La exigencia física de vivir rodeado de colinas, con calles muy altas como Baldwin Street —la más empinada del mundo, de acuerdo al libro de Record Guinness— no es impedimento para Stefan Reussenzehen, quien ha convertido la bicicleta en su medio de transporte. Llegó hace seis años desde Alemania y aún conserva la misma que trajo desde Bremen, donde estudió Ciencias.

No es un caso excepcional. Cada vez más son más los kiwis y los inmigrantes que adoptan la bicicleta como parte de su cotidianidad; y muchos también los turistas que llegan hasta acá para recorrer el carril más largo del mundo: 2 mil 500 kilómetros, repartidos en 23 tracks, que cubren las islas del norte y del sur.

De hecho, diferentes operadores de turismo están promoviendo el ciclismo como una forma de conocer el país. Es el caso de www.newzealand.com, que en su página dice: “Una experiencia imprescindible para los ciclistas apasionados es la ruta de ciclismo New Zealand Cycle Trail. Esta iniciativa muestra el exuberante bosque autóctono, espectaculares vistas alpinas y lugares secretos del paraíso costero que han hecho famosa a Nueva Zelanda. Todos los paseos son gratuitos y de fácil acceso, y puedes elegir hacerlos solo o con un guía”.
Pero nada de esto vio Stefan cuando decidió que la bicicleta fuera parte de su vida cotidiana. Son las ocho y media de la noche y Simone Schoenleben, su esposa, recorta papeles de colores preparando las invitaciones del cumpleaños de su hijo Gaspar, quien cumple 6 años. En medio de la intimidad familiar, Stefan cuenta que: “La bicicleta es un buen ejercicio, incluso cuando no voy tan lejos. Oxigeno mi cerebro, también es amigable con el medio ambiente. No gasto gasolina y no tengo problemas en encontrar estacionamiento. Demoro veinte minutos en ir de la casa al trabajo. Es un buen tiempo para reflexionar y procesar el día”.

—¿Y en invierno, cuando llueve, ¿cómo lo haces?
—Uso mi chaqueta y pantalones impermeables y las dos alforjas adosadas al costado de la bicicleta. Ah, y buenas luces.
—También usas un tráiler, para trasladar a tus hijos…
—Sí, es seguro. Me he dado cuenta que la gente me cede más espacio cuando voy con el tráiler. Para mayor seguridad tiene una bandera roja.
La ciudad es relativamente pequeña y las ciclovías, que las hay en gran parte de las calles, son una ventaja para esta familia que ha optado por no tomar bus. Incluso, antes de salir, les preguntan a los niños si prefieren la bicicleta o el scooter.

Por las mañanas, cuando voy al kínder, veo llegar al pequeño William en bicicleta. Tiene apenas cinco años. El no pedalea. Va sentado en una silla montada en la parte trasera de la bicicleta de su mamá, Philipa Ross. Ahora lo veo jugando en el patio de su casa junto a sus hermanos Oscar, de siete años, y Hudson, de diez. Son las ocho de la tarde. Es verano y oscurece a eso de las diez. Tim, el padre, lava los platos de la cena, y Philipa guarda los juguetes que están regados por la sala.
Nerviosa por mi cámara, se arregla el pelo. Le advierto amablemente que sólo la uso para no perder ningún detalle de la entrevista. Philipa me cuenta que la ida al kínder se hace muy fácil, ya que va en bajada y para William resulta todo una aventura descender por las colinas. Viven en Mornington, uno de los barrios más antiguos, ubicado al oeste del centro de la ciudad.

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—¿Y también lo buscas de regreso a casa?
—No, es muy pesado. Es Tim quien los trae en la tarde.
La vía que conduce a Port Chalmers es una de sus preferidas para salir con los niños. Construida sobre la antigua línea del tren, es un terreno completamente plano y aislado de la carretera, convirtiéndola en un paseo seguro para la familia. Son 10 kilómetros que bordean el mar hasta llegar a Port Chalmers, una localidad con cafés, restoranes, galerías y mucha vida cultural.

