Dicen que no hay mal que por bien no venga y el dicho puede aplicarse a cabalidad a nuestro fallido tour por Cuba en kayac. Tras organizar dos semanas de excursión remando por los cayos sureños de la isla, al aterrizar en La Habana nos encontramos abandonados a nuestra suerte. Nadie esperaba por nosotros como había sido acordado. Tomamos un taxi hasta el Palacio O’Farrill, un bello edificio colonial de estilo neoclásico emplazado en el corazón de la capital, hoy convertido en hotel boutique. El operador canadiense que nos vendió el tour no había podido llegar a Cuba y nos reembolsaría todo el dinero. Ahí estábamos, sin plan alguno y con dos semanas disponibles. Nos dirigimos a Cuba Tours, agencia del gobierno, como todo por estos lados. En sus oficinas del barrio comercial de Vedado, nos atiende Celia, quien organiza un nuevo itinerario intentando cumplir con nuestras expectativas de aventura. No es fácil encontrar disponibilidad a último momento, además los turistas que viajan a Cuba llegan con todo organizado desde sus países, por lo que pagar se transforma en una intrincada tarea. Celia no puede aceptar tarjetas ni transferencias desde el extranjero por lo que terminamos con un agente italiano que vive en La Habana, quien por alguna razón, acepta tarjeta de crédito. Cosas de Cuba.  

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Cinco días más tarde nos pasa a buscar al hotel el guía Jorge García, un culto profesor que jamás ha salido de la isla, pero que sueña con recorrer el mundo. Nos espera un Lada de los ’70 con letrero de taxi. Ante mi sorpresa, Jorge cuenta que no existen vehículos de turismo y como los taxis pertenecen al gobierno, este es el medio de transporte para nuestro viaje privado. 

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Partimos por la provincia de Matanzas, vamos a la Ciénaga de Zapata, reserva de la biosfera desde el año 2000 y el mayor humedal del Caribe insular. Luego de un par de horas, llegamos a orillas del río Hatiguanico donde tomamos un pequeño bote con un especialista en observación de aves. En su grabadora, el guía tiene el sonido de más de 100 aves de las 250 que residen allí y para atraerlas presiona botones con los diferentes cantos. Durante tres horas vemos garzas, el escaso pájaro carpintero verde, estorninos, tortugas y el bello tocororo, el ave nacional cuyos colores se asemejan a la bandera cubana. Almorzamos cerca de allí, a orillas de la paradisíaca cueva de los peces, un cenote de aguas turquesas donde después de almuerzo nadamos y practicamos snorkeling. Esta laguna que se comunica con el mar por túneles subterráneos ofrece un maravilloso espectáculo de peces tropicales a los que debe su nombre. Afortunadamente nuestra próxima parada es después de almuerzo, pues nos recibe un letrero que anuncia: “Todo el que nos visita come la carne de cocodrilo”. Es la granja y criadero de cocodrilos de La Boca auspiciada por la World Wildlife Fund.  

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Esa noche dormimos en la legendaria Bahía Cochinos, en el hotel Playa Girón, nombre de la batalla librada en el lugar en 1961 cuando cubanos exiliados en Estados Unidos con el apoyo y entrenamiento de ese país, desembarcaron y emprendieron un fallido ataque a las fuerzas de Fidel Castro que dos años antes habían obtenido el triunfo de la revolución cubana. A lo largo de la carretera, gigantescos letreros no permiten olvidar la historia: “Aquí se libró un combate decisivo para la victoria”; “Hasta aquí llegaron los mercenarios”; “Revolución es patriotismo”. Una vez en el hotel, somos los dos únicos ‘no cubanos’. Jorge nos cuenta que hasta hace poco estaba reservado solo para los ciudadanos fieles al partido, que como premio recibían una estadía en este resort. Ahora, gracias a la apertura que poco a poco ha traído la gestión de Raúl Castro, el hotel recibe a cualquier residente cubano que tenga acceso al peso convertible (CUC) o a monedas extranjeras aceptadas en el país como el euro o la libra esterlina. La mayoría de los habitantes de Cuba tiene acceso sólo al peso cubano (CUP), moneda que no es aceptada ni aquí ni en ningún otro sitio turístico. Aún hoy el número de cubanos que accede a estos ‘lujos’, es limitado, solo los que trabajan en turismo tienen CUC (su valor es casi equivalente a un dólar) a través de propinas o los que reciben remesas en moneda extranjera de familiares que han salido de la isla. Jorge y nuestro chofer Guillermo comen con nosotros. Algo tampoco permitido hasta hace poco. Nos dicen que aunque falta mucho para la igualdad de oportunidades para todos los cubanos, ellos están contentos con los avances.

