) a unos 100 pesos chilenos.

TODO ES BARATO EN LAMU TOWN, INCLUIDOS LOS HOTELES. Proliferan los pequeños bazares que venden desde ampolletas a zapatillas Nike de cuarta mano. En esta parte de la ciudad no se ven turistas y las escenas resultan cotidianas: una mamá baña a su hija con una manguera, en plena calle; otra asa un chivo en la “cocina” (una fogata sobre el piso de tierra frente a su puerta), niñas salidas como de cuento de las mil y una noches deambulan felices con sus coloridos atuendos y unos niños me invitan a su juego: tirar una moneda en un balde con agua y un vaso adentro. Se gana si se logra que la moneda entre al vaso. No acierto. Mis monedas son bien recibidas.
Hassan no parece apurado en llegar a la farmacia, seguimos su paso lento, rítmico y seguro. No veo mendigos. Tal vez por eso él ha inventado el cuento de su hermana, pienso. Quién sabe. Mi mentalidad occidental me juega malas pasadas y, a ratos, me dice que estamos siendo muy confiados al seguirlo por estas calles tan angostas donde a menudo tenemos que hacernos a un lado para que pase un burro. Pero hay algo tan excitante en esta travesía por el pueblo de Lamu, que el entusiasmo prevalece… Afuera de una casa, tres ancianas conversan y toman té. El saluda, se acerca y le da la mano a una: “Es mi abuela”. Hablan en swahili y luego nos ofrecen té. Nos han advertido que el tema del agua es de cuidado, nos excusarnos.
Sus vidas fluyen completamente ajenas al glamour de Shela o Manda.

Manda es la isla de enfrente y tiene algunos de los resorts más sofisticados de Kenia y el recién renovado aeródromo que, en temporada alta (diciembre-marzo) recibe más de 10 vuelos diarios desde el continente. De ahí, uno cruza en dhow a Lamu. Una comitiva de tres personas nos esperó ahí para llevarnos al hotel en Shela, a medio camino entre Lamu y Manda. Shela es chic por donde se la mire. No hay resorts, sino una decena de hoteles y gigantescas mansiones de europeos que la han hecho suya desde los ’70 cuando —al igual que Nepal y Goa— Shela era parte del  hippie trail y destino de los descendientes del Happy valley set, esa decadente generación de millonarios que hicieron de Nairobi una fiesta en los ’20.
A pocas cuadras del hotel está la casa de Carolina de Mónaco, legado de su ex, Ernst de Hannover. Cuando estaban juntos era común verla  caminando por las extensas playas con su prole. Ahora, durante gran parte del año, arrienda la residencia de aire árabe con servicio de chef y mucamas.
Entre los célebres inquilinos y habitués de Shela figuran el actor Ewan Mc Gregor, la modelo Naomi Campbell y el presidente Barack Obama.
Es que no hay otro lugar en Africa que seduzca igual. Playas cercanas tanto o más paradisíacas, como Zanzíbar, Malindi o el archipiélago de las Quirimbas, no tienen este carácter legendario que hace a Lamu tan atractivo.
Para  almorzar o tomar el aperitivo, un clásico es el hotel Peponi. Las samosas de queso de cabra o roquefort con albahaca son deliciosas. Y el trago puede ser el tan británico gin tonic, un frío espumante o una local cerveza Tusker. Pero más que por la comida o la bebida, el Peponi tiene fama por su ambiente. Los dueños, una pareja alemana, cuentan entre sus amigos a Mick Jagger y Kate Moss. Ellos y su círculo íntimo han convertido este hotel en lugar mítico. Aquí, el estilo es hippie relajado, como el de las londinenses que se sientan en la mesa contigua durante nuestra primera noche. Las joyas Masai se mezclan con cadenitas de oro en forma muy casual y funciona. La sencilla sofisticación comulga sin esfuerzo con los cánticos de las cinco oraciones diarias, los hombres vestidos en sus kahnzus y las mujeres en sus negros Niqab.

