Hace millones de años los volcanes dormidos del Pacífico despertaron furiosos para formar uno de los archipiélagos de mayor biodiversidad del planeta y le regalaron al paisaje una explosión de colores. Seducidos con el derroche, miles de especies llegaron desde diferentes rincones del mundo para quedarse: pingüinos de la Antártica, flamencos desde Florida y tiburones de aguas cálidas del Caribe, entre miles de otras, se adaptaron para sobrevivir. Todo en un pacto amistoso y sagrado con el hombre, que perdura hasta hoy y permite que no haya un lugar en el globo donde se sienta tan cerca la naturaleza.

Wp-Galapagos 19330 islas componen este archipiélago, ubicado a más de 960 km de la costa de Ecuador. Con el 97 por ciento de ellas transformadas en Parque Nacional, Galápagos recibe 180 mil turistas al año. El mensaje por la conservación es claro: “No molestes, y no te molestarán”. De Galápagos no se llevan más que muy buenos recuerdos y las mejores fotos, incluso para los más inexpertos.

Mi punto de partida es Puerto Ayora, en la isla Santa Cruz, la capital turística del archipiélago. Se ve como cualquier pueblito del Caribe. Casas de colores, calles empredadas, tiendas de souvenir repletas de turistas, pueden hacer pensar que se está en el lugar equivocado, pero lo mejor está por venir. Ideal para comprar lo indispensable: bloqueador, repelente y unas buenas dosis de ‘mareol’, la versión local de dopamina; porque la mejor forma de recorrer los 8 mil kilómetros del archipiélago es navegando.

Santa Cruz, como el dos por ciento del territorio habitado de Galápagos, fue una tranquila hacienda azucarera, donde sólo llegaba un barco al año. Eso hasta 1960 cuando empezaron los vuelos comerciales. A sólo 15 minutos de taxi-lancha está Puerto Ayora. Vale la pena quedarse, pasear por el malecón, y despertarse temprano. Sorprende el mercado local y la amabilidad. Una buena conversación consigue langostas, tilapias o mahi mahis a menos de 10 dólares. De ahí mirar el mapa y decidir. La opción es variada; Isabela, Española, Santa Cruz, Genovesa y Fernandina, son las imperdibles.

Cuando Darwin visitó Galápagos en septiembre de 1835, describió con cuidado los animales que había al otro lado del mundo. Se acordó de todos, menos de uno: las iguanas marinas. “Criaturas de aspecto horrendo, de color negro sucio, estúpidas y torpes en sus movimientos”. Al contrario del naturalista, hoy la aclamación por estos animales es tremenda y muchos turistas llegan sólo por verlas. A Fernandina la llaman ‘La ciudad de las iguanas’ y es el mejor lugar para entender que Darwin podría estar equivocado.

Al llegar se deben vigilar los pasos, hay miles y es fácil pisarlas. La recomendación es “no tenga miedo de mirar, ni tema ser mirado”, alejarse de chillidos de turistas y disfrutar del ambiente. Se escuchará un particular coro formado de escupitajos.

A diferencia de sus primas coloridas del Trópico, estas iguanas extendieron sus cuerpos, transformando sus patas en aletas. Su instinto suicida, en un piquero es lo que vale la pena fotografiar y llevarse un pedazo de prehistoria.

Aquí también se refugiaron piratas y todo tipo de personajes. Entre las nieblas del Pacífico, las islas desaparecen, lo que las llevó a ganarse el nombre de ‘Las encantadas’. Llegaban muchos, que nunca más volvieron a verse. Un sinfín de fantasías, pero también anécdotas notables, como la de Floreana.

La baronesa Von Wagner arrancó a esta isla en 1930. La siguieron sus tres amantes. A la semana se autoproclamó princesa y comenzó a construir un hotel de lujo, que jamás terminó. Con Phillipson, el favorito, la honorable partió a Tahiti, pero nunca más nadie la volvió a ver ni a ella ni a sus amantes. Hoy de eso quedan leyendas y un muy buen paseo.

