A veces las aparentes malas noticias se transforman, en cosa de segundos, en uno de esos instantes mágicos de felicidad que una conserva para siempre en la memoria. “Lo hermoso de la vida es la incertidumbre del futuro”, como escribió en su Gracia y el forastero el periodista chileno Guillermo Blanco, y en esa frase que pensé después del regalo que recibí –la lección de vida, quizá– esa madrugada del lunes 10 de noviembre pasado cuando me desperté de madrugada en el hotel St. Regis de Doha.

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Había sido un día intenso de actividades y nos esperaba una jornada igualmente recargada en la capital de Qatar, en el Medio Oriente. Solamente por esa razón, despertarme a las cinco de la mañana en la lujosa pieza del hotel –donde cambian la almohada según las preferencias del huésped, a la carta– tuvo un leve sabor de amargura. Luego –por lo que vendría– pensé: ¿por qué siempre las personas tenemos que quejarnos de algo, pese a estar viviendo una aventura espectacular? Pero esa madrugada –repito– estaba ciertamente enrabiada por no poder dormir.

Aprovechando el cambio horario con Chile –donde eran las once de la noche– tomé el Whatsapp y comencé a conversar con la gente hasta que una persona, quizá harta de mi queja sobre el insomnio, me preguntó si en Doha estaba amaneciendo. Le contesté que efectivamente ya se acababa la oscuridad de la noche y, para probarlo, tomé una foto con la camarita del móvil desde mi ventana. Cuando observó lo que yo estaba viendo, casi al mismo tiempo en que yo tomaba conciencia de lo que estaba viendo, me preguntó con indignación: “¿Qué diablos haces metida en la pieza del hotel y por qué no bajas ahora mismo?”.

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El paisaje era maravilloso e irrepetible: el sol aparecía por el Golfo Pérsico con furia y con sus tonos anaranjados, más propios de las tardes que de las mañanas, parecía inundarlo todo. Abajo estaba la piscina enorme del St. Regis absolutamente vacía, casi al lado del océano, con sus reposeras al estilo de Sex and the city. El reloj marcaba las seis de la mañana cuando, según observé todavía desde arriba, una turista mayor hacía debutar la pileta. No me quedó otra opción que darme cuenta del momento único que estaba viviendo, ponerme un traje de baño, taparme con la bata blanca y larga que ponen a tu disposición y bajar hasta el primer piso. Recuerdo ese camino como un momento de felicidad intensa, como la de los niños antes de abrir sus paquetes de Navidad.

El agua estaba a una temperatura perfecta y toda esa piscina fue por un par de horas casi exclusivamente para mí. Nadar mirando el golfo hacia un lado, y el impresionante hotel St. Regis en dirección opuesta, fue una experiencia que –pensé– ojalá mucha gente pudiera vivir alguna vez en la vida. Bien vale mucho esfuerzo de quien pueda permitírselo. Tener la certeza de que estaba en un momento y en un lugar único –cuando el cronograma decía que tendría que haber estado durmiendo– quizá me hizo disfrutar intensamente esa experiencia. La quise registrar en mi mente, como la foto que tomé con mi iPhone desde el piso 8, para que esa sensación corporal y espiritual no se fuera nunca. Para jamás olvidar nuestras pequeñas y grandes fortunas, que pueden estar a la vuelta de la esquina en Santiago o –como me sucedió a mí, con tanta suerte– en el corazón del Medio Oriente por dos días formidables.

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A Doha se puede llegar directo a través de Qatar Airways desde Buenos Aires, con una parada de una hora en Sao Paulo, sin necesidad de bajarse del avión. En definitiva, en 14 horas se llega desde Latinoamérica hasta el país que ostenta la mayor renta per cápita del mundo gracias a sus espectaculares reservas de gas y petróleo. Viajar en business en esta aerolínea es, básicamente, un placer: difícilmente alguien se quiera bajar demasiado rápido. Porque apenas una se sube, incluso antes de sentarse, la tripulación trabaja para hacer sentir al pasajero que estar entre las nubes es un sueño. Con sus trajes elegantes de color burdeos, estas mujeres y hombres parecen conformar una especie de ejército que funciona con precisión para que todo sea perfecto. La atención es absolutamente personalizada: una azafata, calculo, para unos cuatro pasajeros.