LAS TIENDAS SON CARAS Y EXCLUSIVAS. Pareos de algodón puro, joyas de metales preciosos, blusas de seda de la India… No hay baratijas. Ni tiendas de poleras que digan “I love Lamu”, ni magnetos para el refrigerador. Los únicos souvenirs son de la artesanía Masai que un grupo de esta tribu vende en una elegante tienda a orillas del mar. Sin embargo, los pequeños empresarios locales han sabido sacar provecho del turismo. Entre las ofertas, hay paseos a camello a lo largo de los 14 kilómetros de playa, pequeños puestos para tatuarse los tradicionales dibujos de henna de las mujeres musulmanas, viajes en burro a Lamu Town y, por  supuesto, excursiones en dhow en busca de rincones privilegiados para el buceo. O las Ruinas de Takwa, esa próspera ciudad islámica de los siglos 16 y 17, abandonada por misteriosas razones. Aquí hay que ir en la tarde, cuando la marea sube. Si no, resulta imposible llegar a la orilla, donde el lodo y las raíces de los manglares que crecen en él, quedan expuestos. Esta madera se usa para hacer los más resistentes dhows. La muralla que una vez protegió a sus habitantes de Takwa, permanece casi intacta, sus puertas, así como su mezquita, dan hacia el norte, hacia Meca, y en una de sus salidas una gran tumba monumento sugiere que allí yace quien alguna vez fuera su líder. Al regreso, nos regocijamos con el atardecer. No somos los únicos. La caída del sol sólo se ve desde el mar, por lo que decenas de dhows adornan cada tarde el horizonte con sus gráciles velas pintadas del púrpura y anaranjado del crepúsculo. En uno de ellos va una pareja de recién casados.
Mientras, en Lamu Town, Hassan no tiene el matrimonio entre sus planes. “Debo juntar plata, tener un trabajo estable”, nos dice. Aquí es la mujer la que decide y no la familia, como en otros países musulmanes. Y como no existe el concepto de ser novios de Occidente, lo que atraerá a la eventual esposa es la promesa de un buen pasar.

A UN NOVIO SIN CASA NADIE LO QUIERE. Hassan, nuestro improvisado guía, no es un buen partido, según él. Sus padres viven de la agricultura, a una escala muy pequeña, y él como el mayor de siete hermanos debe ayudarlos.
Llegamos al fin a la farmacia. No es más grande que un quiosco. El farmacéutico habla tras una rejilla. La gestión es breve. No tienen la medicina y no existen más farmacias en el archipiélago, sólo la del hospital. Nos miramos. Hassan nos ha hecho el mejor tour que podríamos tener. No vimos ni el museo de cultura Swahili, ni el fuerte, ni el santuario de burros, pero sí cosas que no están en los folletos turísticos. Y ya no importa si el cuento de la hermana es verdad, le damos el dinero. Y cuando nos despedíamos, dice: “No han visto la mezquita de Riyadha. Si quieren se las muestro”. Una vez más lo seguimos. Esta es la mezquita más importante de Lamu Town. Fue fundada  en 1900 por Habib Swaleh, descendiente de Mahoma, quien instauró aquí la celebración de Maulidi para conmemorar el nacimiento del profeta. Y así Lamu se convirtió en el único lugar de Africa Oriental donde se celebra esta festividad y el centro neurálgico es esta mezquita donde vemos recogimiento absoluto.
Debemos volver a Shela. La marea sube y el camino de regreso desaparece. Hay que ir en dhow. Emprendemos rumbo al muelle. Familias enteras van a la plaza donde habrá una fiesta con comida, baile y cantos, pero nada de alcohol. Aquí nadie toma. “Tu cabeza se confunde y no puede servir a Alá como se debe”, explica Hassan. No existen bares en Lamu Town, sólo en hoteles. La religión está primero. “Pueden quedarse a celebrar”, nos indica nuestro anfitrión. “No gracias”, respondemos. Hassan se acerca a un dhow y le habla al capitán para nuestro regreso. Le damos un poco más de dinero por su tiempo. Poco después, el capitán nos dice: “Espero no los haya embaucado, es un drogadicto”. Nosotros no nos sentimos embaucados.

Al día siguiente, vamos a bucear a Manda Toto,  casi en el borde con Somalia. Y al navegar frente a Lamu Town, no puedo dejar de pensar en Hassan. Son las 9, tal vez aún esté durmiendo. Y siento un dejo de tristeza. No son muchos los que muestran su pueblo con ese natural orgullo. Si se dedicara a descubrir sus calles, como lo hizo con nosotros, sería uno de los mejores guías del mundo, ganaría dinero como Alá manda y encontraría novia. Lamento no tener oportunidad de decírselo…

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