En Gran Caymán los jardines no tienen pasto sino arena y las gallinas andan sueltas por todos lados. Pero, estas dos rarezas de la isla recién se descubren cuando se logra despegar la vista de ese mar tan turquesa, tan infinito, que acompaña todo el tiempo el recorrido desde el aeropuerto al hotel. Mientras la mirada se pierde en el paisaje, no se puede dejar de pensar en el calificativo de que realmente es un paraíso, así tan solo, sacándole el famoso “fiscal” que siempre lleva consigo. Porque a pesar de que aseguran que aquí hay unos seiscientos bancos,  por suerte, para el turista que no busca guardar dinero, no se ven: son oficinas que se desparraman por el centro, muy lejanas a los altos rascacielos vidriados de Wall Street.

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En Gran Caymán, las casas son bajas y están pintadas en colores pasteles, celestes, rosas, amarillas, violetas; los edificios más altos, por ley, no tienen más de tres pisos. Los “sand yards” son los jardines tradicionales de la isla, donde el césped se cambia por arena blanca. Tienen un estilo casi minimalista: canteros de flores y plantas de la región se distribuyen en un piso cubierto de la fina arena que brilla bajo el sol. Rodeando el borde de las casas suele haber una prolija fila de caracoles marinos, muchos pintados de colores vivos. El tema de las gallinas que obtuvieron su libertad y se pasean orondas por toda la isla tiene que ver con el huracán Iván del 2004. Cuentan los lugareños que las gallinas salieron de sus gallineros, y deambularon perdidas entre vientos huracanados, imposible para sus dueños volver a recuperarlas, por eso ahora se las ve sueltas por todos lados. No es extraño estar tomando sol y ver pasar a mamá gallina con sus pollitos.

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En esta isla no se pagan impuestos. Los actuales moradores y los que vivieron antes, le deben esta exención a un infortunado naufragio. Barcos dedicados al comercio encallaron contra la barrera coralina, sus tripulantes —entre los que dicen estaba un noble de la corona británica— fueron rescatados por los pobladores. Por esa noble acción, el rey Jorge III de Inglaterra los premió quitándoles los impuestos de por vida. 

Sí, de por vida.

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Si hay un lugar donde reina el mar es aquí. Cuando menos esa es la primera impresión que impone el trayecto hasta el hotel. Muy cerca de él se emplazan los cementerios, que asoman entre los árboles a metros de la orilla. En pocos minutos de recorrido, la información no tarda en llegar. Gran Caymán es una de las tres islas que forman el archipiélago, que no supera los 300 kilómetros cuadrados: las otras son Cayman Brac y Little Cayman; en ellas, en total, no viven más de 55.000 personas, de las cuales sólo el 10 por ciento es nativo. El grupo de islas se encuentra ubicado a aproximadamente 240 kilómetros de Cuba, a 289 km al oeste de Jamaica, en el Caribe Central, y  “a una hora de vuelo desde Miami”. Aunque políticamente las islas conforman un estado dependiente del Reino Unido, aseguran que hay personas de más de 40 países trabajando aquí. Y bastan unos pocos días de estadía para no dudar de este dato, pues en los restoranes, hoteles y negocios se encuentra gente de todo lugar. Por eso a pesar de que la lengua oficial es el inglés, no es difícil encontrar a quienes hablan español.

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El recorrido hacia el hotel Grand Cayman Marriott Beach Resort lleva a conocer la más famosa de las playas: la Seven Mile Beach, que abarca unos 11 kilómetros. Está calificada como una de las más bellas del mundo y en ella se encuentran hoteles de lujo como el Ritz-Carlton, Grand Cayman Beach Suites o el Westin Casuarina Resort & Spa. La vista no se puede despegar del mar, su color turquesa es hipnótico. Todos los súper complejos hoteleros poseen buen servicio gastronómico, pero no cuentan con “all inclusive”. De todos modos, la oferta gastronómica que ofrece la isla es muy grande, hay unos 150 restoranes. Las opciones van desde aquellos de renombre internacional a locales muy pequeños que sirven la comida tradicional de las islas Caymán: langostas y pescados, que vienen acompañados de arroz, plátanos, y verduras. También es común que en el menú aparezca la sopa de tortuga. Y, como está de moda la agricultura orgánica, en muchos de los locales se sirven frutas y verduras cultivadas en las islas así como una amplia gama de especias. El turismo en las islas está dividido en dos temporadas: la alta que va desde diciembre a abril y la baja que abarca el resto del año, de mayo a noviembre. La temporada baja es mucho más económica, los hoteles suelen reducir sus tarifas entre 20 y 50 por ciento. Gracias a su ubicación privilegiada las islas no sufren la presencia constante de huracanes ni sus amenazas, con 29 grados promedio todo el año, el clima es el ideal.

