Hace 130 años el ingeniero belga George Nagelmackers, después de haber recorrido los Pullman en Estados Unidos, tuvo un sueño: conseguir la construcción del tren más lujoso del mundo. Un par de años más tarde, en octubre de 1883, el Orient Express realizó su primer viaje. París-Estambul fue la ruta escogida para el derroche de lujo. “Llegamos sin fatiga y en perfectas condiciones”, dijo el primer titular  de Le Figaro al día siguiente. Con cada viaje la Gare de Strasbourg se plagaba de curiosos y periodistas que atestaban la llegada del tren para mirarlo por fuera —sólo unos privilegiados tenían derecho a recorrerlo por dentro—. Leon Tolstoi, Graham Greene, Marlen Dietrich, Ernest Hemingway  y Agatha Christie —quien conoció a su marido en uno de sus vagones— fueron algunos de los que se paseaban por los pasillos del tren, buscando inspiración y elegancia, además de la calefacción y el agua caliente, servicios únicos para la época. 

Hoy “el rey de los trenes y el tren para reyes”, como se le llamó por años, sigue vigente sin renunciar a su encanto. Las incrustaciones de cristal Lalique en sus vidrios, la tapicería de gobelino, las cortinas de terciopelo y las sábanas de seda de cubiertas que se transforman del día a la noche son parte de los lujos que habitan sus carros. Cada uno de éstos ha sido decorado de manera diferente. Así por ejemplo, en el salón Côte d’ Azur se sirve la comida al más puro estilo Art Noveau. La ebanistería recoge figuras florales del Art Déco y diseños geométricos tallados.

Un apunte —más allá de los shows de magia y de la música al estilo de El Gran Gatsby—, el dresscode es elegante de noche y chic de día. Para que lo tenga en cuenta en caso de que decida hacer este viaje en el tiempo.

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