Cuando era niño, en los 80, supe de la mitología mística en torno al Valle del Elqui: una energía especial se había trasladado desde los Himalayas hasta allá y le añadía a la sobrecogedora belleza del lugar ciertas propiedades mágicas. La leyenda creció y atrajo a toda suerte de emprendedores metafísicos, charlatanes y algunos buscadores sinceros que terminaron siendo parte de la zona, como Gabriela Mistral y la uva pisquera. Absorto en las fantasías sobre extraterrestes (me obsesionaba la idea de maestros venidos en platillos voladores) llegué a establecer alguna cercanía con las tristemente célebres hermanas Cecilia y Gladys, líderes de una secta apocalíptica instalada con Cochiguaz, así como con el notable músico new age Joaquín Bello. Pero siempre desde Santiago.

La anhelada visita al valle tuvo que esperar varios años. Llegue pues, por fin, a comienzos de este siglo como periodista-cínico, habiendo ya superado las supersticiones y expectativas fantásticas, mirando con distancia y recelo a la grey que aún entonces recorría los poblados más allá de Montegrande.
Pero un amor verdadero, de esos que uno ve como magia, no se diluye fácilmente. Así pues, inmerso en lo que he llamado “el verano inolvidable” me pareció de toda lógica escapar con mis hijas a las alturas del Valle del Elqui en busca de una renovación o, al menos, una útil desconexión. Acampar en plan ecológico y observar las estrellas era el panorama. Algunos amigos coincidieron en recomendarme un lugar cuyo nombre resultaba evocador: Río Mágico.

A medida que nos alejabamos de La Serena rumbo a la montaña recordé mis sueños infantiles, que habían sido reemplazados por convicciones profundas, como éstas: los extraterrestres no tienen interés en nosotros (como tampoco los maestros verdaderos); los gurús suelen ser gente con buen olfato comercial y una dudosa ética acomodaticia; la oferta de SPA metafísicos y variopintas disciplinas es saludable, pero lo espiritual es muy pero muy otra cosa; y sí, científicamente comprobado, existe en el Valle del Elqui un centro magnético especial, pero eso no garantiza nada. Como reza un antiguo proverbio oriental: “Si tienes un bastón, te lo doy, si no tienes, te lo quito”.

Así pues llegamos a Río Mágico, en pleno Cochiguaz. Un camping enorme, emplazado a cada lado del cauce, modesta pero suficientemente bien equipado. Es, por estos días, un lugar de moda entre los jóvenes santiaguinos y tengo el deber de aclarar que quienes lleguen hasta allá buscando lo que nosotros, podrán sufrir una gran decepción. Imagine usted el ambiente del parque Padre Hurtado en fiestas patrias (parrillas encendidas y borrachines ruidosos por doquier) y la Sala Murano, otrora discoteca de la Plaza San Enrique, en un fogón bajo las estrellas donde se reemplazó la mística por el perreo. Uno podría teletransportar a esos veinteañeros ansiosos de quedar “postre” a cualquier otro lado donde seguir reventándose y no se darían ni cuenta. Que esto sea en el Valle del Elqui, me temo, no pasa de ser un agregado cool para una clase de niños que apura la copa del placer antes de convertirse en esclavos-funcionales consumidores-obedientes y sufragantes-ignorantes, compensados con más o menos dinero, repitiendo el destino de sus padres.

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Los vecinos de Cochiguaz miran con desprecio y espanto lo que está ocurriendo en ese lugar donde hasta hace poco se dejaba entrar gratis a quien llegara con una guitarra, pero hoy se cobra caro hasta el agua (una botella de medio litro cuesta mil pesos). Las cabalgatas, las excursiones en bicicleta, el tour astronómico, la visita a los petroglifos cercanos, ni hablar del centro magnético, pasan inadvertidos para la gran mayoría. Sin embargo, no son pocos los que, como nosotros, se quedan porque ya ni modo, pero deben buscar un rincón alejado del reguetón para instalar su carpa y suponer que aguantar el ruidoso caos es el precio para disfrutar de un paraje incomparable. Lo bueno es que con ese ánimo, el saludable “vive y deja vivir”, se puede. La magia no desaparece por culpa de un montón de pavos que llega al Elqui para hacer lo mismo que hace cada fin de semana en Santiago.

Un antiguo adagio dice que “uno atrae aquello en lo que vibra” y en nuestro caso fue precisamente así: encontramos a las personas adecuadas (reencuentros con amigos del alma que aguardaban en el futuro) y vivimos experiencias notables e inolvidables que aportaron mucho más de lo que estábamos buscando. Así, una noche, como suele ser, como de casualidad, nos encontramos en “La Casa Verde”, un proyecto cultural que el trío formado por una pareja de jóvenes actores y su hijito de un año está desarrollando a pulso, convencidos de que esa es precisamente la única manera que vale la pena vivir: Camila y César llegaron hasta Cochiguaz movidos por un sueño y a poco de instalarse comprendieron que eran ellos los llamados a hacerlo realidad. La tertulia fue notable, bebimos micheladas, disfrutamos de unas excelentes pizzas caseras, vimos un par de cortometrajes que nos dejaron sin aliento y fuimos testigos del talento superlativo de (no olvide este nombre) el joven músico, payaso y filósofo anarquista Martín Foyerake. Al final de la velada, bajo el cielo que deja sin habla, en torno a un fogón donde no llega el eco de la algarabía entrópica, nos enteramos de que estábamos precisamente en el altar que, en sus mejores días, las hermanas Cecilia y Gladys costruyeron para alabar a la Pacha Mama. Después de la decadencia, un nuevo ciclo se inicia en ese lugar mágico.

De modo que ya sabe. Si quiere ir a llenar el alma en el Valle del Elqui, a menos que lo suyo sea un panorama tipo American Pie, solo tiene que que seguir derecho un poco más arriba del camping Río Mágico. En la Casa Verde encontrará alojamiento, amistad y sentido. Lo justo para que el magnetismo haga lo propio y pueda usted también vivir un verano inolvidable.

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