Tradicionalmente fue el secreto mejor guardado de los españoles, quienes por cercanía —a seis horas en auto desde Madrid y menos de 30 minutos en avión— se apoderaban de sus estrechas calles e imponentes miradores. Pero en los últimos años reconquistó las miradas del mundo para convertirse en destino obligado del mapa europeo. Aunque en algo contribuyó la epidemia sanitaria en Africa que ahuyentó a los turistas de sus paradisíacas playas y parques nacionales, lo cierto es que esta metrópoli levantada en el siglo XII aC sobre los restos de un antiguo campo volcánico, tiene méritos suficientes para explicar esta moda. Así lo aseguran la guía Lonely Planet, la revista National Geographic y los principales sitios de viajes que hablan de las bondades del hogar del fado, esa nostálgica melodía local con letras cargadas de poesía que vive en las tabernas del barrio Alto, donde nació en el siglo XIX.

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Los que dicen que París es la ciudad de los enamorados han sido inmunes al espíritu que habita en los alrededores del final del río Tajo, donde se anuncia imponente el Océano Atlántico. Y es que caminar bajo ese enjambre infinito de tejados de color rojizo y sentir la suave brisa que brota del encuentro de aguas y montañas, hechiza desde el primer momento. Para los chilenos es imposible no rememorar Valparaíso en sus años de gloria. Repletos de turistas, los tranvías —en perfecto estado— avanzan por el casco antiguo, adentrándose en los barrios Alto, Rossio, Carmo y Chiado hasta llegar al corazón de Baixa, el centro comercial que fue reconstruido después del terremoto del siglo XVII. Ahí, al final de la elegante Rua Augusta, donde se levanta la Praça do Comércio, más conocida como Terreiro do Paço es donde mejor se aprecia la fusión del pasado glorioso y el presente encantador. Presidida por la estatua ecuestre del rey José I, con las aguas del Tajo a un lado y el imponente arco de triunfo del siglo XIX al otro, la plaza está rodeada de museos y restoranes, donde el bacalao, emblema de la cocina local, se reinventa en originales recetas. En sus amplias terrazas, que invitan a la contemplación, los visitantes pueden degustar la ginjinha, un licor tradicional hecho con ginjas (guindas), mezcladas con alcohol (aguardiente) y azúcar junto a otros ingredientes. O bien, arriesgarse con alguno de sus mostos que provienen de once regiones vitivinícolas: Minho, Trás-os-Montes, Douro, Beiras, Lisboa, Tejo, Terras do Sado, Alentejo, Algarve, Madeira y Azores. Desde blancos frutosos a tintos con carácter, pasando por espumantes y licorosos, la oferta es excepcional.

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Dicen que la luz que envuelve a la ciudad de las siete colinas —San Jorge, San Vicente, San Roque, Santo André, Santa Catarina, Chagas y Santzana— desde el amanecer y que explica la inusual claridad de sus noches, es incomparable. Sublime han llegado a decir algunos, como el actor estadounidense John Malkovich que en los ’90 llegó a filmar la cinta El convento bajo las órdenes del afamado director Manoel de Oliveira. El romance fue fulminante. Ese je ne sais quoi portugués, como él mismo definió, fue suficiente para buscar cómo quedarse de algún modo. Así fue como mucho antes de la denominada revolución de los sentidos de la que hoy todos hablan, se decidió a abrir Bica do Sapato en Alfama, la zona antigua de la ciudad. Rodeado de un laberinto de callejuelas de impronta árabe, cercano a la Catedral, el Castillo de San Jorge y la popular calle de Portas de Antao, repleta de encantadores restoranes y espectaculares terrazas panorámicas.  

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Lejos del centro histórico, el revival se ha tomado poco a poco los 2.957 km de superficie que unen a los municipios de la zona norte de Odivelas y Loures con los del perímetro sur, desde Almada a Seixal, Barreiro, Moita, Montijo y Alcochete. Claro que hay zonas emblemáticas, como Cais do Sodré, cerca de la intersección de las avenidas Ribeira das Naus y Praça de São Paulo. Ahí, diseñadores, chefs y bartenders de fama internacional se han encargado de traer de regreso los aires cosmopolitas de antaño. “El lisboeta siempre ha sido una mezcla exquisita entre bohemia, sofisticación e intelectualidad, pero hay un cambio notable después de la Expo de 1998. Al margen del retroceso que significó la crisis, aumentaron las obras de teatro, las bienales de arte y los circuitos del diseño”, afirma María (40), sentada en una de la cafeterías de la zona.

Hace casi dos décadas llegó desde Andalucía y nunca más se fue. “Me encantó el ritmo de la ciudad y aunque la afluencia de turistas explotó en los últimos años, hay un aire provinciano que no se evapora. Además, todo está cerca y es más económico que el resto de Europa. En un día puedes ir a la mejor playa de Estoril y perderte en las montañas de Sintra, donde descansaban las monarquías. Vivir aquí es un privilegio”. 

Por su ubicación estratégica, Lisboa fue clave a lo largo de la historia. Según la mitología, Ulises habría sido quien la bautizó con el nombre de Olissipo después de ganar la batalla de Troya. Invadida por los árabes y las tropas de Alfonso II de Asturias durante la Edad Media, alcanzó su máximo esplendor entre el siglo XVI y XVII, cuando manejaba el comercio de toda Europa con India y además recibía todo el oro de Brasil. Esa opulencia está en la inspiración de los nuevos creadores. Si en el pasado fue la poesía de Fernando Pessoa y la narrativa del Premio Nobel de Literatura José Saramago el mejor reflejo del espíritu lisboeta, hoy el arte y el diseño llevan la batuta. Esto es lo que permite que en una esquina se puedan encontrar sardinas, jabones o bordados fabricados al modo del siglo XIX y en la otra, tiendas con el diseño más innovador que podría encontrarse en Berlín o Tokio. Por algo, las principales revistas de diseño del mundo han puesto sus ojos en el barrio Alcántara, donde se encuentra la Librería Ler Devagar que impresiona por su espacio y concepto, el centro de industrias creativas LX Factory y el Museo del Diseño y la Moda (MUDE).  

Menos fashionista, los barrios de Anjos, Mouraria e Intendente también atraen a los visitantes con su incesante oferta de charlas, exposiciones, cenas solidarias, conciertos y mercadillos. Ahí, en la antigua fábrica Viúva Lamego funciona A Vida Portuguesa, una firma de decoración cuya línea estética representa a la perfección la colororida genética local. Al igual que el palacete del siglo XIX que hoy alberga la Casa Independente, otro de los grandes focos artísticos de la zona. Decorado al estilo vintage, ofrece habitaciones para trabajar y una cafetería con terraza donde se realizan conciertos, charlas, debates, sesiones de Dj’s y talleres. Hogar de artistas, profesionales y extranjeros, la zona fue bautizada por los españoles como el ‘Lavapies’ lisboeta en alusión al bohemio barrio madrileño que igualmente funciona como laboratorio de tendencias y estilos. Pero también como prueba que de alguna u otra forma, ellos llegaron primero que el resto del turismo europeo.