Debo reconocer que uno de esos “gustillos” que con frecuencia me regalo, sola o acompañada, es una arrancadita a París. Tal como Audrey Hepburn lo dijo y yo lo tatué, metafóricamente, en mi corazón, “París es siempre una buena idea”.

Mi trabajo me lleva allí algunas veces y otras es solo el placer por el placer. Me gusta la ciudad, su onda, y, como les decía la semana pasada, el sentarme en un café a solo mirar sin más, ya hace que el viaje haya valido la pena. Y, en cualquier momento del día, si los cafés son toda una experiencia en sí mismos, también lo son los salones de té.

Mientras estuve en Corea aprendí sobre esta infusión y me acerqué a ese mágico ritual que envuelve la experiencia de disfrutarlo; pero para mí también tiene un sentido más familiar, me hace pensar en casa, en mi madre y su adoración por el té y en una buena conversación. ¡Sí, el té es aromático y social!

Cuando viajo sola, las mini-vikingas no me perdonan que aterrice sin una rica selección de macarons de Ladurée. Por eso, en algún momento me veo “en la necesidad” de pasar por el salón de té, a veces en su dirección de los Campos Elíseos, a tiro de piedra del Arco del Triunfo, otras veces en la dirección que prefiero en la Rue Royale, muy cerca de la Iglesia de la Madeleine.

¿Qué quieren que les diga? Sin ser históricamente una fanática de los macarons todo cambió desde que probé por primera vez los de esta pastelería parisina y pasar por allí a tomarme un tecito de su amplia selección con algunos de mis favoritos, el de rosa, pistacho y azahar, se ha convertido en un pequeño ritual. Sus tortas, pasteles y chocolates también son sublimes ¿será por eso que aparece con frecuencia en películas y series y la razón por la que Alberto II de Mónaco y Charlene Wittstok la eligieron para hacer la pastelería servida en su boda hace 5 años? Sus salones son de sueño solo para sentarse y admirarlos, respirando ese encanto parisino que hace que las cosas se saboreen de manera especia. Todo un placer, no solo para el paladar, sino para todos los sentidos.

A solo unos pasos de allí está el “Café Kousmichoff” en el segundo piso de la tienda de té “Kusmi”, uno de mis tés preferidos, que es otro lujo para oler y probar. Nacida en San Petersburgo a fines del siglo 19 e instalada en París desde 1917, este té promete la experiencia de probar mezclas increíbles y exquisitas que en su momento disfrutaron los zares rusos. Mi variedad preferida es “Prince Vladimir”, un té negro perfecto para dar energía a la mañana, con una mezcla cítricos, vainilla y otras especias ¡De morirse!Pienso en él y lo puedo oler, y ni mencionar las lindas latas en que se venden y que son de verdad un perfecto toque decorativo para la cocina.

Y como si la tentación ya no fuera irresistible, el año pasado la marca, en colaboración con Jean Paul Gaultier, lanzó dos latas para los tés más emblemáticos de la casa: Anastasia y Prince Vladimir, con su típica inspiración marinera y sus rosas. No hay duda de que en París todo termina teniendo un toque fashion.

Y cómo no mencionar “Angelina” en los Jardines de Luxemburgo que además de ser un salón de té encantador para ir con las amigas, se ha especializado también en el chocolate… en TODAS sus formas. Imperdible. Tan imperdible como el salón de los hermanos Mariage, “Mariage Frères” en Le Marais, donde tienes más de 650 -sí, no leyeron mal- variedades de té, de 36 países. Es decir, entras allí y no solo viajas en el tiempo con el interior más clásico imaginable sino que también alrededor del mundo con la nariz.

Por todo esto, porque es una experiencia para todos los sentidos, porque cuando caminas o te sientas a mirar siempre descubres algo nuevo, creces, te inspiras, la curiosidad sufre un verdadero impulso y quieres volver y ver más y sentir más y decir como Rick le dijo a Ilsa al final de “Casablanca”… “Siempre tendremos París”.

Comentarios

comentarios