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Después de un día de playa, nuestro próximo destino es Cienfuegos. Ciudad colonial nombrada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2005 y uno de los principales puertos de Cuba. Rumbo a ella nos encontramos con las guaguas (camiones) que llevan de regreso a los trabajadores de las plantaciones de azúcar en forma gratuita. Aquí no existen los buses interurbanos. La ciudad es llamada la ‘Perla del sur’ y sus palacios y bella avenida costera lo confirman. Almorzamos en el palacio de Valle, una joya arquitectónica cerca de la costa. Durante el almuerzo, Guillermo, el conductor, nos cuenta su historia. A los 18 años fue llamado para luchar en la revolución y no lo dudó ni un segundo. Conoció a Fidel, a Raúl y al Che, cuenta orgulloso. Los vio en acción y cree en su lucha. Sus hijos, sin embargo, escaparon a Miami en busca de mejores horizontes. El mayor, un médico, se fue primero. Luego de trabajar algunos años en Estados Unidos, pago ocho mil dólares por una lancha para su hermano menor. Guillermo vive ahora en la encrucijada de creer en la revolución de la que formó parte o en la palabra de sus hijos que lo quieren lejos de Cuba. Las historias surgen mientras acompañamos el atún fresco con un sauvignon blanc cubano: Soroa. En la tarde nadamos con delfines en el famoso delfinario de Cienfuegos. 

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Al día siguiente nos despedimos de Guillermo. Su Lada no parte, necesita un repuesto que demorará varias horas en llegar y nosotros debemos continuar viaje hacia la sierra de Escambray. Otro Lada con un nuevo chofer, Carlos, llega a buscarnos. Haremos el trekking de El Caburni, una cascada que cae 64 metros formando una gran laguna en medio de la selva. Estamos en el Parque Natural Topes de Collantes, una zona con historia revolucionaria que en los ’50 fue refugio del Che Guevara y sus hombres. La caminata es de ocho kilómetros bajo 40 grados de calor. La blanca flor del café está en pleno. Su aroma se expande en el aire y nos acompaña gran parte del trayecto. La enorme variedad de flora y aves, la exuberante selva y formaciones rocosas que parecen esculturas han conseguido que el lugar haya sido nombrado monumento nacional. Sumergirse en el agua de la inmensa poza formada por la cascada es un alivio. Regresamos para un tardío almuerzo y luego otro Patrimonio de la Humanidad: la ciudad de Trinidad. No tan bien conservada como Cienfuegos, pero más pintoresca. Recorremos sus calles de adoquines con coloridas casas coloniales que la convierten en una delicia fotográfica. A la mañana siguiente volvemos a la sierra. Nos adentramos pasando por plantaciones de tabaco y azúcar, robustos búfalos y escuálidas vacas pastan con entusiasmo y Carlos debe hacer uso de sus habilidades con el antiguo Lada, aquí adonde un 4×4 haría las cosas más fáciles. Nuestro destino es el embalse natural de Habanilla en la provincia de Santa Clara. Al mismo tiempo que provee de agua y electricidad a toda la zona, incluidas las ciudades de Trinidad y Cienfuegos, este lago de 36 km cuadrados es uno de los tesoros escondidos más preciados del sur de Cuba. Tomamos una lancha de madera hasta una pequeña ensenada donde comenzamos una caminata por el sendero El nicho en el que las cascadas se suceden una tras otra. Terminamos la tarde nadando en la Cascada del Amor. Digno de la Laguna Azul. 

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Seguimos a cayo Las brujas, parte del archipiélago Jardines del Rey. Para llegar desde la isla grande de Cuba hasta el pequeño islote hay que atravesar 48 kilómetros por una carretera sobre el agua llamada ‘pedraplén’; una asombrosa obra de ingeniería que tardó 10 años en ser construida. Carlos nos deja en un catamarán que nos lleva Caribe adentro, hacia el gran arrecife de coral de casi 400 kilómetros que rodea el archipiélago. Estas son aguas de langostas y pargos, que conforman el menú casi a diario.  

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Tomamos el tercer taxi de este recorrido. Regresamos a La Habana. Santiago, nuestro nuevo chofer, sabe más de Chile que el promedio de los chilenos. Al parecer el limitado acceso a información, como todo lo prohibido, enciende la sed de leer y conocer. Nuestro letrado guía Jorge, sueña con recorrer los lugares de los que tanto ha leído. “Pero siempre volvería a Cuba. No sé por qué el gobierno tiene miedo de que si viajamos no regresemos. Quiero ver otros países, pero para vivir no hay como Cuba”, declara. Nuestra última visita antes de retornar a la capital, es Santa Clara, ciudad donde un 31 de diciembre de 1958 se libró la batalla que definió la victoria de la revolución sobre Batista. Ahí se levanta el colosal monumento al Che Guevara y un museo que entre cientos de objetos pertenecientes al guerrillero alberga también su presunto cuerpo y el de 16 de sus compañeros de batalla. 

Según el agente de turismo italiano al que le pagamos el tour en La Habana, se esperan unos 4 millones de estadounidenses cuando se abran totalmente las fronteras para los turistas de ese país. El levantamiento del embargo ya no se ve tan lejano, pero la pregunta es: ¿de dónde sacará este paraíso la infraestructura turística necesaria para la eventual horda? 

Al despedirnos de Jorge, le preguntamos qué le podemos enviar desde el extranjero. “Un diccionario inglés- español”, responde. Su inglés es excelente, pero quiere estar aun más preparado para cuando terminen las restricciones y para cuando pueda cumplir su sueño de viajar.