Ha pasado más de medio milenio desde que banqueros, artistas, mercantes y príncipes crearon un nuevo modelo de sociedad gracias a una extraordinaria concentración de inteligencia y talento, pero sobre todo, gracias al uso continuo de la imaginación, aplicada al arte, la técnica, la política y la economía, haciendo que una pequeña ciudad en las orillas del río Arno dejara una huella imborrable en la historia y se convirtiera en la cuna del Renacimiento y la lengua italiana. Con sus palacios, iglesias y monumentos que narran la historia del arte, la ciudad es un verdadero museo al aire libre. Sus calles, hoy invadidas por turistas, son las mismas que en algún momento recorrieron las mentes más ilustres de la historia, como Leonardo Da Vinci, Michelangelo, Galileo Galilei, Giotto y Dante Alighieri.

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Es obligación visitar el Duomo, la basílica de Santa Croce, la Galleria degli Uffizi,  la Galleria dell’Accademia, el Palazzo Pitti o el Ponte Vecchio incluso si no es la primera vez que se recorre la ciudad. Pero entre estos lugares de culto se encuentra un verdadero tesoro de la humanidad: el centro histórico de Florencia, un lugar mágico donde el tiempo parece no avanzar ni ser capaz de borrar las huellas de la historia. Al caminar por sus estrechas calles medievales impregnadas de recuerdos es fácil imaginar la vida ahí durante el siglo XIII, los antiguos edificios de piedra con enormes puertas de madera aún mantienen los porta antorchas, candelabros y los anillos de fierro para atar a los caballos. Las tradicionales botteghe de artesanos reviven una atmósfera mística, propia de una ambientación poética, los colores y perfumes de la mañana encantan como los primeros rayos de sol cayendo sobre el mármol toscano de la basílica de Santa María del Fiore. 

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La ciudad es parte de una belleza tan grande e impresionante que cuando el escritor francés Henri Beyle la visitó en el siglo XIX sufrió una fuerte reacción romántica frente a la acumulación de belleza y exuberancia artística presente en el lugar, síntoma que hoy conocemos como el síndrome de Stendhal. Por esto no es raro ver parejas de enamorados caminar por el Ponte Vecchio, subir al carrusel de Piazza Repubblica o disfrutar del atardecer frente al Arno.

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No oír hablar de la figura de Dante Alighieri estando en Florencia es imposible, no sólo porque su imagen está inmortalizada en monumentos como el de Piazza Santa Croce o el que descansa junto a las figuras de los otros ciudadanos ilustres al exterior de la Galleria degli Uffizi. Si no, porque su obra más famosa, La divina comedia, envuelve a la ciudad con una alegoría de la vida humana a través de un poema épico en el cual participan personajes reales de la historia fiorentina. En el canto dos del infierno nos topamos por primera vez con Beatriz, quien salvará la identidad del poeta enviándole la ayuda del maestro Virgilio y reaparecerá en el canto 30 del purgatorio para abrirle las puertas del paraíso y enseñarle la naturaleza del amor divino, ahí, en ese lugar donde existe un completo abandono del alma. Esta musa a la que Dante expresa amor y dependencia está inspirada en Beatriz Portinari, una mujer de carne y hueso que en vida representó un amor puro y sin egoísmo. 

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La primera vez que Dante vio a Beatriz, tenía 9 años y aunque no se hablaron, este momento fue el encuentro decisivo de su vida, el futuro poeta guardó en su memoria el rostro que ocho años más tarde reconocería en la dulce mirada de Beatriz, con quien se sintió predestinado sufriendo un cambio que le significó una maduración humana y poética que describió en su primera obra, Vita Nuova, como una renovación de la vida al enamorarse.    

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No tiene que haber sido fácil estar separados. Dante vivía a 20 metros de la iglesia a la que asistía Beatriz con su familia, se encontraban en la estrecha Via Santa Margherita, sus miradas se cruzaban, se buscaban sólo para transmitir lo que nunca llegaron a decirse, sus manos nunca se tocaron ni sus labios se besaron. El escribía poemas en los que ella se veía reflejada, los cuales eran cantados de memoria o leídos en la plaza, y esto fue todo lo que se le permitió a su amor. Ambos estaban ya comprometidos y cuando Beatriz se convirtió en la mujer del banquero Simone dei Bardi, este amor adquirió un significado diferente y libre de todo pensamiento ligado a la realidad terrenal estimulando una profunda introspección humana y moral en el poeta, quien a su vez contrajo matrimonio con Gemma Donati. 