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Acá las mascotas son muy particulares: tortugas, iguanas y mantarrayas. Por eso vale la pena viajar unos 25 minutos en auto desde George Town, en el East End, hasta el Jardín Botánico “Queen Elizabeth II” —un recorrido lleno de palmeras, flores y orquídeas— para encontrar ahí a la gran mascota de la isla: la iguana azul. Shirley,  guía y conductora de Safari Adventures, explica que es una especie endémica de las islas Caymán y que puede llegar a medir hasta 1,30 metro de largo y pesar hasta 12 kilos. A pesar de que el calor se hace sentir, justo al mediodía, la enorme iguana se queda quieta disfrutando del sol, casi como una estatua azulina.  

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La próxima visita es a Cayman Turtle Farm, un parque marino, que desde 1968 se dedica a educar al público sobre los beneficios de un programa de conservación activa de las tortugas marinas. Bendel Ebanks es guía desde hace años aquí y es quien ofrece todos los datos de esta granja.  Su apellido remite a las primeras familias que vinieron a las islas. “Benny”, como lo llaman, nos acompaña al gran estanque donde hay cientos de tortugas. Apasionado por su trabajo, explica: “Las hay desde las más pequeñas hasta ejemplares de 600 kilos”. En este estanque las tortugas se muestran muy amigables y se acercan a ver a los nuevos visitantes, pero realmente parece que es a Benny a quien vienen a saludar. Una de las actividades que se ofrecen en esta granja es nadar con ellas, “se puede conocer mucho de la vida de esos increíbles animales”, remata el guía. Sin duda para él  las tortugas se han convertido en algo así como parte de su familia.

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Si bien nadar junto a tortugas puede ser una experiencia fascinante, no le gana en emoción a nadar junto con enormes mantarrayas  (stingray, en inglés). Para esto, hay que navegar hasta el lugar más famoso de la isla: Stingray City & Sandbar, sólo accesible con bote y declarado uno de los mejores 12 sitios para buceo y snorkel del mundo. Cuando se arriba al lugar, se descubre un gran banco de arena donde el agua no llega a la cintura y donde es posible nadar con un centenar de mantarrayas que, mansamente, se acercan a comer de la mano.

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Los guías nos cuentan la historia de cómo se domesticaron. Durante muchos años los pescadores se agrupaban en el lugar limpiando los pescados y tirando los desechos al agua, esto generó que una gran colonia de rayas, se estima que más de 80, se alimentaran con esos desechos y se volvieran cada día más mansas a la mano del hombre. Si no se ve, no se cree.

Pero es cierto. La experiencia es increíble, su enorme tamaño impone adrenalina ciento por ciento. Te quedas ahí parado e inmóvil y ellas van y vienen acariciéndote con su piel que se asemeja a la seda. Son amigables y se dejan tocar… “Nunca por debajo, siempre por arriba”, aclara el guía. “Y si les das un beso, son siete años de suerte”, agrega. Obviamente, el beso llega con cierto resquemor, habrá que ver si es cierto lo de la suerte.

La navegación a este lugar tan especial tarda unos 35 minutos. En su mayoría, los botes parten desde Georgetown, la capital de la isla, o de la marina de Camana Bay, el shopping más grande de Caymán. El paseo incluye un stop frente a la pared interna de la gran barrera de corales que rodea todo el archipiélago y otro en en Starfish Point, donde decenas de estrellas de mar decoran el traslúcido fondo marino. Exactamente, aquí, mirando esas estrellas es cuando la definición de paraíso, sin el apellido fiscal, vuelve… una y otra vez.