Lunes, 12 horas y los pasajeros de la motonave Skorpios II nos preparamos para descender del crucero. Durante la mañana, el navío arribó al principal destino del viaje, por lo que los huéspedes esperamos ansiosos enfrentarlo cara a cara. La temperatura en el exterior apenas alcanza los 6°C, pero no es impedimento para adentrarnos en las frías aguas. Está nublado y caen algunas gotas de lluvia, “perfecto para observar los témpanos”, aseguró hace unos momentos Víctor Tebeb, guía turístico de la expedición.

Las instrucciones fueron claras: Pantalones impermeables, parkas y, por supuesto, chalecos salvavidas. Ese es el dress code para navegar por las congeladas aguas de la emblemática laguna San Rafael y observar de frente uno de los mayores glaciares de los Campos de Hielo Norte en la Patagonia chilena. Con más de 18 mil años de antigüedad, estos témpanos se transforman en el clímax de la ruta Chonos, un viaje que iniciamos hace ya unos días.

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Fue el sábado por la mañana cuando los pasajeros arribamos al terminal de Chinquihue en Puerto Montt, para iniciar esta travesía que se extendió por cinco noches. En su puerto, Skorpios II se impone desafiante. La proa de la nave observa hacia el Océano Pacífico, que se extiende eterno frente a su nariz, invitándolo a zarpar. La popa, en tanto, da una última mirada a la fachada de una ciudad que pronto dejará atrás. Argentinos, peruanos, alemanes, franceses y, por supuesto, chilenos, comenzamos a abordar el buque.

Parten las maniobras de zarpe en el puente del capitán y Skorpios II deja atrás la ciudad de Puerto Montt. La nave se desliza suavemente por las quietas aguas del canal Tenglo, dando inicio al viaje.

El primer día es una jornada de familiarización. “Es un barco pequeño, así que nos vamos a ir conociendo todos”, asegura en su discurso de bienvenida Oscar Aguilar, capitán de la embarcación, quien, además, entrega las principales indicaciones. El viaje recorrerá, en total, dos regiones de Chile —Los Lagos y Aysén—. Son 800 millas náuticas —alrededor de 1.500 kilómetros—, a una velocidad de 10 a 12 nudos. Lo que en auto equivale a 18 ó 22 kilómetros por hora.

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Rumbo al sur se abren las aguas del golfo de Ancud y, de a poco, nos aproximamos a territorio que antiguamente fue ocupado por los Chonos. Desde tiempos prehistóricos habitaron las islas y canales entre el sur del  archipiélago de Chiloé y la península de Taitao. Hoy sólo queda el recuerdo de esta etnia que deambulaba por las mismas islas, canales y fiordos que, en la actualidad, recorre Skorpios.

Millas y millas van quedando atrás y, de a poco, nos acercamos al único lugar habitado en un extenso territorio. El domingo, el buque recala en Puerto Aguirre, una aldea de pescadores alejada de la vida urbana. Los niños del pueblo nos reciben en una tradición que ya lleva décadas de permanencia. Voluntariamente nos dirigen al sendero La Poza, una pequeña zona de trekking que lleva hasta un mirador sobre el que puede observarse la inmensidad del paisaje. Desde las lejanías, el imponente volcán Macá no nos quita los ojos de encima. Los niños, en tanto, cuentan sus historias, recorren los caminos y revelan los secretos del puerto. Más hacia el sur, la motonave se acerca al destino milenario. En octubre de 1620, el jesuita español Juan García Tao descubrió la laguna San Rafael y la bautizó con ese nombre. Al llegar aguantamos la respiración. Los colores del glaciar se despliegan frente a las tranquilas aguas de la laguna que lo bordea y los témpanos se levantan majestuosos frente a los turistas que no paramos de fotografiar cada momento, inmortalizando los hielos que, algún día, sucumbirán ante el calor de la Tierra.

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Cada ciertos minutos, los hielos se despegan del glaciar madre, desparramándose estrepitosamente sobre la laguna. Para finalizar, un whisky de 12 años con un hielo milenario, perfecto para pasar el frío.

