Mi amigo Andrew celebraba sus 50 años allí, a 1.500 metros sobre el nivel del mar. La invitación era una foto de un castillo dorado por la luz del amanecer en la cima de una montaña. Nunca imaginamos que la celebración sería en ese preciso lugar. Descartamos arrendar un auto y elegimos la alternativa del bus desde Roma a la ciudad de L’Aquila que queda en línea recta hacia el este de la capital italiana. Poco más de una hora hasta ésta, la capital de Abruzzo, aún en reconstrucción debido al terremoto que la azotó en 2009 y que destruyó sus edificios, algunos con más de siete siglos de antigüedad. En L’ Aquila tomamos otro bus hacia Calascio, una comunidad en las montañas cuya población de 165 habitantes vive del turismo, de la plantación de lentejas, azafrán y del famoso queso pecorino fabricado con la leche de oveja. Nuestro destino final estaba a tres sinuosos kilómetros cuesta arriba, lo que con el equipaje era equivalente a escalar los Apeninos. Llamamos un taxi. Los números telefónicos eran parte de las tres páginas de instrucciones que venían con la invitación.

Así llegamos a Rocca Calascio, una villa medieval de una calle donde la población total es de 15 personas y la que, desde entonces, tendríamos enteramente para nosotros, familia y amigos del cumpleañero, pues las antiguas casas del pueblito han sido transformadas en cameras o pequeños departamentos reformados, pero conservando el estilo en piedra de la Edad Media. Nos tocó la camera gialla (habitación amarilla) y así cada invitado tendría por cuatro días un hogar en esta aldea, la más alta de los montes Apeninos. Desde una de las ventanas y entre los techos de tejas rojas se veía en toda su omnipotencia al gigante dormido; una cumbre cuyo verdadero nombre es Corno Piccolo (Pequeño cuerno) y que forma parte de la montaña el Gran Sasso que da nombre al Parque Nacional. Poco a poco, durante el día, comenzarán a llegar los invitados de todas partes del mundo, de distintas etapas de la vida de Andrew, que como buen documentalista, sabe como ambientar historias. Nos reunimos, a medida que iban llegando, en el Rifuggio de la Rocca, nombre del restorán y hospedaje en el centro de la villa. Los dueños y administradores son los Baldi, una familia de músicos de Roma que ha cambiado la vida en la capital por vivir en los Apeninos e incentivar jornadas culturales de pintura y música en las alturas.

destinos2

Ellos, Susana, Paolo, Lorenzo y Giorgio también han restaurado, decorado y administran el alojamiento en las cameras donde nos quedamos. Todo parece irreal, como si una máquina del tiempo nos hubiera abducido y nos hubiese transportado al año 1300 solo que con luz eléctrica y calefacción central. Y no es casualidad sentirse parte del elenco de una película pues Rocca Calascio ha sido locación de varias producciones hollywoodenses. Aquí Michelle Pfeiffer fue la mujer halcón en Ladyhawk y Christian Slater fue el discípulo de Sean Connery como los monjes franciscanos de El Nombre de la Rosa. Esa tarde vamos a la mayor atracción, no solo de Calascio sino probablemente de la región de Abruzzo: la Rocca, termino italiano para fortaleza. Presidiendo todo el valle y dando la cara al Gran Sasso, están las ruinas de este castillo que nunca se usó como residencia sino que como base para las tropas del medievo. Calificado por la revista National Geographic entre los 10 castillos más importantes del mundo y el más elevado de Europa, su silueta de piedra caliza se divisa desde los tres valles que rodean la imponente Rocca.

Recorremos sus vestigios y entramos a la gran iglesia de forma octagonal que está en el centro, Santa María de la Piedad, que generalmente se encuentra cerrada pero esa noche Paolo y Susana han pedido abrir sus puertas. Esperamos allí, entre las ruinas, el atardecer y entendemos porque estrategas de la Edad Media se dieron el trabajo de construir tamaña fortaleza a 1.500 metros pues con aquella panorámica no había soldado alguno que pudiera acercarse sin ser avistado. Intento adivinar además si una puesta de sol como esta los hizo olvidar las rencillas de la época. Bajamos luego el serpenteante sendero de regreso a la aldea que, como nos explica Lorenzo, constituía una primera muralla de contención para la fortaleza. Esa noche disfrutamos de un verdadero festín a la luz de las velas con una típica comida italiana de cuatro platos. El día siguiente es de grandes caminatas así que a medianoche ya estamos en nuestra camera. Algunas nubes cubren el Corno Piccolo esta mañana. Sin embargo se alcanza a avistar su compañero en el Gran Sasso: el Corno Grande, la cumbre más alta de los montes Apeninos.