“Voy a viajar preocupada por si vas incómoda”, me dijo una muchacha argentina que iba en clase turista y que pasó por business antes de ubicarse en su asiento, con esa ironía simpática de los trasandinos. No la culpo: es fácil deslumbrarse. He visto muchas clases ejecutivas y viajado en otras, pero lo de Qatar Airways impresiona. Antes de despegar, como por arte de magia, tienes entre las manos la carta de vinos y champañas, de primer nivel. Escojo un dulce y exquisito Tokaji de 2008, tradicional de Hungría. Con la copa en la mano, acompañada de frutos secos que sirven con una tibieza exquisita, los pasajeros se acomodan en sus asientos. Nadie que no tenga un poco de curiosidad puede no jugar en algún momento con la treintena de posiciones que tienen para la cabeza, el cuello, la espalda, las piernas y los pies. Apretar el botón de los masajes corporales para, simplemente, darse un pequeño y merecido gusto.

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En el aire los tripulantes dan una nueva sorpresa: junto con el bolsito de Salvatore Ferragamo con perfumes y cremas, reparten de regalo un pijama de Qatar Airways, con sus respectivas zapatillas de levantarse y calcetines, todo en color gris. En esta aerolínea –pienso– realmente se puede dormir, sobre todo después de comprobar que el asiento se inclina en 180 grados. Pero antes de instalarse los audífonos que abstraen casi totalmente cualquier tipo de ruido, es imposible no tentarse con la carta de platos que, durante las 14 horas de vuelo, estarán disponibles en cualquier momento para el pasajero. No existe un horario fijo para los desayunos, almuerzos y comidas, elegidas por un equipo de chef como el inglés Tom Aitken. Cada persona escoge según sus propios horarios y sus antojos particulares lo que tiene ganas de probar. Una buena opción es comenzar con un tradicional hummus árabe, servido coquetamente. Ni la opción liviana, sin embargo, permite que se deje de lado la cajita de Godiva que las azafatas dejan en tu asiento. Los chocolates de lujo belgas son realmente exquisitos y resultan perfectos antes de elegir entre las mil opciones audiovisuales que existen a bordo. Escojo El hombre más buscado, con Philip Seymour Hoffman.

Por todo esto y otras razones —repito— difícilmente alguien se quiera bajar demasiado rápido de estos aviones, que no superan los cuatro años de antigüedad. Pero la llegada al aeropuerto internacional Hamad no provoca ningún disgusto, sino todo lo contrario. El centro de operaciones de Qatar Airways fue inaugurado en mayo pasado después de diez años de construcción. La edificación da cuenta que lo que pretende este pequeño país de Oriente próximo: inventar su futuro y ganar influencia en el contexto global, con ambición y riqueza. Trasladarse en un carrito permite una vista panorámica de sus 25.000 metros cuadrados de instalaciones modernas con tiendas de lujo como Hermès, Rolex, Michael Kors. Los turistas y empresarios –observo– comienzan a confundirse con la población local: ellos con sus tradicionales trajes blancos y ellas, de negro con la cabeza cubierta de mil maneras diferentes. Llevan las cejas pintadas, algunas tatuadas, los labios perfilados y muchas joyas de oro. La escena en Hamad es observada por Teddy bear, el gigante oso amarillo. Creado por Urs Fischer, el famoso artista suizo radicado en Nueva York, en pocos meses se ha transformado en un símbolo de este lugar y de Doha.

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El traslado al hotel en la limusina de lujo Ghost de Rolls Royce, que St. Regis ofrece como servicio a sus huéspedes, permite un alucinante primer vistazo de noche a una ciudad famosa por sus edificios construidos por varios premios Pritzer de arquitectura. El comienzo de una aventura en esta lujosa lengua de arena cuya zona de hoteles —donde nos quedamos— es omnipotente.

