Una avenida de pinos enormes, añosos. Una ruta ancha y empedrada. Más allá, al final de ese camino, cuando se acaba la generosa sombra de los árboles, el sol golpea pesado. Es verano, el reloj recién marca las 10 A.M. Súbitamente, el grupo de visitantes se detiene. En ese minuto comienza para ellos un viaje al pasado. 

A la derecha, majestuoso, impresionante, enclavado en la ladera del monte Sión, se levanta el Gran Teatro de Efeso, el mayor de Asia Menor, que fue terminado de construir por los romanos entre los años 41 y 117 d.C. Con sus enormes galerías circulares que en su momento fueron capaces de albergar a 24 mil 500 personas, está diseñado a la perfección. Una vez dentro, uno cae también en la cuenta de que su acústica es impecable y que cada piso multiplica armónica y proporcionalmente los sonidos que emanan de la arena central en cada una de sus 66 hileras de asientos. 

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El teatro es el primer hito de este centro arqueológico, ubicado a una hora en avión de Estambul, a 80 kilómetros de la ciudad de Izmir y a tres del pintoresco pueblo de Selcuk. Las excavaciones fueron iniciadas por arqueólogos ingleses en el siglo XIX y se cree que recién se ha hallado tan solo un 20 por ciento de lo que podría encontrarse.

Desde el teatro se accede a las dos arterias principales: la Calle del Puerto y la Vía del Mármol.

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La Calle del Puerto o Vía Arcediano fue una importante arteria comercial en la época romana pero ya no conduce a puerto alguno, pues a partir del siglo V el mar comenzó a retroceder a causa de los sedimentos que fueron depositando los sucesivos aluviones del río Caístro. Esta calle fue la primera en el mundo en ser iluminada durante la noche mediante antorchas y aún se conservan los cimientos de las intrincadas galerías semisubterráneas que existían a ambos lados de ella.

La Vía del Mármol, en tanto, nacía en el templo de Artemisa, ubicado a unos dos kilómetros de distancia. Le debe su nombre a que buena parte de ella fue pavimentada en mármol a partir del siglo V, obra que se atribuye por un rico efesio llamado Eutropio y que se reservó como una calzada exclusiva para vehículos de dos ruedas. Una curiosidad a mitad de camino. Una piedra de mármol marcada con dos dibujos: la silueta de un pie que apunta en una determinada dirección y, a su lado, la de una mujer. Los arqueólogos descubrieron que se trata de una suerte de aviso publicitario: indicaba al visitante dónde se situaba el burdel de la ciudad.

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A un centenar de metros, en la Vía de los Curetos, están las Casas de la Colina. Por una entrada extra (5 euros), pueden recorrerse estas viviendas que pertenecieron a las familias más ilustres y apreciar en ellas no sólo frescos y mosaicos, sino también letrinas, sistemas de calefacción y tuberías hechas de barro cocido para conducir el agua. 

Seguimos el recorrido por el mundo clásico. No hay una nube en el cielo y la temperatura sigue subiendo. En las ruinas del Agora del Comercio —una gran explanada que en su momento tuvo cien metros por lado— aún se deja ver el esplendor de esta urbe que tras la conquista romana se convirtió en uno de los grandes polos culturales, políticos y comerciales del antiguo Occidente. Se calcula que en la época del emperador Augusto, año 27, vivían aquí 200 mil personas. La monumental puerta por la que se accedía a este mercado lleva el nombre de los dos esclavos que la construyeron en honor al mismo Augusto que les habría concedido la libertad, Mazeo y Mitrídates.

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La Vía del Mármol muere en lo que es probablemente el hito más relevante y bien conservado de Efeso: la biblioteca de Celso, fundada el año 110 d.C. por Cayo Julio Aquila en honor a su padre, senador romano y procónsul en Asia. Es, simplemente, una maravilla arquitectónica y un lujo arqueológico, que hay que recorrer paso a paso y con los sentidos muy alertas. Su frontis tiene tres puertas custodiadas por cuatro estatuas que representan las virtudes de Celso: La Reflexión, La Sabiduría, El Valor y El Conocimiento.

En la galería de la segunda planta llegaron a almacenarse 12 mil pergaminos que guardaban buena parte de la sabiduría de la época. Quizá por su monumentalidad, quizá por su magnífico estado de conservación, al caminar por sus ruinas, no cuesta nada imaginarse en ella a los visitantes más ilustres que registra la historia de la ciudad: Cicerón, Julio César, Cleopatra y Marco Antonio, los emperadores Trajano y Adriano, San Pablo (que predicó aquí entre los años 55 y 58) y San Juan. Y la mismísima Virgen María.

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Muchos antecedentes históricos y otros tantos que se encuentran en el Evangelio indican que San Juan y la Virgen María vivieron aquí tras la muerte de Jesús. Habrían llegado, alrededor del año 42, buscando seguridad en los días de persecución de los cristianos, pero también para evitar que, muerto su hijo, se creara un culto indebido en torno a la figura de la Virgen.

Hoy, tanto la casa de María como la tumba de San Juan son importantes centros de peregrinación para el mundo católico.

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En Selcuk se pueden ver los restos de la Basílica de San Juan (junto a la mezquita de Isa Bey), que fue construida el año 548 por el emperador Justiniano y su esposa Theodora, sobre lo que se cree era la tumba del apóstol. De estilo bizantino, fue levantada en piedra y ladrillo, técnica muy inusual para la época y tenía forma de cruz bajo seis grandes cúpulas.

A unos 10 kilómetros de allí, siguiendo una ruta serpenteante y arbolada que remonta la montaña Bülbül, se llega al lugar donde María habría pasado sus últimos años, Meryem Ana. El sitio fue descubierto a fines del siglo XIX por una serie de expediciones de sacerdotes y arqueólogos que llegaron conducidos por las precisas señas que la religiosa y vidente Catalina de Emmerich había indicado en su libro La vida de la Santísima Virgen. Muy rápidamente Meryem Ana se convirtió en un importante centro de devoción mariana. En 1951 Pío XII concedió a estas peregrinaciones las mismas indulgencias que tenían los Santos Lugares. Tres Papas han estado allí en el curso de los años: Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI.

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Más allá de las creencias y la fe, la visita resulta absolutamente sobrecogedora y la pequeña casa invita a la oración. El recorrido se realiza en una ordenada fila y completo silencio, pasando por dos pequeñas bóvedas para llegar al oratorio y a una pequeña habitación contigua que, se cree, correspondía al aposento de María.

No se puede abandonar Efeso sin ver por lo que fue el Templo de Artemisa, la diosa griega de la caza y la naturaleza (Diana para los romanos) y que constituyó una de las Siete Maravillas del mundo antiguo. Probablemente fue uno de los más significativos del universo helénico con sus 127 columnas de 18 metros de alto cada una. No por nada, cuenta la leyenda, tardaron 120 años en construirlo. Ya en los días de la decadencia del Imperio Romano, fue destruido por los godos el año 262. Hoy queda en pie solo una de esas magníficas columnas, que es la encargada de despedir al visitante de este inolvidable viaje al pasado.