destinos3

Alguna vez alguien hizo una metáfora sobre Abruzzo, me cuenta Lorenzo, comparándola con un Tíbet en la Costa Azul, pues a solo 60 kilómetros de Calascio está el mar Adriático y de hecho, el lugar adonde iremos de trekking este segundo día lo llaman el Tíbet italiano. Vamos a Campo Imperatore. Una meseta de origen tectónico adyacente al Gran Sasso y al glaciar más meridional de Europa llamado Calderone, cuya altura oscila entre los 1.500 y los 1.900 metros sobre el nivel del mar, por lo que subimos en auto hasta el punto de partida de la caminata. Este altiplano está considerado uno de los grandes pulmones del continente europeo, ya que un tercio del territorio de Abruzzo consiste en reservas naturales y parques nacionales que garantizan la supervivencia de un 75% de la flora y fauna. Un verdadero tesoro escondido en las alturas.

La subida en Campo Imperatore es gradual y hasta los niños del grupo se suman al peregrinaje. En la cima hay nieve aún. Cabe recordar que aquí también se encuentra uno de los centros de esquí más antiguos de Italia y que uno de estos montes lleva el nombre de Juan Pablo II, gran esquiador, ya que el Papa polaco disfrutaba el sitio que decía le recordaba las montañas de su patria. Mientras el menos célebre Benito Mussolini también estuvo en lo que es hoy el hotel del esquí resort, aunque por razones menos placenteras, cuando fue tomado prisionero y estuvo 12 días allí hasta ser liberado por soldados alemanes en septiembre de 1943. Hoy la habitación se conserva intacta desde los tiempos en que fue la confortable celda del dictador. Esa tarde el aperitivo es en otro escenario de película. Algo fatigados pero excitados por el trekking nos dirigimos a Castel del Monte, otro pueblo, en otra colina, a los pies de Campo Imperatore. Estas calles vieron a Richard Gere cuando rodó Rey David y a George Clooney huyendo de su antigua vida de espía en El Americano.

destinos4

Justo en frente a Calascio, esta ciudad algo más turística, que un día fuera tierra de los Medici, hoy es territorio de brujas. Desde 1996 se celebra cada 17 de agosto la Notte delle Streghe (Noche de las brujas) y desde el crepúsculo al amanecer el pueblo es invadido por hechiceras de todas las edades y nacionalidades. El resto del año, tiendas y puestos de souvenir venden brujas de diferentes tamaños y materiales. Antes de regresar a nuestra propia villa medieval, recorremos Castel del Monte imaginando que no debe haber sido difícil para el personaje de George Clooney pasar inadvertido en sus estrechas calles llenas de recovecos. Al día siguiente es el gran día; el cumpleaños de Andrew.

El festejado siempre ha soñado con hacer parapente y Katja, su señora, le tiene una sorpresa. Sube al auto sin saber adonde lo llevamos, aunque probablemente alguna sospecha tiene cuando comenzamos a subir la montaña. Ahí espera el instructor que irá con él en el vuelo. Lo vemos momentos más tarde elevarse y perderse en el horizonte. Luego les toca el turno a los invitados que se han inscrito para seguir los pasos de nuestro amigo. Yo voy. Y ahí abajo se dibujan conventos, más villas medievales como Pescocostanzo, rebaños de ovejas y colinas verdes. No quiero aterrizar. Ese atardecer, luego de un concierto en piano ofrecido por Giorgio, el hijo de Susana y Paolo, es el brindis. Se abrirá prosecco en lo alto de la Rocca. Subimos nuevamente hasta la fortaleza y a pesar de las varias botellas que Paolo y Lorenzo han llevado a cuestas, los 30 invitados logramos bajar sin tambalear. Y la calle de esta aldea de Rocca Calascio se llena de música. Una banda local que ha venido del pueblo de Calascio, comienza a tocar música tradicional y una pareja de italianos especialmente contratados enseña las alegres coreografías. El pueblo es nuestro y lo tomamos esa noche con el baile y la celebración a 1.500 metros.