En las semanas anteriores les debe haber quedado claro que mi familia y yo volvimos a casa enamorados de la mágica e increíble India, con todo su caos, impactantes paisajes y un misticismo que se siente en el aire.

Allí, además, recordé una de las situaciones que más me costó y me perturbó en mis años en Seúl: la inclusión del regateo –llevado al nivel de “arte”- a la hora de hacer compras. Antes de seguir, déjenme confesar que personalmente detesto regatear. Me carga. Me siento pésimo y termino comprando las cosas con un sentimiento de culpa que no puedo evitar.

Sin duda prefiero ver algo que me gusta, preguntar por el precio y pagar si me parece justo y razonable o continuar la búsqueda si no me parece bien. Para hacer todo más complicado, soy impulsiva a la hora de comprar : “histérica y ansiosa”, me llamaron las mini vikingas cuando en mi primera mañana en Nueva Delhi compré un sari en la primera tienda a la que entré, llevada por el guía y a un precio tres veces más alto del que ellas pagaron unas semanas después. Todo mal. Pero aprendí la lección y recordé mi “entrenamiento” en Corea.

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El regateo es parte fundamental de la cultura comercial en algunas zonas del mundo y, si no estás familiarizado, es mejor acostumbrarse. ¿Cuando ves un vestido, un collar, una pañoleta o lo que sea sientes que no puedes vivir sin ello? ¡Combate la impulsividad para comprar con todas tus fuerzas y sentido común! Y asegúrate de si en el país donde estás es necesario o no negociar los precios de casi todo.

Una medida obvia es informarse de los valores aproximados antes de viajar, y ya en el lugar, comparar. Si bien los comerciantes tienen la experiencia de años en su piel, es importante que sepan que uno tiene una referencia en cuanto a precios y calidad. Créanme, ellos tienen una nariz y un talento impresionante para detectar de dónde eres, si mueres por sus productos o servicios y si conoces o no cuál es el nivel de precios que se manejan. Por eso, hay que hacer la tarea en casa e investigar para estar suficientemente preparado y saber cuánto puedes comenzar ofreciendo.

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Mantener la calma e intentar disimular la pasión loca y arrebatadora que te provocan esos anillos es una buena estrategia para pagar el precio justo. Bromear un poco, tomarte las cosas con humor, con respeto y reconocerles su esfuerzo por hablar, por ejemplo, castellano –¡es impresionante la cantidad de idiomas que pueden manejar para vender!-, ayuda en la mini-negociación, pero es también importante mostrarte confiado y mantener tu contra-oferta; están ganándose la vida y ponen en ello su mejor esfuerzo. Como tú y yo lo hacemos también en casa. Eso significa poner el sentido común en qué, cuánto o cuándo regatear o no hacerlo.

¿Por qué me cuesta tanto negociar? Porque tengo la certeza de que mi presupuesto resiste esas compras y porque puedo imaginar que mi salario es, quizás, lo que una familia allí gana en muchos meses. El vikingo, heredero de una cultura de comerciantes y viviendo en Kabul en los últimos meses, ha desarrollado un especial talento para negociar. Así nos balanceamos y así recorrimos tiendas, bazares y agencias, yo enloqueciendo y él poniendo la calma, hasta que mis destrezas en el arte de regatear se fueron afinando… ¡Las ventajas de un buen trabajo en equipo, en cualquier parte del mundo!

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