ARAUCANÍA, LA FUERZA DE LA MONTAÑA

La Reserva Nacional de Malalcahuello es un escenario majestuoso. Blanca cordillera y bosques de araucarias milenarias, son la postal perfecta para entusiasmarse con un lugar que pocos visitan en invierno y que vale la pena recorrer en auto. ¿Imperdible?: Las Raíces. Un antiguo túnel ferroviario de 4.500 metros (uno de los más largos de América Latina), construido con raíces de araucarias y que une las comunas de Lonquimay y Curacautín. Desde el  kilómetro dos no se ve ningún extremo del túnel. Buen momento para disfrutar,  ya que sólo dejan pasar un auto a la vez. 

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En la entrada de la reserva Malalcahuello, unos metros antes, está Corralco, el nuevo centro de esquí, instalado en las faldas del Lonquimay desde el 2012. En la cocina de su restorán encontramos el secreto mejor guardado para el montañista; la sopa de piñón con crutones de queso de cabra.

Pedro Salazar es el chef que llegó hasta acá después de una larga temporada en el Cabalino de Toronto. “Me motivan los ingredientes locales y el proyecto exigía comenzar desde cero”, cuenta. 

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La preparación de los piñones es lenta, requiere paciencia y tiempo. Imagínese instalarse con esta sopa al lado de alguna de las chimeneas centrales. Es el premio perfecto para un día de excursión.

SAN PEDRO DE ATACAMA, BAJO LAS ESTRELLAS

La noche del desierto más árido del planeta es mágica. Fría y silenciosa, pero con el universo como techo. Los mejores panoramas comienzan cuando el sol se va. 

La altura, la sequedad y poca luminosidad de los cielos permiten mirar las estrellas, los planetas y las galaxias como en ninguna otra latitud de la Tierra. No por nada se instaló allí el proyecto Alma —el ojo telescópico de 66 antenas que miran al cosmos— y el más grande del mundo. 

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Pero con los pies y los ojos puestos en la tierra también hay mucho que hacer. En el hotel Terra Atacama prenden fogatas en pleno desierto y junto a un chocolate caliente, guías especializados, cuentan historias de las estrellas y los atacameños.

“El fuego es tradición acá. Los turistas de todas partes del mundo se reúnen en el desierto. Frente a las chimeneas se comparten las experiencias del día y se toman buenos vinos”, cuenta el chef Francisco Valencia. 

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También se puede escoger la terraza. El volcán Licancabur en pleno y gastronomía local crean una atmósfera altiplánica, que ofrece carne de cabrito o de llamo, acompañado de un carménère. 

 “Acá todas las noches son sábado”, aseguran los locales. Para comprobarlo el recorrido obligado es la calle Caracoles, donde la oferta de restoranes y bares abunda. Ojo con el Café Adobe, donde lo esperarán con el clásico fogón en el centro y el pisco sour, una acertada alternativa para calentar una de las noches más frías del planeta. 

CORDILLERA CENTRAL, ATARDECER DE FUEGO

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El atardecer de la montaña es un espectáculo grande, único y generoso. Alcanza para todos y no está reservado sólo para los que saben esquiar. Hay infinitas formas de disfrutarlo, incluso desde la intemperie. Y si hay algún lugar para perderse mirando un rato el fuego, ese puede ser los Andes centrales, muy cerca de Santiago. 

Hay que partir un viernes, cuando los caminos a los centros de esquí no tienen restricción, a diferencia de lo que ocurre en la semana, por lo que se puede subir o bajar a cualquier hora. La recomendación es salir tipo cinco de la tarde, justo cuando desde Santiago la cordillera comienza a verse más clara. Todo en dirección a La Parva para alcanzar los últimos rayos de sol. 

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En 50 minutos encontrará otro mundo, donde a pesar de los cuatro grados bajo cero, se instala un ambiente playero, familiar, acogedor y cálido con todo tipo de terrazas y restoranes con sublimes vistas. 

“Me cansé de sacar fotos. Un día es más lindo que el otro”, comenta Sebastián Benítez, administrador del café Olímpico, mientras miramos embobados el atardecer desde la terraza: cielo rojo, líneas naranjas y moradas que descansan sobre una bruma gris, que creemos es Santiago.  

Acá se congregan todos y el carrete parte desde su terraza, donde nadie se congela gracias a los dos fogones del centro.

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“Para los parvinos el fuego es esencial. Si no tienes fuego acá te mueres”, agrega la ex seleccionada nacional de esquí Soledad Sallman, mientras se contornea al lado de una de las fogatas de la Marmita de Pericles, otra de las paradas del recorrido montañero. 

Si hay poca gente circulando, están todos acá. “Hemos tenido seleccionadas del equipo austríaco que bailan arriba de la mesa”, comenta. 

CHILOÉ, ENCUENTRO ANCESTRAL

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En la tierra de los chonos el fuego reúne, se escucha y se siente no sólo en la noche, o cuando está nublado, sino que a lo largo de todo el día. 

“Los antiguos habitantes de Chiloé tenían sus fogatas encendidas todo el día, porque el fuego es la base de todo”, cuenta Andrés Bravari, gerente general de Refugia en Chiloé, un hotel boutique construido hace dos años en la península de Rilán  y que abre la temporada en septiembre. 

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“La gente en la isla se alimenta y se calienta con fuego”. Fue esa misma sensación la que quisieron replicar acá. “El panorama es sentarse, entre la montaña y el mar. Hay dos chimeneas, una en el exterior y otra en el interior. Para mí el fuego es ese espacio donde te quedas pegado, que a ratos te permite meditar. Un lugar para buenas conversaciones y encuentros. Cuando las instalamos pensamos que íbamos a encenderlas sólo en los días de invierno, pero nos dimos cuenta de que a la gente le encanta estar cerca del fuego. La verdad es que ha sido un acierto para los pasajeros”, cuenta Andrés Bravari. 

Destacan los productos locales como erizos, ostras y choritos. Todo en diferentes formatos: sopas, salsas especiales. También hay cerdo adobado. Por supuesto, acompañado de un buen vino o pisco sour. No se puede dejar la isla sin probar el clásico curanto. En el Refugia se demoran dos días en prepararlo; piedras calientes, mariscos  y chapaleles, cubiertos con hojas de nalca. 

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Otro de los paseos es instalarse en una cocina al más clásico estilo de los chonos. Es lo que se encuentra en el restorán del Centro de Ocio NOI. Un fuego central y todos reunidos en torno a su calor. Desde ahí se siente la exquisitez de la comida chilota; pescados, mariscos, algas y diferentes tipos de  papas, uno de los ingredientes principales de esta cocina. Después de la comida, es bueno entusiasmarse con el must de la sobremesa chilota: el truco. Un juego donde se debe finalizar cada frase con un ‘creo’ para que después no te echen la culpa de nada. Picardía, y miradas que no despierten sospechas, así se juega esta baraja de cartas españolas.