El Mirador de la Baronesa es un imperdible. Desde arriba, se entienden sus locuras y se pasea por bosques de manglares y Palo Santo. En el mar se miran flamencos, tortugas y lobos marinos. Vale la pena animase al buceo y nadar con los tiburones de punta blanca, que son más chicos e inofensivos que los blancos. “No tengan miedo, en Galápagos no muerden a los turistas, sólo se confunden”, explica un guía.

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Pero la fama de este archipielago viene de sus gigantes tortugas, que pesan hasta más de 250 kilos. Los registros aseguran que fueron testigos silenciosos de siglos de invasión y que llegaron a Galápagos desde el inicio. Incluso Darwin creía que eran sobrevivientes del Arca de Noé. Las tortugas pueden vivir hasta 150 años y como dicen los locales “nadie sabe lo que saben las tortugas”, pero su conservación es conocida y una lucha. Más de 20 mil quedan hoy. Todo un logro para los científicos que en 1974 se alarmaron porque sólo había tres mil.

10 millones de dólares anuales es el presupuesto invertido para la conservación, un desafío que atrae a cientos de voluntarios en los diferentes centros de conservación. En el Centro Darwin, ubicado en la isla San Cristóbal, se explica con detalle cómo se conservan y cómo cada vez que en las islas despobladas se encuentran, aunque sea montones de fecas frescas, el mundo debería volver a sonreír.

No existieron originarios en Galápagos y quienes lo habitan llegaron del continente. La historia del humano acá tiene menos de 100 años, pero es una de las principales preocupaciones de las autoridades. Sólo cuatro de 13 islas pueden ser habitadas, lo que corresponde a un dos por ciento de su territorio total. La tarea es grande y no sólo exige control, sino también educación.

Los esfuerzos de conservación van de la mano del control de inmigración, que desde 1998 limita la residencia y la circulación de locales y extranjeros en el territorio.
“En Galápagos los seres humanos no somos necesarios, pero la naturaleza sí, es por eso que todos los días trabajamos para que ésta siga existiendo igual que cuando llegamos”, comenta el director del Parque Nacional de Galápagos, Edwin Tapia. Este funciona desde 1968, y es el responsable de la conservación, la educación y la fiscalización para el cuidado de la isla.

Para Tapia, el problema no son los locales, sino las personas que se sienten atraídas y vienen con la forma de vida del continente. “Para vivir acá necesito otra forma de pensar. No puedo comprarme dos carros, ni plantar flores que vienen de afuera, porque expongo a que lleguen nuevas plagas. No necesito grandes malls y así la lista suma y sigue. Ser galapagueño, es un gran honor, pero a la vez una enorme responsabilidad”, concluye. Wp-Galapagos 290

Darwin tenía 26 años cuando llegó a las costas de Genovesa. La hoy famosa Isla de los Pájaros. Observó cómo los pequeños pinzones, que se veían en otras partes del mundo, en Galápagos cambiaban para sobrevivir la forma de sus picos y sus alas. A eso lo llamó evolución.
Llegar hasta Genovesa no es fácil, ya que es una de las islas más alejadas de todas.

Desde Darwin, se mantiene intacta. Una superficie rocosa, que hace pensar que se entrará a un volcán. Luego, entre precipicios los Prince Edward Steps, una escalera deja en la cima. Allí es buena idea cerrar los ojos y abrir los oídos para escuchar la mezcla de cantos y graznidos de más de cien tipos de pájaros; fragatas, piqueros azules, albatros, pinzones, son por nombrar algunos de los que se ven. La mejor época para visitarla es en primavera, donde las imágenes estilo NatGeo abundan; un simpático de patas azules y pico rojo le baila a su compañera, ofreciéndole palitos. En Galápagos está permitido acercarse lo necesario para inmortalizar este nuevo encuentro.