La promesa, como todas las promesas, ilusiona: caminar por el glaciar Grey, un gigante de hielo —270 kilómetros cuadrados y 30 metros de altura—, testigo mudo de la última glaciación ocurrida hace 40 millones de años. Por unos minutos me siento como el coronel Aureliano Buendía, de Cien años de soledad, a quien una tarde su padre le dijo que lo llevaría a conocer el hielo. Mientras miro por uno de los ventanales del hotel RemotaPuerto Natales—, en mi memoria asoman pasajes de la expedición de Scott al Polo Sur y escenas inventadas donde George Mallory, en medio de la ventisca de un Everest nevado, se pierde para siempre.

Vuelvo al Parque Nacional Torres del Paine luego de un par de años. No lo hago para hacer la “W” ni la “O” —los dos trazados que han hecho célebre al parque entre los amantes del trekking de todo el mundo—, sino para recorrer la zona aledaña al lago Grey, el mismo lugar donde se desató el último incendio —enero de 2011 a marzo de 2012— que arrasó con 17 mil 666 hectáreas.

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Un poco de historia: la tarde del 27 de diciembre de 2011, Rotem Singer, un israelita de 23 años, intentaba quemar un poco de papel higiénico en el parque —sector Olguín— cuando la situación se le fue de las manos. Con ráfagas que alcanzaban los 90 kilómetros por hora, el viento hizo volar el papel en llamas iniciándose así un incendio que sólo pudo ser controlado el 8 de marzo de 2012. Con el tiempo, Singer confesaría su responsabilidad y sería condenado a reforestar el bosque nativo y a elaborar y ejecutar planes bianuales de seguimiento ambiental por un periodo no menor a veinte años.

A tres años de las llamas, las huellas del siniestro siguen vivas. En los senderos de trekking alrededor de los lagos Nordenskjöld y Grey aún es posible ver verdaderos cementerios de árboles, cuando no algún solitario tronco que el fuego terminó por teñir de blanco. La reforestación impulsada por Conaf y por particulares —incluso organismos extranjeros se han sumado a la causa— avanza de modo lento. A la fecha, se han reforestado cerca de 200 hectáreas y, además, el bosque nativo demora en regenerarse. Los renovales de ñirres pueden tardar 50 años en volver a ser lo que eran; mientras que los bosques de lenga adultos, cerca de 200 años. Por lo mismo, en una reciente visita del ministro del Interior, Rodrigo Peñailillo, en su calidad de vicepresidente de la República, comprometió una inversión de 7 mil millones de pesos, de los cuales 5 mil millones estarán destinados a la reforestación. Se trata de una tarea cuando menos larga. Como dice Camilo Pedreros, guía de Patagonia Planet, con una cuota de nostalgia: “Quién sabe si los hijos de nuestros hijos podrán ver esta zona del parque como la conocimos nosotros”. 

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Para cualquier guía, el parque es lo mismo que La Meca. “Es una especie de santuario al que todo estudiante de turismo quiere venir a trabajar. Yo llegué hace cuatro años y quedé encantado con el paisaje y con la gente. También con ese carácter cosmopolita que ofrece. Tú conoces nuevas personas todos los días y de distintos lugares del mundo”, cuenta Camilo, sentado al comedor del refugio más grande del parque: el Vértice Paine Grande. Es cierto lo que dice, ese comedor perfectamente podría ser una réplica de la Torre de Babel. Mientras el atardecer tiñe de rojo los Cuernos del Paine, puedes oír conversar a franceses, norteamericanos, alemanes, japoneses, brasileños, españoles y algún otro que por ahí se me escapa.

Es un mundo extraño el que se da cita aquí. Algunos guías se pasean como estrellas de Hollywood y son idolatrados por los visitantes. Chicos y chicas de todo el mundo conversan o juegan a las cartas o leen un libro en solitario. Los más prendidos desembolsan los seis mil pesos para probar un manjar que enloquece sobre todo a los europeos: ¡una caja de litro de Gato Negro! Son todas aves de paso. La permanencia en los refugios no pasa del día y medio. Van avanzando de un punto a otro, sin importar demasiado a qué hayan ido al parque.

“Quienes vienen lo hacen por motivos bien diferentes. Hay muchos que llegan por una suerte de desafío personal. Hacen trekking de manera frecuente y lo que buscan es superar alguna marca. Otros lo hacen para estar conectados con la naturaleza. Hay también quienes vienen con amigos y se quedan acampando en los camping. Y no faltan los que llegan en plan romántico con su pareja”, explica Víctor Cordero, gerente de operaciones de Vértice (la empresa responsable de tres refugios y cuatro campings en el Parque: Paine Grande, Grey, Dixon y Los Perros).

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Pero el fuerte es sin duda el trekking. En el recorrido que hacemos entre el refugio Paine Grande y el Campamento Italiano (15,2 kilómetros ida y vuelta), y también en el que cubrimos entre el mismo refugio y el del lago Grey (14 kilómetros) desfila ante nosotros, prácticamente, la humanidad entera. Es que en el circuito mundial, los senderos del parque son altamente cotizados.

“La gente piensa que el parque es solo las torres, pero hay muchos otros lugares para conocer. Tú puedes estar 10 días en el parque sin repetir ningún atractivo turístico. Puedes hacer un circuito como la “O”, que en siete o nueve días les das la vuelta al parque caminando 120 kilómetros. O bien hacer escaladas, kayak o caminata en hielo”, explica Cordero.

Kayak, caminata sobre hielo… Allá vamos. 

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Hay vistas del parque que son soberbias, por ejemplo la del lago Pehoé. Pero en esa misma línea se ubica la vista del glaciar Grey mientras vas a su encuentro arriba de un kayak. Desde hace cuatro años, la empresa Big Foot organiza estos paseos en kayak para dos personas. No es fácil coordinarse con tu compañero de remo, pero al cabo de unos minutos es posible avanzar por las aguas del lago de manera digna, obviamente a gran distancia de los kawesqar, esos canoeros eximios que recorrieron estas aguas y que fueron extintos hace ya varias décadas.

Ese acercamiento a la majestuosidad del Grey es solo la antesala para la experiencia final: recorrerlo a pie.

Antes de hacerlo, nos tomó media hora sortear una montaña de pura roca. Ya con el glaciar al alcance de la mano llega la hora de la verdad. Armados de zapatos especiales y crampones —unos dientes de acero para sujetarse mejor al hielo—, ayudados de un piolet —especie de picota para apoyarse— y usando casco y un arnés de seguridad, estamos preparados para el gran momento. La primera sensación es extraña —básicamente por los crampones—, cuesta mantener el equilibrio, pero de a poco el blanco del hielo te va atrapando. 

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Caminamos cerca de tres horas: hay cursos de agua que cruzan el glaciar. También agujeros profundos que se han ido formando por un objeto extraño al glaciar o bien por el movimiento de este. Pero ante todo está la grandiosidad de la naturaleza. Desde ahí los efectos del incendio parecen demasiado lejanos. Cierro los ojos para ver algunos pasajes de la expedición de Scott al Polo Sur y escenas inventadas donde George Mallory, en medio de la ventisca de un Everest nevado, se pierde para siempre.