Luego de este encuentro, Skorpios continúa hasta Quitralco. Se trata de un fiordo de clima lluvioso con una variada vegetación y floresta. El volcán Hudson que se encuentra a 30 kilómetros al sureste lo provee de las aguas más calientes de la región, por lo que hoy posee piscinas temperadas, además de baños turcos, transformándolo en el panorama ideal para enfrentar el frío patagónico. “Quitralco posee una belleza inexplicable: la vegetación selvática, cielo transparente, el mar quieto como una lámina de acero y el silencio sólo interrumpido por el canto del viento y de las aves”, aseguró en sus memorias Constantino Kochifas, dueño fundador de Skorpios. El hombre fue un pescador, armador y posteriormente empresario, quien supo sacar adelante un emprendimiento familiar y transformarlo en la gran empresa turística que es hoy.

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Para aprovechar el paisaje, volvemos a trasbordar una embarcación menor y, a bordo de ésta, recorremos los más recónditos rincones del fiordo. A lo lejos, escuchamos un chapoteo. Nuestra mirada busca el lugar de procedencia, esperando expectantes que se vuelva a manifestar. Y así lo hace. Otro ruido deja a la luz lo que muchos esperábamos. Tres delfines patagónicos salen a nuestro encuentro. Salvajes y alegres rodean la embarcación, jugando con las ondas del mar. De vuelta a bordo, la navegación recupera su curso. Al día siguiente, el crucero recala en Queilen, en la isla de Chiloé. Artesanías, pesca, cultura y casas construidas sobre estacas de madera. La instancia ideal para comenzar a despedirnos del viaje. La cena del capitán espera a bordo con risas y mucha nostalgia. Al parecer, nadie quiere dejar el crucero. Su tranquilidad, ambiente hogareño, exquisita gastronomía e impactantes postales se quedan en el recuerdo de muchos. La inmensidad y la anonadante belleza del enorme elefante blanco que se oculta en la Patagonia nos ha dejado con una sensación de admiración ante la madre naturaleza. Uno a uno volvemos a nuestras cabinas para pasar la última noche a bordo. Skorpios, en tanto, avanza sobre las pequeñas olas que se forman tras de sí, mientras se dirige de vuelta al inicio.

CÓMO LLEGAR

En avión o bus hasta Puerto Montt. Luego se embarca en el crucero.

DORMIR

Todas las cabinas poseen vista al mar. Habitaciones dobles para disfrutar en familia, calefaccionadas y con baño privado.

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COMER

La comida a bordo es una fusión de cocina patagónica e internacional, acompañada de variados vinos chilenos. Se puede deleitar salmón, mariscos, cordero y pavo, entre otros. Si el menú del día no es del gusto del huésped, es posible cambiar el plato principal.

Cena del Capitán: Última noche y,  para despedirse,  el capitán es el anfitrión de un variado buffet de comida patagónica. Todos sacan sus accesorios formales y comparten esta última merienda.

PASATIEMPOS

Bingo: Para pasar las horas muertas a bordo, Skorpios ofrece una entretenida noche de juego en el comedor principal. Todos pueden participar completamente gratis y llevarse alguno de los premios sorpresas.

Karaoke: En el bar Quitralco de la nave los huéspedes pueden desplegar sus dotes de cantante y entregarse a las melodías. Cuentan con una larga lista de temas para pasar las tardes acompañados de un trago y un picoteo.

Baile informal: El comedor abre sus puertas durante una de las noches para transformarse en una verdadera discoteca. Música, bebidas y distracción mientras Skorpios sigue navegando.

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DÓNDE IR

Puente del capitán: Zona completamente abierta para los huéspedes. Los pasajeros pueden subir hasta la sala de mando y observar cómo el capitán y los oficiales dirigen la motonave.

Bar San Rafael y Quitralco: Ambos están disponibles en todo momento para los pasajeros. Barra abierta y picadillos para acompañar el viaje.

Cubierta Olympo: Para observar la navegación al aire libre nada mejor que subir a esta cubierta. Espaciosa y cómoda para disfrutar del oleaje y los paisajes. Es importante abrigarse antes de subir.