Cuenta la historia que en 1520 Hernán Cortés llegó a Guanajuato arrancando de los aztecas. Ahí algo pasó con su espíritu depredador y se calmó. Con los bolsillos llenos de oro, se sentó bajo un árbol, lo abrazó, aceptó la derrota y lloró. Fue imposible quebrar la promesa ancestral que Huitzilopochtli, el dios supremo, había dejado a los hermanos del norte y del sur;  la tolerancia y el respeto para siempre se quedarían en Guanajuato.

El designio se petrificó en el tiempo, y quedó encerrado en cada una de las piedras que levantan hoy las ciudades de San Miguel de Allende y Guanajuato Capital. 

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Desde la primera mirada, la diversidad es la ley, y el panorama, el mismo que se podría haber visto hace cien, diez o 40 años. Al interior de sus templos católicos barrocos se veneran hasta hoy cristos con forma de jaguar, el animal sagrado de los pueblos mesoamericanos. ¿Milagro, coincidencia o designio del destino?

Mi recorrido se inicia en Guanajuato Capital. Donde todo es historia. La avenida Juárez es un desfile de esculturas, joyas y portones, que da la impresión de que se hubiesen arrancado de algún museo. La mejor invitación es caminar sin sentido, como si el tiempo no importara, porque para eso pararon los relojes en Guanajuato.

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El teatro de Juárez, el mercado municipal y la plaza principal son parte de los imperdibles que salen al encuentro. Todos, manifestaciones de caprichos insolentes de curas o dictadores, que dejaron en la ciudad un look de lo más europeo, repleta de estilos arquitectónicos; barroco, neoclásico y rococó. ¿La parada obligada? El templo de la compañía, una iglesia de estilo churrigueresco. La expresión más obsesiva que conoció el rococó de mano del arquitecto y retablista español José Benito de Churriguera. Un arte que se puede ver en pocos lugares de América y que tiene las mejores muestras en esta ciudad. De todas formas, hay que detenerse un buen rato frente a cualquiera de estos elefantes de piedra y ‘leer’ qué lo rodea.

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Aquí también abundan los cuentacuentos callejeros, que siempre estarán dispuestos a sacar alguna anécdota o leyenda. Se llaman ‘las estudiantinas’, grupos de estudiantes que por 100 pesos mexicanos (4.273 pesos chilenos) le harán el paseo nocturno por la ciudad. Otra alternativa es leer sus cronistas, que acá como en ningún otro lugar del mundo reciben un sueldo, tienen sindicatos y son considerados servidores públicos. 

Los amantes de Cervantes tienen un espacio especial aquí. Cada octubre fanáticos de todo el mundo se reúnen en el Festival Internacional Cervantino, que desde 1972 convence al mundo de que Guanajuato es el lugar correcto para leer El Quijote a grito por las calles.  

 “Todo lo que se arrastra, vuela o camina se va a la cazuela”, piensan en México y en el Estado de Guanajuato esto es ley. Más de 50 tipos de insectos componen la dieta de los guanajuatenses. Invitación perfecta para la siguiente aventura: la cocina. Guanajuato sí sabe se llama el festival donde todas las abuelas muestran recetas milenarias sobre la base de insectos. Grillos, hormigas y gusanos, o maguey (una cucaracha parecida a la que trae el mal de chagas) se hierven con agua y sal, se fríen y meten en tacos, tortillas o se muelen para hacer harina. Dato secreto al viajero perdido: Comerá insectos sin darse cuenta, porque los sirven de ‘botana’, una especie de picoteo en bares y restoranes que corre por cuenta de la casa. 

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200 kilómetros de sierras separan a la Ciudad de México de San Miguel de Allende, la siguiente parada. Su origen minero, donde llegaba la gente sin pensar en más que riquezas, lo vieron crecer con una planificación urbana más cuidada que la de Guanajuato. Casas que parecen iglesias, otras más humildes, amontonadas una encima de otra, caminos por donde apenas pasan los autos y paredes pintadas en dos colores a la vez, es parte de lo que se ve. A diferencia de Guanajuato, aquí todo está hecho con demasiado cuidado, como si en algún minuto de la historia los habitantes de San Miguel de Allende hubiesen sospechado que siglos después sería declarado Patrimonio de la Humanidad (1988).

Además, fue la ciudad que la Conde Nast recomendó el 2013 como el mejor lugar para vivir en el mundo, venciendo a Salzburgo y Budapest. Y la verdad es que cuando se comienza otro nuevo recorrido por este viejo de casi quinientos años, se vienen esas ganas incontrolables de conocer todo lo que se encuentra al paso y conversar, conversar, y conversar. 

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¿El lugar ideal? La plaza principal. Un escenario perfecto para ver el panorama de todos los días: personas comiendo alguna receta de nombre impronunciable y cuánta fritura se les cruce; jóvenes arrancando hacia la modernidad, que lo pueden sorprender con el mejor espectáculo de break dance, mariachis octogenarios, vendedores ambulantes… Todo mezclado con turistas y norteamericanos, que se pasean a destajo por las calles de San Miguel.

¿La recomendación para el viajero que se quiere perder en el tiempo? Sentarse en la plaza al atardecer, cuando baja el calor y tomar una nieve, que podrá elegir del sabor que se lo ocurra y mirar la catedral de San Miguel. Una construcción de piedra laja rosada, que fue construida por un solo hombre, que trató de “copiar algo parecido” a lo que había visto en postales europeas. Con las luces de la noche y el sol de la tarde, tendrá ganas de tener a mano la cámara fotográfica. 

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La gente que viene a San Miguel en busca de poesía, arte y lo encuentra. Sobran plazas, galerías y mercados, pero conviene parar en La Aurora. Desde 1901 hasta el ’92, fue una antigua fábrica de telas, que hoy funciona como un taller colectivo, que alberga a más de 50 galeristas de todo el mundo, desde Nueva York a Londres. “La Aurora nació como un espacio plural, donde vienen los coleccionistas, o gente que compra exposiciones completas desde los 21 mil dólares, es que en México el arte se corrompió con la plata y la fama, y San Miguel es el lugar que devuelve la justicia y el prestigio oficial a todos esos artistas”, cuenta Fernando Díaz, un pintor que después de recorrer toda América se quedó a vivir acá. 

“Es un lugar tranquilo, donde puedes parar el carro en la mitad de la calle y nadie te dice algo, sales a caminar, a leer o a conversar con quien quieras. La vida se vive distinta y feliz acá en San Miguel”, cuenta y se emociona este viajero que se encontró en el camino de los que viajamos sin mirar el reloj.