En 2013, la Península de Otago fue nombrada por la revista “Lonely Planet”, uno de los destinos Top Ten en el mundo. Durante todo el año, es visitada por turistas que quieren conocer cada rincón de este santuario de la naturaleza encallado en el mar. Sobre las altas cumbres está la Colonia de Albatros, un privilegiado lugar para observar una las más grandes aves marinas. La reserva de pingüinos y el acuario, son otras de las tantas atracciones turísticas.
Si la idea es zambullirse en la naturaleza, a sólo unos kilómetros hay reservas naturales como “Wakahoa” y “Victoria Beach”, donde los lobos marinos reposan sobre la arena. Y al atardecer, aparecen desde mar adentro, los tímidos pingüinos de ojos amarillos en busca de un lugar para pernoctar.
Es uno de los lugares preferidos por los ciclistas con rutas de considerables alturas como Highclif, que bordea la carretera y pese a que algunos de sus tramos pueden ser angostos, igualmente es segura y con vistas panorámicas hacia toda la ciudad. A su vez, hay caminos de tierra que atraviesan los campos y colinas.
Sandra Madnic es croata y hace cinco años llegó a Dunedin para enseñar en el departamento de Educación Física de la Universidad de Otago. Para ella y su marido Philip, la bicicleta es parte de sus vidas. No hay rincón de la península por donde no hayan dejado huella con su pedalear.
Son las diez de la mañana y es un domingo completamente despejado. Sandra me cuenta que el último viaje por los alrededores de la península fue de varias horas. Partieron desde la puerta de su casa en Waverley, a tan sólo unos pocos minutos de la ciclovía de Portobello Road, donde comienza la Península de Otago. Bordearon el mar hasta llegar al poblado de Portobello y luego subieron por Highclif.

Generalmente en Portobello descansan y en Highclif, se detienen a fotografiar los imperdibles parajes que se capturan desde las alturas.
También relata que han alcanzado mayores distancias hacia Taiora Head, donde termina la península. Son nada menos que 55 kilómetros de ida y vuelta en bicicleta.
—Es como recorrer el parque nacional: no se ven muchas personas, no hay muchos autos y la naturaleza ofrece una belleza descomunal. Otra de mis rutas favoritas va desde Harwood hasta Aramoana. La vista del océano es increíble. También vale la pena recorrer la cima de algunos cerros como Harwood Point, desde donde se contemplan todas las playas y la vista se pierde a lo largo de la costa —cuenta.

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Por el lado de Port Chalmers, han llegado hasta Long Beach, muy singular por sus formaciones geológicas en forma de cavernas y las altas paredes rocosas visitadas por los escaladores. Continuando por la misma ruta, nos encontramos con la playa de Purakanui y Doctors Point, a las cuales también se puede acceder por las colinas.
—Si alguna persona —acota— quiere montar bicicleta por las montañas, hay muchas rutas en Dunedin como Mount Cargill, Waitati Loop y Silver Picks.
A unas cuantas horas de Dunedin, se encuentra la Rail Trail de Central Otago, uno de los tracks más populares en la isla sur de Nueva Zelanda. La red comprende 150 kilómetros y fue construida sobre la antigua línea del tren, al igual que muchas otras vías en la isla sur. Se inicia en Clyde, pasando por Alexandra, Oamaru, Lauder, Oterehua, Weddeburn, Ranfurly, Waipiata, Kokonga, Hyde y concluye en Midelmarch. Con caminos de tierra y planos en gran parte de la red, las distancias entre un lugar y otro fluctúan entre los 10 y 30 kilómetros.

Jennifer Angelo es de Estados Unidos y desde hace cinco años que Dunedin es su hogar. Con su marido Hank Weiss, quien enseña en la Facultad de Medicina de la ciudad, hicieron la ruta que va desde Alexandra hasta Roxburgh. Luego de empacar, revisaron ambas bicicletas y partieron rumbo a Alexandra, a dos horas de Dunedin. Durmieron en un bed and breakfast y al siguiente día comenzaron la ruta que va por el río. Después de un par de horas de pedaleo, el camino se interrumpe para abordar un pequeño barco que los traslada hacia un antiguo asentamiento minero. Un lugar histórico que data de “La Fiebre del Oro” en Nueva Zelanda, hacia 1860. Aún quedan allí algunas de las rudimentarias casas de los mineros.
Ya en la otra orilla, siguieron la ruta ciclística por unas tres horas más hasta Roxburg. Esta fue su primera aventura en bicicleta por Nueva Zelanda:
—No sólo fue bicicleta, sino un paseo por la historia.