La leyenda de los argonautas marcó el mundo antiguo como una cruzada de fe. Desde Tracia, la actual Turquía, a los islotes del Peloponeso en el sur de Grecia. Desde esos confines partían las naves con los hombres más valientes en busca del vellocino de oro, la piel curtida de un supuesto carnero alado que habitaba al norte de Corintos. Era un símbolo de poder y estatus en un imaginario con mil dioses, una fantástica coraza de origen animal que brindaba vigor y fortaleza eterna a quien la usara como armadura. En otras palabras, el lujo llevado a esferas mitológicas y que la embarcación Equinox, de Celebrity Cruises, parece repetir al pie de la letra como un mantra de buen gusto. Ese recorrido también es parte de una de sus rutas más potentes por el Mediterráneo, una aventura hacia las cunas de la civilización y que comienza en Estambul: la ciudad-puerto que por siglos ha sido bisagra entre las culturas de Occidente y Oriente, una puerta de entrada y salida entre las aguas del Bósforo y el Mar Muerto.

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Antes del zarpe desde Gálata, un faro portuario que recogió la sabiduría de todas las partes del mundo, la idea es recorrer libremente la ciudad de las tres mil mezquitas. En sus calles, donde se mezcla modernidad y tradición, las terrazas hablan por sí mismas del estilo de vida que marca a la nueva Turquía. Mujeres con burkas y velos islámicos que apenas muestran los ojos, pero que cruzan toda la ciudad sobre sus motos deportivas. Además de la catedral de Santa Sofía, que ha pasado por tres religiones desde los tiempos del Imperio Otomano, es obligatorio ir de compras por el Gran Bazar y sus tiendas con telas de algodón fino, teteras y molinillos de bronce labrado. En la misma dirección, cruzando el famoso puente del Cuerno de Oro, está el Mercado de las Especias: una explosión de aromas de cardamomo, canela y alcanfor que invita a conocer la empalagosa dulcería turca, con recetas de jengibre confitado, mazapán de pistachos, nueces y estrellas de anís. El rito de café está en todas las esquinas con sus tasas decoradas con frisos en relieve. En busca de sabores salados, los mejillones ahumados y los embutidos de cordero con especias convencen para brindar luego con una copa de raki, el licor nacional por excelencia y que se prepara con uvas pasa en destilación. También conocida como Constantinopla, la ciudad de las siete colinas, cuida sus costumbres. No hay que caminar más de tres cuadras para encontrarse con los famosos hamami, o baños turcos que llaman la atención por sus mosaicos y su arquitectura que privilegia el paso del agua con piletas de mármol o piedra virgen tallada. El más antiguo se llama Cagaloglu y según archivos históricos comenzó a funcionar antes de 1741.

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Un día perfecto, sin embargo, siempre termina con un cuadro de baile de derviches en vivo. También conocidos como los ‘hipnotizadores de la danza’, se trata de hombres que usan amplios faldones y giran sin parar sobre su eje. Considerada como una tradición pagana en otros tiempos, ahora es visto como un ejercicio de equilibrio y finas vestiduras.

Antes de seguir la ruta navegable hacia Los Balcanes, bien vale probar suerte en el casino de Equinox, o sencillamente quedarse a los espectáculos nocturnos en el teatro a bordo y su capacidad para 1.200 personas. Desde cuadros de acrobacia, musicales y shows de voces negras al estilo Motown , permiten organizar panoramas 24 horas sobre cubiertas con césped natural, asistir a subastas de obras de arte y piedras preciosas, o internarse en su spa con vista oceánica y estéticas de jardín persa.

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Los desayunos son cosmopolitas a tope. Una oferta con guiños gastronómicos a todos los continentes y que los pasajeros convierten en el momento ideal para organizar viajes y excursiones.

En Mykonos, el barco queda mar adentro y el traslado es a bordo de flotas auxiliares más pequeñas. Los enormes molinos, casas blancas y cúpulas azules en las techumbres, invitan a un largo paseo por sus playas con suaves olas y sus interminables hileras de mesas en las terrazas. La más grande de las Islas Cícladas es un buen lugar de partida para una excursión a Delos con el patrimonio arqueológico más importante de Grecia y las ruinas del Templo de Apolo: el lugar exacto donde habría nacido el ‘hijo más bello’ de Zeus. Otra opción es quedarse en el barrio de Alefkandra con sus balcones azules e iglesias ortodoxas y católicas que se enfrentan con absoluta tolerancia. Rodeada de murallones medievales, el periplo puede terminar con una visita a Lena: una casa patrimonial que rescata muebles y objetos decorativos del siglo XIX. Justo al lado, el soberbio Museo Naval del Mar Egeo con maquetas a escala de los distintos tipos de embarcaciones que han cruzado el Mediterráneo desde tiempos imprecisos.

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La llegada a Santorini vía marítima es un espectáculo irrepetible. Como un enorme peñasco que emerge del océano, debe su nombre a los mercaderes venecianos que llegaban al archipiélago y que la bautizaron como Santa Irene. De tanto repetir el nombre, se fue transformando lentamente en la musical palabra ‘Santorini’. Considerado como el arco volcánico más activo del Mar Egeo, posiblemente fue cuna de una civilización perdida en la antigüedad por la actividad sísmica. Para los historiadores ahí estaría la raíz de la leyenda que habla de la ciudad sumergida, la Atlántida.

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En funicular, o a lomo de burro, se llega a la parte más alta de Oia, el pueblo en la cumbre con sus galerías de arte contemporáneo y clubes con barras al aire libre, como el nuevo Iconic y la mejor vista sobre la bahía. Después de una noche de navegación la siguiente parada es La Canea, la segunda ciudad más grande de Creta, que envuelve con el histórico barrio de Splantzia, a un costado del puerto, y sus construcciones venecianas. El barrio judío de Topanás,  en otro extremo, mantiene su garbo y ahora es el epicentro de la actividad cultural y nocturna.

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El viaje por las costas egeas comienza su fin. A bordo, los más de diez restoranes temáticos de cocina francesa, toscana y hasta vietnamita, se convierten en el lugar donde compartir experiencias y hablar de los destinos descubiertos. En la cabeza de muchos siguen dando vueltas las playas de aguas transparentes y tibias de Creta, el lugar que la mayoría escogió para zambullirse en señal de despedida. Desde ese punto la ruta continúa hacia Barcelona, donde Equinox termina su odisea de lujo cinco estrellas y donde el Mediterráneo, como una generosa tasa de leche, nos parece tan noble y tan familiar.