Cuentan que recién hace cuarenta años, Qatar apenas sobrevivía gracias a los dátiles y las perlas, a la sombra de su vecina Arabia Saudí. Pero su economía se ha desbocado gracias a los yacimientos de gas licuado de alta calidad y su petróleo, lo que permite una renta per cápita a sus cerca de dos millones de habitantes de alrededor de unos 100.000 dólares. Reinado desde junio de 2013 por el emir Tamin Al Zani, de apenas 34 años, este es un nuevo país que sin rendirse a la occidentalización, pero con sumo pragmatismo, ha logrado en poco tiempo que todo el mundo hable del milagro qatarí. Dinero, respeto, excelencia, dicen que son las consignas, pero también buscan influencia en el contexto global. En parte por esa razón Qatar se ha transformado en la puerta de entrada a Medio Oriente con su línea aérea que tiene 145 destinos a nivel global y su aeropuerto de lujo. Para los latinoamericanos, un estupendo lugar para pasar algunos días antes de conectar con todo el continente asiático y familiarizarse con el país previo al Mundial de Fútbol 2022. Será el primero de la historia en un destino árabe.

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En Doha todo es abundante y eso se advierte en cada detalle de esta ciudad, cuya temperatura en noviembre es perfecta: en torno a los 32 grados. Dicen que es la mejor época para viajar, porque en verano —nuestro otoño-invierno— llega fácilmente a los 50. Una buena alternativa para apreciar de día la ciudad —donde el viernes y el sábado se descansa y el domingo se trabaja— es tomar un city tour que se traslade por la costanera. Observar los rascacielos modernos de decenas de formas distintas y a las mujeres hermosas con sus trajes negros, donde sobresalen las sandalias Hermès. Imposible perderse la alucinante visita a The Pearl, una isla artificial en la nueva Doha que quiere ser el paradigma del lujo y de la moda internacional, donde se encuentran las principales marcas del mundo, incluso la de lencería fetichista francesa L’Agent Provocateur. En sus canales se observan estacionados unos impresionantes yates —dicen que sus dueños casi no los ocupan— mientras que el cielo parece decorado con varios aviones de Qatar Airways que muestran el movimiento incesante de la ciudad.

Dos visitas obligatorias, aunque en Doha se esté poco tiempo: la delicia estética del Museo de Arte Islámico, del famoso arquitecto Ming Pei, y los imperdibles safaris en pick up por Inland Sea, las dunas de las afueras de la ciudad hacia la frontera con Arabia Saudita. Los conductores como Majid son artistas en el volante –parecen hacer danzar las camionetas– y la experiencia de observar el paisaje con la adrenalina que provoca la velocidad y los resbalones sobre la arena, extrema e imborrable. Parar y mirar el desierto, el golfo y poner a todo volumen la música árabe de la cantante Balqees, transforma el momento en una nueva postal de este viaje a un país que combina tradición y lujo. Si el día termina con una cena en algún restorán del Souq Waqif, donde se encuentran objetos tradicionales como el pañuelo que compro, la jornada resulta simplemente perfecta.

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En el tiempo que estuve en Doha de camino a Bangkok colgué varias fotos del viaje en las redes sociales y el impacto que provocan en Chile son difíciles de dimensionar. Todavía nos parece tan lejano y desconocido el Medio Oriente, y sobre todo países como Qatar, que el destino seduce y sorprende. Pienso que sería estupendo para una luna de miel, para festejar un aniversario de matrimonio, para una sorpresa cualquiera y, simplemente, para vivir la fantasía de la riqueza y el exceso elegante. El placer de escuchar jazz de primer nivel en la cumbre del hotel St. Regis, con artistas traídos directamente desde Nueva York, resulta increíble para cerrar el periplo. Con una copa en la mano desde este lugar –cómo no– los problemas parecen menos serios y los que vendrán seguramente tendrán un gusto menos amargo. Como escribió Marcel Proust: “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino nuevos ojos”.