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A los 24 años Beatriz se contagió con la peste negra y Dante se obsesionó con la idea de su muerte y escribió: “comencé a sufrir como una persona frenética y a imaginar que el sol poco a poco se enturbiaba, aparecían las estrellas y lloraban, los pájaros caían volando por el aire y la tierra temblaba”. Al poco tiempo recibía la noticia: Beatriz ha salido de este mundo. El sommo poeta sólo pudo seguir de lejos el cortejo acercándose a su tumba cuando todos se habían retirado de la iglesia. Después de esto se refugió en la poesía y la filosofía y decidió no escribir más sobre ella hasta lograr decir “lo que nunca de nadie se ha dicho”. Así Beatriz regresará finalmente, como valor supremo de la poesía dantesca y de la eternidad del amor para guiar a Dante en el último y definitivo viaje al paraíso, simbolizando la salvación absoluta en el ideal más alto y puro del Dolce Stil Novo, La divina comedia, donde declara para la eternidad su amor: “Beatriz, guíame hacia el paraíso, nuestro amor no es terrenal, porque este sentimiento es tan inmenso que no lo supera el amor de Dios por la humanidad”.

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Me quedé en el hotel Firenze, que una vez fue la casa en la que nació y vivió Gemma Donati. Desde la ventana de mi habitación podía ver la cúpula de Brunelleschi, durante la noche ésta me llamaba, me pedía atención y yo se la daba, podía estar horas tendida sobre la cama sin dormir con los ojos fijos sobre ella. 

A la mañana siguiente me levanté a las 6 AM para fotografiar el Duomo sin turistas, y a esa hora, cuando llegan los camiones desde el mercado a los bares para descargar la mercadería y los cargadores saludan a las señoras que pasan por la piazza, o cuando los guardias de la cattedrale se ríen y bromean entre ellos antes de acomodar las cintas de la entrada, mi mente había dejado atrás todo pensamiento ligado a esta historia. Sin embargo, bastó dar vuelta a la esquina para encontrarme con el rostro del poeta pintado sobre la cortina metálica de un café. Ahí estaba el padre de la literatura haciéndose presente. Cuando volví al hotel le pregunté al recepcionista si había algún lugar donde pudiera encontrar información sobre Dante Alighieri, y me contó que tan sólo a una cuadra hay un museo en la que fue su casa. Está ubicado justo frente a la iglesia de Santa Margherita dei Cerchi, la que todos conocen como la de Dante y Beatriz porque era el lugar donde tenían la posibilidad de encontrarse e intercambiar miradas, además es aquí donde se produce el fenómeno de los mensajes para Beatriz: cartas dejadas por la gente sobre la tumba de ella, las que han transformado este lugar en un símbolo para los enamorados, especialmente para aquellos que pasan la vida sin juntarse jamás.

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En el interior de la iglesia hay cuadros que narran de manera ficticia el instante preciso en el cual Dante se enamora de Beatriz, todo está vagamente iluminado por la luz que se filtra por la diminuta puerta principal y por las velas encendidas como ofrenda, como si el lugar fuera un terreno sagrado donde el amor es poesía y espiritualidad. Avanzando por las bancas de repente me topé con la tumba de Beatriz, junto a ella había un canasto lleno de papeles, cuando me acerqué y empecé a mirarlos me di cuenta de que no eran cartas, eran boletos de tren, impuestos fiscales, entradas de museos, postales, páginas de agendas, el envoltorio de un panino, pañuelos y servilletas de un bar. Medios usados a la rápida, de forma desesperada sobre los cuales el amor es invocado, declarado, lamentado, celebrado, e incluso rogado. En estos mensajes encontré sueños, deseos, miedos y esperanza: “Tú que con tu belleza iluminaste el corazón de Dante, ilumínanos de amor”, “Beatrice ayúdame a saber si él y yo estamos hechos para estar juntos”, “Beatrice, por favor te pido, haz que él venga a mí”, “Haz que ésta vez sea la correcta”. La caligrafía, el idioma y la gramática son el testimonio de que quienes escriben pertenecen a todas las edades y nacionalidades. Todas personas diferentes con algo en común: sufren, se desesperan, se han desilusionado pero aún creen. 

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Estaba sumergida entre los mensajes y los estaba leyendo uno por uno aislada completamente de todo lo que me rodeaba cuando se me acercó el párroco Roberto. Me contó que no sabe cómo empezaron a aparecer, pero encontró los primeros mensajes el 2006. Todas las noches los recoge y los lleva a su casa donde los conserva dentro de cajas porque no cree justo tirar algo que contiene tanta emoción. Seguíamos conversando cuando una mujer se acercó y sin decir nada dejó en el canasto un papel doblado por la mitad, el que por respeto no leí y fue gracias a este gesto que entendí que en realidad poco importa si este fenómeno nació como un juego o como una copia de lo que desde hace tiempo ocurre en Verona con Julieta, lo importante es que una vez iniciado no se detuvo más, guiado por el mismo sentimiento que Dante señala en el último verso de La divina comedia: “El amor que mueve el sol y las demás estrellas”.  

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