El Land rover corcovea sobre la arena y logra meterse por senderos que parecen el patio trasero de Pecém, Taiba, Lagoinha y otros pueblos de pescadores que se dispersan en los 317 kilómetros que separan Fortaleza de Jericoacoara. Estamos en el Estado de Ceará, al norte de Brasil, a más de 3.000 kilómetros de Sao Paulo y el camino corre, junto al mar, lejos de la carretera. El paisaje impresiona: kilómetros de playas vírgenes, arenas blancas, unas pocas casas, un par de cementerios abandonados junto al mar y muchas turbinas eólicas que aprovechan la intensidad de los vientos alisios que vienen desde Africa y que convierten a esta zona en una de las más apetecidas del mundo para el windsurf, kitesurf y también en la mayor productora de energía limpia de Brasil.

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La región fue colonizada por los holandeses, luego los franceses hasta que fueron desplazados por los portugueses a comienzos del siglo XVII, pero los primeros habitantes se instalaron recién en el siglo XIX y formaron parte del municipio de Acaraú. En 1984, Jijoca de Jericoacoara se convirtió en área protegida y luego se creó la municipalidad, la más joven del país. Precisamente hasta allí llegan los caminos y seguir a Jericoacoara (ubicada en el centro del parque de 8.850 hectáreas) es una aventura aparte, porque a partir de ese punto no hay más que huellas —por ser parque nacional no se puede modificar el paisaje, no hay carreteras ni senderos formales— para cruzar los 25 kilómetros de dunas.

El único transporte público son los llamativos ‘pau de arara’ (los pasajeros van de pie o sentados tomados de un palo al igual que los pájaros (arara) en un árbol), en el que se mueven los locales. Tampoco se arriendan vehículos y lo mejor es contratar un todoterreno de ida y regreso porque dentro del pueblo no circulan autos, a excepción de los buggies utilizados para el turismo. Todo esto hace que el acceso sea restringido y transforme el lugar en uno de los más deseados por brasileños y extranjeros.

Una vez en Jericoacoara hay que seguir ciertos circuitos. Al atardecer todos los turistas caminan rumbo a la gran duna Pôr do sol. Un rito que se repite casi los 365 días del año cuando no llueve. Niños, jóvenes, viejos, celebran y se abrazan cuando la última gota de luz anaranjada se hunde en el mar. Luego el crepúsculo trae las ruedas de capoeira en la playa, hasta que las luces de los restoranes y tiendas comienzan a iluminar las calles de arena. Por ser parte de la reserva no se pueden asfaltar ni hay tendido eléctrico público. Pero nada de eso importa, ‘Jeri’ (para los amigos) es una de las diez mejores playas del mundo, según el Washington Post, donde los extranjeros la mayoría del tiempo sobrepasan a la población local (17 mil habitantes). Su ubicación geográfica le asegura océano al este y oeste. Es uno de los pocos lugares en Brasil donde se puede ver amanecer y poner el sol o la luna en el mar.
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Jericoacoara significa jacaré al sol, nombre dado por los aborígenes a una gran formación rocosa que existe junto al pueblo. Pero la piedra más famosa se llama pedra furada, el símbolo de la ciudad. Sólo se puede llegar después de caminar tres kilómetros por la playa. Entre junio y agosto el sol se pone justo en el arco de la roca, siendo uno de los paseos favoritos de los turistas.

Cerca de allí se ubica el Manguezal do Rio Guriú, un reducto donde hay caballos marinos. Y a pocos kilómetros una de las postales del lugar: las lagunas azul y paraíso. Con aguas cálidas y transparentes de verdad irresistibles, especiales para los niños por su poca profundidad. Las dos tienen instaladas hamacas sobre el agua donde los turistas descansan después de nadar o simplemente toman un trago tendidos al sol. También hay posadas con excelente cocina típica (peces, camarones, langosta).

Desandando el camino llegamos a Fortaleza, la capital del Estado con dos y medio millones de habitantes. Es conocida como la ciudad de la alegría porque hay fiestas a toda hora y todos los días. De hecho, son famosos sus ‘lunes más locos del mundo’, donde el carrete abre la semana.

La ciudad fue fundada en 1726 junto al río Pajeú y el Estado fue el primero en abolir la esclavitud. Aquí estará una de las sedes del próximo mundial de fútbol y hay mucho que ver, especialmente en cultura. Destaca el centro Dragao do mar que con 30 mil metros cuadrados alberga salas de cine, un planetario, museo de arte contemporáneo, memorial de la cultura cearense y la escuela de artes Thomaz Pompeu. A su alrededor está la movida bohemia llena de restoranes, bares y lugares con espectáculos en vivo. Cerca de allí se encuentra el teatro José de Alencar, con su construcción art noveau, importada desde Glasgow en Escocia y armada como un mecano en Brasil.

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Hay obras clásicas durante todo el año. Está en medio de un jardín botánico que conserva especies típicas de la zona, muchas de ellas en extinción. Entre los hitos arquitectónicos hay que visitar la catedral metropolitana que reemplazó a Igreja da Sé (1795), demolida por su antigüedad y la fortaleza de Nossa Señora da Assunçao, que da nombre a la ciudad y sirvió de fuerte durante la invasión holandesa. Además, se pueden visitar los caserones típicos del ciclo azucarero que enriqueció a la región en el período colonial. Está el museo da cachaça ubicado en una construcción de 1851.

Más al sur, a 537 kilómetros de Fortaleza, está Natal, otra de las sedes del mundial 2014, llamada así porque fue fundada el 25 de diciembre de 1597. La capital de Río Grande do Norte es una de las más conocidas del norte brasileño. Invadida por los holandeses que se quedaron entre 1633 y 1654 y durante la Segunda Guerra Mundial sirvió de base del Atlántico sur de las tropas norteamericanas. De la época de los holandeses queda la fortaleza de los reyes magos, construida para defenderse de los piratas.

Pero además, de la historia y de ser el más grande productor de sal del país, de tener sol 300 días al año y 400 kilómetros de playas, los visitantes de Natal buscan el circuito de la adrenalina. Se trata de las grandes dunas blancas que caen en picada sobre el mar turquesa en el parque ecológico dunas de Genipabu. Lo mejor es instalarse en la parte trasera de un buggy y afirmarse firme para recorrerlas. Los conductores deben hacer un curso para obtener la licencia y actualizarse cada cierto tiempo porque las dunas cambian de forma por la acción de los vientos. El conductor pregunta si queremos un tour con mucha emoción… Eso significa subir y bajar con velocidad de vértigo. De hecho, las maniobras tienen nombres: descenso vertical, montaña rusa, caldera del diablo, tirabuzón y muro de la muerte. El buggy sube unos treinta metros y desde la cima cae ronceando. Hay que agarrarse fuerte de la barra y gritar.

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Poco a poco se vuelve adicción ir de pie de cara al viento para mirar el paisaje y la ciudad a lo lejos. El paseo contempla diferentes paradas para practicar deportes extremos: benji, esquibunda (deslizarse sobre la arena sentado en una tabla y caer al agua), tirolesa que vuela sobre la vegetación y caer al río Pitangui para luego ser rescatado por una balsa. El plato final: paseo en camello. Todos tienen nombre de futbolista. Me tocó Zidane. Un privado los trajo desde Africa y ya son más de 10. Natal se ve distinto desde la altura y el bamboleo de un dromedario. Por supuesto muchas fotos de rigor tomadas por Mario, un chileno que lleva 14 años trabajando acá. Esta es también la tierra del forró, hay muchos lugares para bailar cuando cae el sol. Clubes y paseos en yate. Otra manera de vivir el mundial en el cálido norte.